Es curioso que “Nino” coincida en la cartelera con “Viva”, en la medida en que ambas remiten a la magnífica “Cleo, de 5 a 7” de Agnès Vardà. Aquí el arco temporal son apenas tres días, y el protagonista conoce la noticia de su cáncer (de garganta) abruptamente, sin que nada le haya preparado para ello. La primera secuencia, en la que una doctora le comunica a Nino que está gravemente enfermo, le enfrenta con la muerte pero también con la necesidad de luchar contra ella: antes de empezar la quimioterapia tiene que congelar una muestra de semen porque puede quedarse estéril. Esa petición cataliza el relato: más que por la finitud, la historia se pondrá en movimiento por la idea de legado, de herencia, de continuidad. Su periplo durante el fin de semana de su trigésimo cumpleaños ocupa un metraje episódico, hecho de errancias y encuentros, que aspiran a configurar el escudo de protección de un hombre y sus catástrofes. La película funciona gracias a la interpretación de Théodore Pellerin, que trabaja el nuevo estado de ánimo de Nino desde una contenida estupefacción, absorbiendo lo que puede aportar su entorno afectivo a una situación de extrema fragilidad; y gracias también a la fuerza cotidiana de algunas de esas citas (la cena con su madre (Jeanne Balibar); la visita a una ex), que oscilan entre la despedida y la silenciada petición de ayuda. La deriva romántica que toma el relato en el tercer acto resulta un tanto forzada e instrumental, pero, en general, el resultado es apreciable. Lo mejor: Pellerin es una presencia benéfica, que desdramatiza el via crucis de su personaje. Lo peor: El asunto romántico parece metido con calzador para completar el cuadro afectivo que Nino necesita para luchar contra la adversidad.
Dirección: Pauline Loquès. Guion: Pauline Loquès, Maude Ameline. Intérpretes: Théodore Pellerin, William Lebghil, Salomé Dewaels, Jeanne Balibar, Camille Rutherford. Francia, 2025. Duración: 96 minutos. Drama.
Es curioso que “Nino” coincida en la cartelera con “Viva”, en la medida en que ambas remiten a la magnífica “Cleo, de 5 a 7” de Agnès Vardà. Aquí el arco temporal son apenas tres días, y el protagonista conoce la noticia de su cáncer (de garganta) abruptamente, sin que nada le haya preparado para ello. La primera secuencia, en la que una doctora le comunica a Nino que está gravemente enfermo, le enfrenta con la muerte pero también con la necesidad de luchar contra ella: antes de empezar la quimioterapia tiene que congelar una muestra de semen porque puede quedarse estéril. Esa petición cataliza el relato: más que por la finitud, la historia se pondrá en movimiento por la idea de legado, de herencia, de continuidad. Su periplo durante el fin de semana de su trigésimo cumpleaños ocupa un metraje episódico, hecho de errancias y encuentros, que aspiran a configurar el escudo de protección de un hombre y sus catástrofes. La película funciona gracias a la interpretación de Théodore Pellerin, que trabaja el nuevo estado de ánimo de Nino desde una contenida estupefacción, absorbiendo lo que puede aportar su entorno afectivo a una situación de extrema fragilidad; y gracias también a la fuerza cotidiana de algunas de esas citas (la cena con su madre (Jeanne Balibar); la visita a una ex), que oscilan entre la despedida y la silenciada petición de ayuda. La deriva romántica que toma el relato en el tercer acto resulta un tanto forzada e instrumental, pero, en general, el resultado es apreciable.Lo mejor:Pellerin es una presencia benéfica, que desdramatiza el via crucis de su personaje.Lo peor: El asunto romántico parece metido con calzador para completar el cuadro afectivo que Nino necesita para luchar contra la adversidad.
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