La idea origina de Mask Singer resume el entretenimiento televisivo que reúne familia delante del televisor. Los niños se divierten con la imaginación y los mayores intentan adivinar quién está dentro del muñeco de fantasía e ilusión. ¿La tele era eso, no? Fantasía e ilusión…. Y así ha vuelto Mask Singer a Antena 3. Con una nueva tanda de herederos de Espinete y Don Pimpón. Con la diferencia de que hoy es más difícil calar en la memoria colectiva entre tanto impacto audiovisual. Menos aún si un programa tan familiar empieza más tarde de las once de la noche. Adiós al público infantil.. Solo queda el morbo de los adultos. Y se lo ponen difícil. Porque la voz de las celebridades que están dentro del peluche está tan retocada que se pierde verdad. Más que las primeras temporadas, aquellas en las que algunos intuyeron que Cerdita era Terelu o Gamba era Màxim Huerta. La gracia es que exista una oportunidad de reconocer la voz. Pero, en esta etapa, algunos candidatos son muy difíciles. En la versión original de Estados Unidos, de hecho, se perpetúan en el concurso quienes cantan e interpretan mejor. Se reconoce una entonación real casi en directo, no una catarsis de autotune. Si el espectador se le complica el juego desde casa, el formato pierde potencial. También se esfuma el interés si los famosos lo fueron mucho, pero casi no son recordados hoy. El golpe de efecto social del desenmascaramiento se esfuma.. Lo que sí ha ganado el concurso es en ritmo. Algo tan abstracto. Porque en televisión hasta la lentitud puede tener compás. Y el compás es el acierto de este Mask Singer. No se enreda demasiado de más y va al grano: tres actuaciones picaditas, con sus respectivas pistas, con sus especulaciones del jurado y con su descubrimiento de un «eliminado». Así, dos veces en la noche para estirar el formato a la extensa duración del trasnochado prime time nacional que, en realidad, es late night.. Otros cambios se han incorporado en el equipo de «investigadores», siempre buscando perfiles de complementariedad generacional y, esta vez, logrando el fichaje del carisma de Juan y Medio. Algo extraviado en los primeros programas, se intuye que no ha visto mucho el concurso. A su lado, se ha sumado Boris Izaguirre y repite Ana Milán, que está a la misma hora en Cuatro haciendo su telepodcast ‘Ex: la vida después’. El cuarteto se completa con Ruth Lorenzo. Su verborrea es hábil para sacarse una teoría hipnótica que nos hace sentir más cerca de destapar quién está debajo del disfraz. Cuánta tele tiene detrás Rulo ya. Y cómo lo demuestra. Así da algo de interés extra a una competición que no nos implica. Ni siquiera en el resultado de los votos. Incluso es fácil intuir que los personajes internacionales se van los primeros.. Sin la emoción del valor de la evolución del talento en cada actuación, solo importa descubrir qué celebridades se prestan a aguantar dentro de esos peluches gigantes. Porque las actuaciones tampoco son memorables. El programa sigue verde en sus escenografías. Hay que modernizarlas para que pasen situaciones icónicas en cada canción para dar más gancho a unas máscaras que no mueven la boca y prácticamente solo dan vueltas sobre sí mismas Por suerte, el propio presentador Arturo Valls sobreactúa muecas durante las interpretaciones musicales para dotarlas de un plano de reacción que haga menos larga una canción sin ver el rostro del intérprete. En ocasiones, oigo voces. Hacer un muñeco cuesta una pasta y, mientras el presupuesto en Estados Unidos permite que existan disfraces con sus giros de guion incorporados, aquí siempre hay más de uno de expresión mortimer. Este año, hasta hay una momia. Pero se lo perdonamos, porque queremos averiguar quién está debajo de la máscara. Mis favoritas: «Bocata de calamares» y «Fregona». Ya de tener que hacer un delirio, jugar a la ironía autóctona. Hasta las últimas consecuencias.
Lo mejor y lo peor de la quinta temporada del juego de adivinar quién está debajo del disfraz.
