No es raro que el canal de YouTube de Curry Barker, director de «Obsession», se llame Thats a bad idea («Esta es una mala idea»). Porque de muy mala idea se puede tachar el momento en que el protagonista de su segundo largometraje decide tomarse en serio un juguete aparentemente inocente, más un objeto de broma que un juguete real (lo que llaman los anglosajones un «novelty toy»), cuyo lema afirma que si lo rompes te concederá un deseo. El mayor deseo de Bailey (Michael Johnston) es que Nikki (Inde Navarrette), su mejor amiga, por la que bebe los vientos, se enamore de él perdidamente. ¿Qué se pierde por probar? Es una pena que Bailey nunca oyera la máxima atribuida a Santa Teresa de Jesús: «Las peores plegarias son las atendidas». Eso y que no haya visto el montón de películas de terror juveniles que en los últimos años se basan en juegos, objetos y juguetes malditos que parecen realizar tus sueños más secretos… A cambio de que algo acabe saliendo muy, pero que muy mal. “Obsession” toma este recurso fáustico sobrenatural más como macguffin que como elemento esencial, para presentarnos una relectura juvenil de thrillers como «Escalofrío en la noche» (1971) de Clint Eastwood o «Atracción fatal» (1987) de Adrian Lyne.. Pero mientras aquellas, sin dejar de apuntar hacia cierta culpabilidad del macho de la especie por pensar más con su órgano favorito que con el cerebro, centraban su lado oscuro y condena tácita en las hembras psicóticas que hacían la vida imposible a sus objetos de deseo, aquí, desde el propio lema promocional de la película (tan sutil: «Es tu culpa. Tú lo quisiste») hasta la última secuencia, queda clara la inocencia de ella, transformada a su pesar y en contra de su voluntad en un monstruo de pasión, celos y obsesión romántica desquiciada, por su tonto enamorado, incapaz de ver dónde está el verdadero amor. Bailey es, sobre todo y ante todo, una expresión patética de la inmadurez, la falta de empatía y la quizá involuntaria pero no por ello menos tóxica vocación de cosificación de la mujer amada por parte de su enamorado.. Exceso de drama. «Obsession» juega con un doble sentido ya en su título: parece aludir al cada vez más peligroso comportamiento de Nikki, pero en realidad se refiere a Bailey. Ha sido su deseo masculino, sin contar con Nikki, el que, vía mágico juguete maldito, la ha convertido en monstruo. Curry Barker ha hecho los deberes. Lo que ve su protagonista en Nikki no es a la verdadera Nikki, sino, en términos lacanianos, su «agalma»: un reflejo inalcanzable de sí mismo, una proyección egocéntrica que conduce indefectiblemente al fracaso. Ha intentado, como tantos hombres tóxicos del cine actual (¿existen otros?), moldear a su pareja en su propio ideal romántico, consiguiendo solo llevarla a la locura. En un marco realista hablaríamos de enfermedad mental (celos patológicos, paranoia esquizofrénica, manía posesiva…). Aquí, gracias a su contexto genérico, deriva hacia el terror y el humor negro.. El problema de «Obsession» es que, pese a tener muy claro su mensaje, no tiene tan claro su medio. La película oscila entre la comedia negra, en sus mejores momentos; el psychothriller, en los más regulares y el puro drama psicológico superficial con mucho drama y poca psicología, en los peores. Como viene siendo habitual, le sobran minutos de diálogos inconsistentes, escenas de sexo recatadas (no se puede acusar a Barker de cosificar a nadie) y un dilatar la acción que no provoca suspense sino impaciencia. Tiene, eso sí, dos o tres buenos momento, un asesinato brutal demasiado predecible (como todo) y unos intérpretes convincentes. Pero le pierde su empeño en ser más seria de lo necesario, en explicar su moraleja, subrayando lo dramático y traumático. Puede que «Obsession» sea la mejor de las varias películas de terror de moda realizadas por jóvenes youtubers, pero es mucho menos inteligente de lo que se cree. Y menos que otras meramente comerciales –descendientes todas del relato «La pata de mono» de Jacobs–, como las varias versiones de «Cementerio de animales», la original «Jóvenes y brujas» (1996), «Ouija» (2014) o la infravalorada «Siete deseos» (2017). ¿Puede que estos defectos, que para otros son virtudes, sean quizá característicos de lo que se está denominando la «Generación YouTube del terror»?.. Trastiendas y desastres. Poco antes de «Obsession», el gran hype del terror, cuyos ecos aún resuenan, fue «Backrooms», del aún más joven Kane Parsons. Basándose en una creepypasta de