Las calles de Suráfrica han vuelto a convertirse en el escenario de una cacería. A través de la pantalla de sus teléfonos móviles, el mundo asiste en tiempo real a un tipo de violencia cruda, visceral y tristemente recurrente en el país de Nelson Mandela. Esto sería porque, en los últimos días, han circulado en redes una serie de videos virales que muestran a turbas de surafricanos que acorralan y golpean a otras personas por el simple hecho de haber nacido al norte del río Limpopo.. Pero no es este un estallido espontáneo, aunque sea poco conocido en Europa; es el insoportable rugido de una bestia que nunca se fue, alimentada por la pobreza extrema, la demagogia política y una compleja herencia histórica de exclusión.. La crisis actual. Liderados por facciones radicales, como el autodenominado «March and March Movement», enormes grupos de ciudadanos surafricanos han tomado las calles, con especial ferocidad en la provincia de KwaZulu-Natal, para hostigar negocios y viviendas pertenecientes a inmigrantes. Y los objetivos principales son rostros conocidos en esta tragedia recurrente: nacionales de Nigeria, Zimbabue, Ghana, Somalia y Mozambique.. Contra la narrativa ya masticada hasta la saciedad del apartheid, más allá de los discursos de Trump y de su séquito cuando advierten del peligro que corren los surafricanos blancos, la realidad es esta. Que la violencia xenófoba actual en Suráfrica viene protagonizada por surafricanos negros que atacan a negros que no son surafricanos.. El nivel de terror es palpable. El Dr. Yirenyi Gyekye Darko, líder de la comunidad ghanesa en la localidad de Mthatha, advertía hace escasos días de que nadie está a salvo. Y no le faltaba razón. La ira de la turba es tal, que en ocasiones atacan incluso a otros surafricanos a los que confunden con extranjeros. Y son imágenes espeluznantes. Jóvenes aterrados y rodeados por decenas de personas que se encogen como única forma de defensa ante las patadas y los latigazos.. Negocios arrasados. Rostros descompuestos por el miedo. Aunque el gobierno surafricano ha prometido investigaciones exhaustivas y asistencia consular a las víctimas de los ataques más mediatizados, la sensación en las calles es de una impunidad aterradora. En algunas imágenes incluso pueden verse a agentes de seguridad surafricanos que, incapaces de detener la barbarie, se limitan a contemplar la escena, mano sobre mano.. Una historia de violencia desde 1994. Para entender la tragedia actual, es imperativo desmitificar el milagro surafricano. La «Nación del Arcoíris» de Nelson Mandela nació en 1994 con una promesa de inclusión absoluta a todos los sectores de la sociedad, pero el fin del apartheid trajo consigo una paradoja cruel: la apertura de fronteras coincidió con un auge inmediato del sentimiento nativista. Apenas meses después de las primeras elecciones democráticas multirraciales, entre finales de 1994 y principios de 1995, la ciudad de Johannesburgo presenció en el municipio de Alexandra cómo pandillas juveniles armadas destruían las casas de presuntos inmigrantes indocumentados, exigiéndoles que abandonaran el país.. El proyecto de construcción nacional del Congreso Nacional Africano (ANC), diseñado para unificar a una población fracturada, generó de esta forma un subproducto venenoso, una identidad nacional que se cohesionaba, en parte, excluyendo al «otro» africano. La escalada a partir de este momento puede definirse como macabra. En 1998, extranjeros fueron lanzados desde trenes en marcha; en 2006, decenas de comerciantes somalíes fueron asesinados.. Sin embargo, el punto de no retorno llegó en mayo de 2008. Gauteng, Durban y Ciudad del Cabo se convirtieron en escenarios del terror cuando una nueva ola de violencia concluyó con 62 muertos y más de 80.000 desplazados. Las imágenes de Ernesto Alfabeto Nhamuave, un inmigrante mozambiqueño que fue quemado vivo por la turba, dieron la vuelta al mundo, pero lo más irónico de todo fue que un tercio de los asesinados en aquellas fechas fueron surafricanos confundidos con extranjeros. Ya lo decía el doctor Darko: nadie está a salvo.. El patrón cíclico se ha mantenido inalterable. En 2015, una nueva oleada cobró la vida de al menos siete personas. En 2019, el centro de Johannesburgo volvió a ser saqueado. Con la pandemia de COVID-19, el odio se institucionalizó en movimientos como Operation Dudula (que significa «expulsar por la fuerza» en zulú). Liderado inicialmente por Nhlanhla «Lux» Dlamini, terminó