“Los libros saben”, como ocurre en el teatro, y se dice en el entorno de las tablas porteñas ante un estreno. Si tal cosa es cierta –que lo creo–, estas páginas saben mucho. Como que hay palabras que definen un universo y otras que contribuyen a construirlo y reconstruirlo y, de entre todas, pocas han ejercido tanto poder como “puta”, no porque se perfile una realidad innegable y milenaria sino porque durante el paso de centurias ha servido para clasificar a las mujeres entre irreprochables y condenables. Dominique Lagorgette, una de las mayores especialistas europeas en historia de la lengua, dedica casi trescientas páginas a seguir el rastro de ese término desde la Alta Edad Media hasta las redes sociales y el resultado no es –o también- un mero ensayo de lingüística sino una investigación arqueológica, histórica, social y cultural…, pero también una demostración de que el lenguaje no es inocente. Nunca lo es. La premisa da escalofríos leída en tinta: Por qué utilizamos la misma palabra para referirnos a una trabajadora del sexo –voluntaria o involuntaria-, para insultar a una contrincante política, a una adolescente un tanto que hace lo que quiere con su cuerpo o como símbolo de admiración. La respuesta de la autora es que vivimos ante un fenómeno que va más allá de la semántica y el ultraje comporta un mecanismo de control. De hecho, parte de una situación trivial que no es otro que cuando aprendemos otro idioma memorizamos antes los insultos que cualquier otra fórmula y, entre ellos, los misóginos ocupan el pódium. En francés, como en español, «pute» o «putain» funcionan casi como un cuchillo lingüístico y sirven para humillar, para enfadarse, para admirar, para sorprenderse o como broche final de una frase. Esa implantacón llevó a Lagorgette a cuestionarse qué historia escondía una palabra tan utilizada que, por cierto, casi ha dejado de ser vejatoria. El resultado ha sido consultar once siglos de textos, desde manuscritos medievales hasta canciones de rap, pasando por expedientes policiales, diccionarios, sermones, literatura, leyes y archivos judiciales. La autora revela cómo este término ha servido para someter la conducta femenina El libro desmonta la tesis más repetida, que la prostitución “el oficio más antiguo del mundo”, pues no lo es. Tal expresión es una invención masculina no demasiado lejana en el tiempo, pues lo más antiguo es el estigma. Este es uno de los mayores hallazgos del libro pues, la autora, apenas habla de prostitución en sentido estricto, sino que su estudio quiere llegar a la raíz de por qué la palabra puta sirve para someter cualquier conducta femenina que eluda la norma. El apasionante viaje etimológico no tiene desperdicio pues los especialistas llevan décadas debatiendo el origen del término. Algunos lo hacen derivar del latín putta, “niña”, otros dicen que procede de putidus, “podrido”, “apestoso”, “corrupto”. La au
Dominique Lagorgette, una de las filólogas más reconocidas, examina desde la edad media hasta el rap, la historia de esta palabra, empleada para humillar a la mujer y usada por misóginos y machistas
“Los libros saben”, como ocurre en el teatro, y se dice en el entorno de las tablas porteñas ante un estreno. Si tal cosa es cierta –que lo creo–, estas páginas saben mucho. Como que hay palabras que definen un universo y otras que contribuyen a construirlo y reconstruirlo y, de entre todas, pocas han ejercido tanto poder como “puta”, no porque se perfile una realidad innegable y milenaria sino porque durante el paso de centurias ha servido para clasificar a las mujeres entre irreprochables y condenables. Dominique Lagorgette, una de las mayores especialistas europeas en historia de la lengua, dedica casi trescientas páginas a seguir el rastro de ese término desde la Alta Edad Media hasta las redes sociales y el resultado no es –o también- un mero ensayo de lingüística sino una investigación arqueológica, histórica, social y cultural…, pero también una demostración de que el lenguaje no es inocente. Nunca lo es.La premisa da escalofríos leída en tinta: Por qué utilizamos la misma palabra para referirnos a una trabajadora del sexo –voluntaria o involuntaria-, para insultar a una contrincante política, a una adolescente un tanto que hace lo que quiere con su cuerpo o como símbolo de admiración. La respuesta de la autora es que vivimos ante un fenómeno que va más allá de la semántica y el ultraje comporta un mecanismo de control. De hecho, parte de una situación trivial que no es otro que cuando aprendemos otro idioma memorizamos antes los insultos que cualquier otra fórmula y, entre ellos, los misóginos ocupan el pódium. En francés, como en español, «pute» o «putain» funcionan casi como un cuchillo lingüístico y sirven para humillar, para enfadarse, para admirar, para sorprenderse o como broche final de una frase. Esa implantacón llevó a Lagorgette a cuestionarse qué historia escondía una palabra tan utilizada que, por cierto, casi ha dejado de ser vejatoria. El resultado ha sido consultar once siglos de textos, desde manuscritos medievales hasta canciones de rap, pasando por expedientes policiales, diccionarios, sermones, literatura, leyes y archivos judiciales.La autora revela cómo este término ha servido para someter la conducta femeninaEl libro desmonta la tesis más repetida, que la prostitución “el oficio más antiguo del mundo”, pues no lo es. Tal expresión es una invención masculina no demasiado lejana en el tiempo, pues lo más antiguo es el estigma. Este es uno de los mayores hallazgos del libro pues, la autora, apenas habla de prostitución en sentido estricto, sino que su estudio quiere llegar a la raíz de por qué la palabra puta sirve para someter cualquier conducta femenina que eluda la norma. El apasionante viaje etimológico no tiene desperdicio pues los especialistas llevan décadas debatiendo el origen del término. Algunos lo hacen derivar del latín putta, “niña”, otros dicen que procede de putidus, “podrido”, “apestoso”, “corrupto”. La autora se
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