internet, Parsons llevaba años sembrando YouTube con una serie de cortometrajes fascinantes que desarrollaron la mitología de las Backrooms (trastiendas o trasteros, que en castellano suena menos unheimlich): un universo paralelo de interminables habitaciones amarillas, habitado por quién sabe qué criaturas. Las Backrooms conquistaron el mundo digital con videojuegos, chats, páginas en wikipedia, teorías y teoremas sobre su significado.. El problema es que «Backrooms», la película, no solo dura también casi dos horas, sino que convierte algo que tenía todo el sentido del mundo en internet (en sí mismo un universo liminal e intersticial) en un interminable episodio de «Twilight Zone» con principio, nudo y desenlace, amén de explicaciones innecesarias que convierten el film en un cursillo de Lacan para tontos, con otro protagonista masculino tóxico desatando el horror. Parsons y su guionista han leído no solo a Žižek, sino todo lo que sobre Backrooms han escrito estos años psicoanalistas, filósofos y profesores. Y se lo han creído. No menos pretenciosa, «Iron Lung», basada en un videojuego, dirigida, escrita y protagonizada por el también youtuber Mark Fischbach, arruina una buena idea con su interminable metraje claustrofóbico y un indigesto cacao de horror cósmico, mística, ecología y body horror.. Puedo parecer pesimista, pero salvando distancias e incluyendo a los hermanos Philippou con sus sobrevaloradas «Háblame» y «Devuélvemela», hay dos cosas que todos estos representantes de la generación YouTube tienen en común: un enorme ego que les hace creer que son mucho mejores de lo que demuestran. Y una enorme carencia de vida que convierte sus terrores en miedos postizos políticamente correctos, sacados directamente de tesis doctorales sobre el género de horror como instrumento filosófico, político y, sobre todo, moral. Muchos desean que esta Generación Z sea la salvadora del cine de terror. Cuidado, no les pase como al protagonista de «Obsession» y estén, simplemente, proyectando su deseo sobre algo que dista mucho de ser cierto. Quizá lo que haya que salvar es al cine de terror de los youtubers.
El estreno de la cinta de Curry Barker parece confirmar la renovación del terror a manos de la generación «youtuber», pero la pregunta que sobrevuela es: ¿está en buenas manos?
No es raro que el canal de YouTube de Curry Barker, director de «Obsession», se llame That´s a bad idea («Esta es una mala idea»). Porque de muy mala idea se puede tachar el momento en que el protagonista de su segundo largometraje decide tomarse en serio un juguete aparentemente inocente, más un objeto de broma que un juguete real (lo que llaman los anglosajones un «novelty toy»), cuyo lema afirma que si lo rompes te concederá un deseo. El mayor deseo de Bailey (Michael Johnston) es que Nikki (Inde Navarrette), su mejor amiga, por la que bebe los vientos, se enamore de él perdidamente. ¿Qué se pierde por probar? Es una pena que Bailey nunca oyera la máxima atribuida a Santa Teresa de Jesús: «Las peores plegarias son las atendidas». Eso y que no haya visto el montón de películas de terror juveniles que en los últimos años se basan en juegos, objetos y juguetes malditos que parecen realizar tus sueños más secretos… A cambio de que algo acabe saliendo muy, pero que muy mal. “Obsession” toma este recurso fáustico sobrenatural más como macguffin que como elemento esencial, para presentarnos una relectura juvenil de thrillers como «Escalofrío en la noche» (1971) de Clint Eastwood o «Atracción fatal» (1987) de Adrian Lyne.. Pero mientras aquellas, sin dejar de apuntar hacia cierta culpabilidad del macho de la especie por pensar más con su órgano favorito que con el cerebro, centraban su lado oscuro y condena tácita en las hembras psicóticas que hacían la vida imposible a sus objetos de deseo, aquí, desde el propio lema promocional de la película (tan sutil: «Es tu culpa. Tú lo quisiste») hasta la última secuencia, queda clara la inocencia de ella, transformada a su pesar y en contra de su voluntad en un monstruo de pasión, celos y obsesión romántica desquiciada, por su tonto enamorado, incapaz de ver dónde está el verdadero amor. Bailey es, sobre todo y ante todo, una expresión patética de la inmadurez, la falta de empatía y la quizá involuntaria pero no por ello menos tóxica vocación de cosificación de la mujer amada por parte de su enamorado.. Exceso de drama. «Obsession» juega con un doble sentido ya en su título: parece aludir al cada vez más peligroso