siendo registrado como partido político, algo que llevó al abandono de Dlamini de la organización pero que permitió ganar nuevas cotas de poder al nombre propio de la xenofobia surafricana.. Este grupo ha normalizado el asalto a negocios, bloqueado el acceso de extranjeros a la sanidad pública y amenazado con purgar las escuelas de niños no surafricanos. En colaboración con otros grupos, juntos han dado forma al más estrepitoso fracaso de una nación que lleva en caída libre desde 1994. Las cifras de la plataforma Xenowatch indican que ya son más de 669 muertos, miles de tiendas saqueadas y más de 120.000 desplazados desde el inicio de la democracia.. La raíz del odio. El odio no nace en el vacío. La maldad necesita un ambiente sobre el que posarse y estirar sus brazos putrefactos con comodidad. En Suráfrica, por tanto, el mal y el odio germinan de un sustantivo habitual. La desesperación. Suráfrica es, estadísticamente, el país más desigual del mundo. El 10% de la población acapara más del 80% de la riqueza nacional, tratándose de un legado económico del apartheid que el gobierno del ANC no ha logrado desmantelar en las tres décadas ininterrumpidas que lleva gobernando.. A esto se suma una tasa de desempleo que asfixia al país, superando el 33% (y aún más entre los jóvenes). En definitiva, unos 10 millones de surafricanos sobreviven por debajo del umbral de la pobreza alimentaria, y viven desesperados, y la desesperación abre la puerta a toda clase de actos desesperados hasta que se vuelven actos injustificables.. En este ecosistema de escasez extrema y promesas democráticas incumplidas, el inmigrante africano se convierte en el chivo expiatorio perfecto. La narrativa popular, fomentada irresponsablemente por diversas figuras públicas, dicta que los extranjeros «roban» los pocos empleos disponibles, saturan los servicios públicos y controlan las redes criminales. No es un discurso exclusivo en Suráfrica. Pero es aquí donde las consecuencias de la falacia han alcanzado un límite que se repite.. La evolución del discurso político es un termómetro perfecto de esta crisis. Tomemos el caso de Julius Malema, líder del partido Economic Freedom Fighters (EFF), actualmente condenado a cinco años de prisión por posesión ilegal de un arma de fuego y por dispararla en un espacio público. Históricamente, Malema ha sido el defensor del panafricanismo más conocido en el panorama actual surafricano, enemigo acérrimo de los surafricanos blancos (famoso por sus cánticos de «muerte al bóer»). Sus discursos recuerdan continuamente que las fronteras coloniales son artificiales y que el verdadero enemigo es el monopolio del capital blanco. «Cuando veo a un nigeriano o un zimbabuense, me veo a mí mismo», proclamaba.. Sin embargo, el pragmatismo electoral y la presión de un electorado enfurecido han forzado un giro en su retórica. Recientemente, Malema ha comenzado a exigir a los empleadores que prioricen a los surafricanos y ha sugerido a los ciudadanos de países vecinos que busquen soluciones en sus propias naciones. Cuando incluso las voces más progresistas claudican ante el nativismo para asegurar votos, cuando incluso quien rechazaba las fronteras se abriga en ellas, no cabe duda de que la profundidad del drama es casi insalvable.. El legado zulú. Reducir la xenofobia en Suráfrica a una simple cuestión de «pobres contra pobres», «desesperados contra desesperados» es ignorar las profundas heridas de la historia precolonial y la formación de identidades étnicas que nada tienen que ver con la política actual y los pecados de Europa. La violencia que hoy persiste está intrínsecamente ligada a conceptos ancestrales de soberanía territorial, hegemonía guerrera y etnocentrismo, con el nacionalismo zulú jugando un papel central y a menudo silenciado en los análisis occidentales.. Para comprender esto, debemos retroceder al siglo XIX. Siglo que trajo consigo el Mfecane (el aplastamiento), un periodo de convulsión militar y rediseño demográfico catalizado por la expansión del Reino Zulú bajo el mando del rey Shaka. Los motivos del Mfecane fueron variados, incluyendo una sequía extrema en la región y la presión de traficantes de esclavos europeos y portugueses desde la bahía de Delagoa (hoy Maputo), así como incursiones de colonos bóeres.. Pero el resultado de este movimiento fue el mismo, esto es, que la forja de la nación zulú se hizo a sangre y fuego, sometiendo o expulsando a otras etnias del territorio Este