20MINUTOS.ES – Televisión
La idea origina de Mask Singer resume el entretenimiento televisivo que reúne familia delante del televisor. Los niños se divierten con la imaginación y los mayores intentan adivinar quién está dentro del muñeco de fantasía e ilusión. ¿La tele era eso, no? Fantasía e ilusión…. Y así ha vuelto Mask Singer a Antena 3. Con una nueva tanda de herederos de Espinete y Don Pimpón. Con la diferencia de que hoy es más difícil calar en la memoria colectiva entre tanto impacto audiovisual. Menos aún si un programa tan familiar empieza más tarde de las once de la noche. Adiós al público infantil.. Solo queda el morbo de los adultos. Y se lo ponen difícil. Porque la voz de las celebridades que están dentro del peluche está tan retocada que se pierde verdad. Más que las primeras temporadas, aquellas en las que algunos intuyeron que Cerdita era Terelu o Gamba era Màxim Huerta. La gracia es que exista una oportunidad de reconocer la voz. Pero, en esta etapa, algunos candidatos son muy difíciles. En la versión original de Estados Unidos, de hecho, se perpetúan en el concurso quienes cantan e interpretan mejor. Se reconoce una entonación real casi en directo, no una catarsis de autotune. Si el espectador se le complica el juego desde casa, el formato pierde potencial. También se esfuma el interés si los famosos lo fueron mucho, pero casi no son recordados hoy. El golpe de efecto social del desenmascaramiento se esfuma.. Lo que sí ha ganado el concurso es en ritmo. Algo tan abstracto. Porque en televisión hasta la lentitud puede tener compás. Y el compás es el acierto de este Mask Singer. No se enreda demasiado de más y va al grano: tres actuaciones picaditas, con sus respectivas pistas, con sus especulaciones del jurado y con su descubrimiento de un «eliminado». Así, dos veces en la noche para estirar el formato a la extensa duración del trasnochado prime time nacional que, en realidad, es late night.. Otros cambios se han incorporado en el equipo de «investigadores», siempre buscando perfiles de complementariedad generacional y, esta vez, logrando el fichaje del carisma de Juan y Medio. Algo extraviado en los primeros programas, se intuye que no ha visto mucho el concurso. A su lado, se ha sumado Boris Izaguirre y repite Ana Milán, que está a la misma hora en Cuatro haciendo su telepodcast ‘Ex: la vida después’. El cuarteto se completa con Ruth Lorenzo. Su verborrea es hábil para sacarse una teoría hipnótica que nos hace sentir más cerca de destapar quién está debajo del disfraz. Cuánta tele tiene detrás Rulo ya. Y cómo lo demuestra. Así da algo de interés extra a una competición que no nos implica. Ni siquiera en el resultado de los votos. Incluso es fácil intuir que los personajes internacionales se van los primeros.. Sin la emoción del valor de la evolución del talento en cada actuación, solo importa descubrir qué celebridades se prestan a aguantar dentro de esos peluches gigantes. Porque las actuaciones tampoco son memorables. El programa sigue verde en sus escenografías. Hay que modernizarlaspara que pasen situaciones icónicas en cada canción para dar más gancho a unas máscaras que no mueven la boca y prácticamente solo dan vueltas sobre sí mismas Por suerte, el propio presentador Arturo Valls sobreactúa muecas durante las interpretaciones musicales para dotarlas de un plano de reacción que haga menos larga una canción sin ver el rostro del intérprete. En ocasiones, oigo voces. Hacer un muñeco cuesta una pasta y, mientras el presupuesto en Estados Unidos permite que existan disfraces con sus giros de guion incorporados, aquí siempre hay más de uno de expresión mortimer. Este año, hasta hay una momia. Pero se lo perdonamos, porque queremos averiguar quién está debajo de la máscara. Mis favoritas: «Bocata de calamares» y «Fregona». Ya de tener que hacer un delirio, jugar a la ironía autóctona. Hasta las últimas consecuencias.