comportamiento de Nikki, pero en realidad se refiere a Bailey. Ha sido su deseo masculino, sin contar con Nikki, el que, vía mágico juguete maldito, la ha convertido en monstruo. Curry Barker ha hecho los deberes. Lo que ve su protagonista en Nikki no es a la verdadera Nikki, sino, en términos lacanianos, su «agalma»: un reflejo inalcanzable de sí mismo, una proyección egocéntrica que conduce indefectiblemente al fracaso. Ha intentado, como tantos hombres tóxicos del cine actual (¿existen otros?), moldear a su pareja en su propio ideal romántico, consiguiendo solo llevarla a la locura. En un marco realista hablaríamos de enfermedad mental (celos patológicos, paranoia esquizofrénica, manía posesiva…). Aquí, gracias a su contexto genérico, deriva hacia el terror y el humor negro.. El problema de «Obsession» es que, pese a tener muy claro su mensaje, no tiene tan claro su medio. La película oscila entre la comedia negra, en sus mejores momentos; el psychothriller, en los más regulares y el puro drama psicológico superficial con mucho drama y poca psicología, en los peores. Como viene siendo habitual, le sobran minutos de diálogos inconsistentes, escenas de sexo recatadas (no se puede acusar a Barker de cosificar a nadie) y un dilatar la acción que no provoca suspense sino impaciencia. Tiene, eso sí, dos o tres buenos momento, un asesinato brutal demasiado predecible (como todo) y unos intérpretes convincentes. Pero le pierde su empeño en ser más seria de lo necesario, en explicar su moraleja, subrayando lo dramático y traumático. Puede que «Obsession» sea la mejor de las varias películas de terror de moda realizadas por jóvenes youtubers, pero es mucho menos inteligente de lo que se cree. Y menos que otras meramente comerciales –descendientes todas del relato «La pata de mono» de Jacobs–, como las varias versiones de «Cementerio de animales», la original «Jóvenes y brujas» (1996), «Ouija» (2014) o la infravalorada «Siete deseos» (2017). ¿Puede que estos defectos, que para otros son virtudes, sean quizá característicos de lo que se está denominando la «Generación YouTube del terror»?.. Trastiendas y desastres. Poco antes de «Obsession», el gran hype del terror, cuyos ecos aún resuenan, fue «Backrooms», del aún más joven Kane Parsons. Basándose en una creepypasta de internet, Parsons llevaba años sembrando YouTube con una serie de cortometrajes fascinantes que desarrollaron la mitología de las Backrooms (trastiendas o trasteros, que en castellano suena menos unheimlich): un universo paralelo de interminables habitaciones amarillas, habitado por quién sabe qué criaturas. Las Backrooms conquistaron el mundo digital con videojuegos, chats, páginas en wikipedia, teorías y teoremas sobre su significado.. El problema es que «Backrooms», la película, no solo dura también casi dos horas, sino que convierte algo que tenía todo el sentido del mundo en internet (en sí mismo un universo liminal e intersticial) en un interminable episodio de «Twilight Zone» con principio, nudo y desenlace, amén de explicaciones innecesarias que convierten el film en un cursillo de Lacan para tontos, con otro protagonista masculino tóxico desatando el horror. Parsons y su guionista han leído no solo a Žižek, sino todo lo que sobre Backrooms han escrito estos años psicoanalistas, filósofos y profesores. Y se lo han creído. No menos pretenciosa, «Iron Lung», basada en un videojuego, dirigida, escrita y protagonizada por el también youtuber Mark Fischbach, arruina una buena idea con su interminable metraje claustrofóbico y un indigesto cacao de horror cósmico, mística, ecología y body horror.. Puedo parecer pesimista, pero salvando distancias e incluyendo a los hermanos Philippou con sus sobrevaloradas «Háblame» y «Devuélvemela», hay dos cosas que todos estos representantes de la generación YouTube tienen en común: un enorme ego que les hace creer que son mucho mejores de lo que demuestran. Y una enorme carencia de vida que convierte sus terrores en miedos postizos políticamente correctos, sacados directamente de tesis doctorales sobre el género de horror como instrumento filosófico, político y, sobre todo, moral. Muchos desean que esta Generación Z sea la salvadora del cine de terror. Cuidado, no les pase como al protagonista de «Obsession» y estén, simplemente, proyectando su deseo sobre algo que dista mucho de ser cierto. Quizá lo que haya que salvar es al cine de terror de los youtubers.
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