proceso histórico cimentó a continuación un profundo sentido de «excepcionalismo zulú», un orgullo identitario y guerrero que, tergiversado, se traduce hoy en el chovinismo feroz que salta de las pantallas. Existe una percepción enquistada en ciertos sectores de que ellos son los verdaderos «hijos de la tierra», poseedores legítimos de los recursos por derecho de sangre.. No es casualidad que KwaZulu-Natal, el corazón histórico del imperio zulú, sea recurrentemente la zona cero de la violencia xenófoba, al igual que los hostels (residencias de trabajadores) en Johannesburgo, habitados tradicionalmente por migrantes internos zulúes. La chispa que detonó los brutales ataques de 2015 fue encendida por el mismísimo rey zulú, Goodwill Zwelithini. En un discurso furioso, instó a los extranjeros a «recoger sus pertenencias y abandonar el país», acusándolos de diluir la cultura local y denacaparar riquezas. Para millones de personas, la palabra del monarca tradicional tiene más peso y legitimidad que la Constitución de Pretoria. Y la violencia en las calles lo demuestra.. En la calle, precisamente, esta jerarquía étnica se manifiesta en el lenguaje. Términos despectivos como makwerekwere (una burla fonética de las lenguas de los inmigrantes) o amajwangas, no solo insultan; deshumanizan. Transforman al tendero somalí en un ente invasor que corrompe la pureza nacional y parasita el botín de la liberación tras el apartheid. El extranjero no es visto simplemente como un competidor por el pan, sino como un intruso en un territorio construido con la sangre de los héroes del pasado. Un aprovechado. Un ladrón.. Mientras el Estado surafricano sea incapaz de proporcionar dignidad material a sus ciudadanos y los líderes políticos continúen avivando (o tolerando) las llamas del tribalismo para desviar la atención de su propia incompetencia, las calles seguirán ardiendo. Porque la xenofobia en Suráfrica no es un episodio de odio vecinal, como tantos en el planeta. Es el sangriento mecanismo de defensa de una sociedad que, tras derrotar a sus opresores históricos, no quiere compartir su victoria con nadie más.
Las calles de Suráfrica han vuelto a convertirse en el escenario de una cacería. A través de la pantalla de sus teléfonos móviles, el mundo asiste en tiempo real a un tipo de violencia cruda, visceral y tristemente recurrente en el país de Nelson Mandela. Esto sería porque, en los últimos días, han circulado en redes una serie de videos virales que muestran a turbas de surafricanos que acorralan y golpean a otras personas por el simple hecho de haber nacido al norte del río Limpopo.. Pero no es este un estallido espontáneo, aunque sea poco conocido en Europa; es el insoportable rugido de una bestia que nunca se fue, alimentada por la pobreza extrema, la demagogia política y una compleja herencia histórica de exclusión.. La crisis actual. Liderados por facciones radicales, como el autodenominado «March and March Movement», enormes grupos de ciudadanos surafricanos han tomado las calles, con especial ferocidad en la provincia de KwaZulu-Natal, para hostigar negocios y viviendas pertenecientes a inmigrantes. Y los objetivos principales son rostros conocidos en esta tragedia recurrente: nacionales de Nigeria, Zimbabue, Ghana, Somalia y Mozambique.. Contra la narrativa ya masticada hasta la saciedad del apartheid, más allá de los discursos de Trump y de su séquito cuando advierten del peligro que corren los surafricanos blancos, la realidad es esta. Que la violencia xenófoba actual en Suráfrica viene protagonizada por surafricanos negros que atacan a negros que no son surafricanos.. El nivel de terror es palpable. El Dr. Yirenyi Gyekye Darko, líder de la comunidad ghanesa en la localidad de Mthatha, advertía hace escasos días de que nadie está a salvo. Y no le faltaba razón. La ira de la turba es tal, que en ocasiones atacan incluso a otros surafricanos a los que confunden con extranjeros. Y son imágenes espeluznantes. Jóvenes aterrados y rodeados por decenas de personas que se encogen como única forma de defensa ante las patadas y los latigazos.. Negocios arrasados. Rostros descompuestos por el miedo. Aunque el gobierno surafricano ha prometido investigaciones exhaustivas y asistencia consular a las víctimas de los ataques más mediatizados, la sensación en las calles es de una impunidad aterradora. En algunas imágenes incluso pueden verse a agentes de seguridad surafricanos que, incapaces de detener la barbarie, se limitan a contemplar la escena, mano sobre mano.. Una historia de violencia desde 1994. Para entender la tragedia actual, es imperativo desmitificar el milagro surafricano. La «Nación del Arcoíris» de Nelson Mandela nació en 1994 con una promesa de inclusión absoluta a todos los sectores de la sociedad, pero el fin del apartheid trajo consigo una paradoja cruel: la apertura de fronteras coincidió con un auge inmediato del sentimiento nativista. Apenas meses después de las primeras elecciones democráticas multirraciales, entre finales de 1994 y principios de 1995, la ciudad de Johannesburgo presenció en el municipio de Alexandra cómo pandillas juveniles armadas destruían las casas de presuntos inmigrantes indocumentados, exigiéndoles que abandonaran el país.. El proyecto de construcción nacional del Congreso Nacional Africano (ANC), diseñado para unificar a una población fracturada, generó de esta forma un subproducto venenoso, una identidad nacional que se cohesionaba, en parte, excluyendo al «otro» africano. La escalada a partir de este momento puede definirse como macabra. En 1998, extranjeros fueron lanzados desde trenes en marcha; en 2006, decenas de comerciantes somalíes fueron asesinados.. Sin embargo, el punto de no retorno llegó en mayo de 2008. Gauteng, Durban y Ciudad del Cabo se convirtieron en escenarios del terror cuando una nueva ola de violencia concluyó con 62 muertos y más de 80.000 desplazados. Las imágenes de Ernesto Alfabeto Nhamuave, un inmigrante mozambiqueño que fue quemado vivo por la turba, dieron la vuelta al mundo, pero lo más irónico de todo fue que un tercio de los asesinados en aquellas fechas fueron surafricanos confundidos con extranjeros. Ya lo decía el doctor Darko: nadie está a salvo.. El patrón cíclico se ha mantenido inalterable. En 2015, una nueva oleada cobró la vida de al menos siete personas. En 2019, el centro de Johannesburgo volvió a ser saqueado. Con la pandemia de COVID-19, el odio se institucionalizó en movimientos como Operation Dudula (que significa «expulsar por la fuerza» en zulú). Liderado inicialmente por Nhlanhla «Lux» Dlamini, terminó siendo registrado como partido político, algo que llevó al abandono de Dlamini de la organización pero que permitió ganar nuevas cotas de poder al nombre propio de la xenofobia surafricana.. Este grupo ha normalizado el asalto a negocios, bloqueado el acceso de extranjeros a la sanidad pública y amenazado con purgar las escuelas de niños no surafricanos. En colaboración con otros grupos, juntos han dado forma al más estrepitoso fracaso de una nación que lleva en caída libre desde 1994. Las cifras de la plataforma Xenowatch indican que ya son más de 669 muertos, miles de tiendas saqueadas y más de 120.000 desplazados desde el inicio de la democracia.. La raíz del odio. El odio no nace en el vacío. La maldad necesita un ambiente sobre el que posarse y estirar sus brazos putrefactos con comodidad. En Suráfrica, por tanto, el mal y el odio germinan de un sustantivo habitual. La desesperación. Suráfrica es, estadísticamente, el país más desigual del mundo. El 10% de la población acapara más del 80% de la riqueza nacional, tratándose de un legado económico del apartheid que el gobierno del ANC no ha logrado desmantelar en las tres décadas ininterrumpidas que lleva gobernando.. A esto se suma una tasa de desempleo que asfixia al país, superando el 33% (y aún más entre los jóvenes). En definitiva, unos 10 millones de surafricanos sobreviven por debajo del umbral de la pobreza alimentaria, y viven desesperados, y la desesperación abre la puerta a toda clase de actos desesperados hasta que se vuelven actos injustificables.. En este ecosistema de escasez extrema y promesas democráticas incumplidas, el inmigrante africano se convierte en el chivo expiatorio perfecto. La narrativa popular, fomentada irresponsablemente por diversas figuras públicas, dicta que los extranjeros «roban» los pocos empleos disponibles, saturan los servicios públicos y controlan las redes criminales. No es un discurso exclusivo en Suráfrica. Pero es aquí donde las consecuencias de la falacia han alcanzado un límite que se repite.. La evolución del discurso político es un termómetro perfecto de esta crisis. Tomemos el caso de Julius Malema, líder del partido Economic Freedom Fighters (EFF), actualmente condenado a cinco años de prisión por posesión ilegal de un arma de fuego y por dispararla en un espacio público. Históricamente, Malema ha sido el defensor del panafricanismo más conocido en el panorama actual surafricano, enemigo acérrimo de los surafricanos blancos (famoso por sus cánticos de «muerte al bóer»). Sus discursos recuerdan continuamente que las fronteras coloniales son artificiales y que el verdadero enemigo es el monopolio del capital blanco. «Cuando veo a un nigeriano o un zimbabuense, me veo a mí mismo», proclamaba.. Sin embargo, el pragmatismo electoral y la presión de un electorado enfurecido han forzado un giro en su retórica. Recientemente, Malema ha comenzado a exigir a los empleadores que prioricen a los surafricanos y ha sugerido a los ciudadanos de países vecinos que busquen soluciones en sus propias naciones. Cuando incluso las voces más progresistas claudican ante el nativismo para asegurar votos, cuando incluso quien rechazaba las fronteras se abriga en ellas, no cabe duda de que la profundidad del drama es casi insalvable.. El legado zulú. Reducir la xenofobia en Suráfrica a una simple cuestión de «pobres contra pobres», «desesperados contra desesperados» es ignorar las profundas heridas de la historia precolonial y la formación de identidades étnicas que nada tienen que ver con la política actual y los pecados de Europa. La violencia que hoy persiste está intrínsecamente ligada a conceptos ancestrales de soberanía territorial, hegemonía guerrera y etnocentrismo, con el nacionalismo zulú jugando un papel central y a menudo silenciado en los análisis occidentales.. Para comprender esto, debemos retroceder al siglo XIX. Siglo que trajo consigo el Mfecane (el aplastamiento), un periodo de convulsión militar y rediseño demográfico catalizado por la expansión del Reino Zulú bajo el mando del rey Shaka. Los motivos del Mfecane fueron variados, incluyendo una sequía extrema en la región y la presión de traficantes de esclavos europeos y portugueses desde la bahía de Delagoa (hoy Maputo), así como incursiones de colonos bóeres.. Pero el resultado de este movimiento fue el mismo, esto es, que la forja de la nación zulú se hizo a sangre y fuego, sometiendo o expulsando a otras etnias del territorio Este proceso histórico cimentó a continuación un profundo sentido de «excepcionalismo zulú», un orgullo identitario y guerrero que, tergiversado, se traduce hoy en el chovinismo feroz que salta de las pantallas. Existe una percepción enquistada en ciertos sectores de que ellos son los verdaderos «hijos de la tierra», poseedores legítimos de los recursos por derecho de sangre.. No es casualidad que KwaZulu-Natal, el corazón histórico del imperio zulú, sea recurrentemente la zona cero de la violencia xenófoba, al igual que los hostels (residencias de trabajadores) en Johannesburgo, habitados tradicionalmente por migrantes internos zulúes. La chispa que detonó los brutales ataques de 2015 fue encendida por el mismísimo rey zulú, Goodwill Zwelithini. En un discurso furioso, instó a los extranjeros a «recoger sus pertenencias y abandonar el país», acusándolos de diluir la cultura local y denacaparar riquezas. Para millones de personas, la palabra del monarca tradicional tiene más peso y legitimidad que la Constitución de Pretoria. Y la violencia en las calles lo demuestra.. En la calle, precisamente, esta jerarquía étnica se manifiesta en el lenguaje. Términos despectivos como makwerekwere (una burla fonética de las lenguas de los inmigrantes) o amajwangas, no solo insultan; deshumanizan. Transforman al tendero somalí en un ente invasor que corrompe la pureza nacional y parasita el botín de la liberación tras el apartheid. El extranjero no es visto simplemente como un competidor por el pan, sino como un intruso en un territorio construido con la sangre de los héroes del pasado. Un aprovechado. Un ladrón.. Mientras el Estado surafricano sea incapaz de proporcionar dignidad material a sus ciudadanos y los líderes políticos continúen avivando (o tolerando) las llamas del tribalismo para desviar la atención de su propia incompetencia, las calles seguirán ardiendo. Porque la xenofobia en Suráfrica no es un episodio de odio vecinal, como tantos en el planeta. Es el sangriento mecanismo de defensa de una sociedad que, tras derrotar a sus opresores históricos, no quiere compartir su victoria con nadie más.
Liderados por facciones radicales, enormes grupos de ciudadanos surafricanos han tomado las calles para hostigar negocios y viviendas pertenecientes a inmigrantes
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