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La memoria de las palabras

9 de mayo de 2026
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Uno de los aforismos de la poetisa polaca Julia Hartwig reza así: «Mirar con atención. Guardar en la memoria. Dar ya comienzo a la inmortalidad, aquí, en la tierra». Desde sus albores, el ser humano ha tratado de preservar el recuerdo de lo que hizo y de lo que fue, y legarlo a las generaciones posteriores. Borrar tal recuerdo fue, en muchos lugares y momentos, el peor castigo posible por los crímenes cometidos. Atesoramos cartas, documentos, mensajes, fotografías y objetos de toda condición para recordar (y recordarnos) que hemos vivido… y que lo vivido mereció la pena. Y, sin embargo, evocamos ese pasado usando la lengua del presente. Tendemos a evitar los giros que eran comunes cuando fuimos niños, porque dudamos de que sean entendidos por quienes nos escuchan. Somos conscientes de que palabras que siguen utilizándose hoy, se han cargado de nuevas connotaciones o perdido las que tenían antaño. Toda lengua viva está sujeta a un proceso de cambio permanente, precisamente porque no deja de usarse. Sus palabras, en particular, ven modificado su significado, pero también su forma. Hoy, por ejemplo, usamos «pareja» para aludir a la persona con la que mantenemos un vínculo estable de naturaleza romántica, pero que no tiene (o no queremos que el otro sepa si tiene) un refrendo administrativo (ser matrimonio o pareja de hecho). Este sentido de «pareja» está ausente en los usos dados a la palabra en una novela de la posguerra, por poner el caso. Consecuentemente, la lectura de cualquier texto del pasado entraña un esfuerzo permanente por no incurrir en el anacronismo. En cuanto a la forma de las palabras, somos, sin duda, más conservadores, porque si se altera demasiado el modo en que suenan (o se escriben), se corre el riesgo de no poder identificarlas (las modificaciones de significado suelen poder inferirse con facilidad a partir del contexto en que aparece la palabra). Así, si nos dijesen que comprásemos «kwetwóres» libros, difícilmente entenderíamos que son cuatro los que debemos adquirir, a pesar de que así contaban nuestros antepasados hace unos miles de años.. Estudiar por qué son justo esas y no otras las palabras que integran el vocabulario de nuestra lengua, qué significaban en el pasado, cómo era su forma y de qué lengua provienen es una labor que se asemeja mucho a la de los arqueólogos que excavan el terreno en el que se asentó una antigua ciudad y se interrogan por la función y el origen de los objetos que encuentran, y en último término, los utilizan para trazar un retrato más fiel de la sociedad que los creó. Por poner otro ejemplo, todos conocemos el significado de la palabra «alcalde». Esta palabra constituye, no obstante, una modificación del árabe «al-cadí». Un «cadí» es alguien que administra justicia, de modo que lo anterior nos dice, sin necesidad de ser expertos en la historia de Al-Ándalus, que hace siglos los alcaldes actuaban allí como jueces… o que los jueces asumieron poco a poco responsabilidades administrativas. Además, el hecho de que, como ocurre con «alcalde», sean también de origen árabe palabras como «albañil», «almacén» o «barrio», sugiere que las ciudades cobraron una especial relevancia tras la irrupción de los árabes. Las palabras de nuestra lengua se disponen, de hecho, de forma parecida a los niveles de una excavación arqueológica, en la que lo más moderno está arriba y lo más antiguo, abajo. En el vocabulario, lo más moderno es lo que sentimos más ajeno, mientras que lo más antiguo es lo que nos parece más propio. Vocablos como «robot» o «párking», aunque son de uso habitual, siguen teniendo un regusto a otredad, motivado por la estructura tan inhabitual que poseen (muy pocas palabras del español acaban en -t y casi ninguna, en -ing). Y tal regusto no se debe a su origen exótico (checo e inglés, respectivamente), sino a que hace muy poco que las venimos empleando (los robots y los parkings se inventaron este mismo siglo), por lo que no ha dado tiempo a que se hayan adaptado a las costumbres de nuestra lengua. Porque más exótico es, en realidad, el origen de «patata», «tiza», «loro» o «enagua» (provienen del quechua, el náhuatl, el caribe y el arawak, respectivamente) y sin embargo, nos parecen menos foráneas… por no hablar de palabras como «blanco», «guerra» o «bandera», que son de origen germánico, o «cerveza», «camisa» o «carro», cuyo origen es celta. Lo anterior no solo demuestra que no existen lenguas puras (el español, aun descendiendo del latín, no es únicamente latín evolucionado), sino que estudiando las modificaciones experimentadas por el vocabulario de una lengua podemos aprender bastante sobre los cambios históricos en los intereses, creencias, costumbres y modos de vida del pueblo que la habla.. A una escala temporal más dilatada, estudiar tales modificaciones permite conocer mejor la historia remota de muchos lugares, complementando lo averiguado por paleoantropólogos, arqueólogos e historiadores. Así, casi toda Europa emplea un grupo de lenguas que se conocen como indoeuropeas, por alcanzar también su distribución amplias áreas de Asia occidental. Sabemos que los indoeuropeos llegaron a nuestro continente hace entre cinco y seis mil años, asentándose en él como grupo dominante y cambiando su perfil genético y cultural. Hasta hace poco, el origen de los indoeuropeos fue un gran enigma. Hoy sabemos (fundamentalmente por estudios genéticos) que procedían del Cáucaso, desde donde se expandieron hacia la actual Turquía y hacia el sur de Rusia, para luego moverse hacia Europa y Asia. La arqueología ha desvelado muchas de sus costumbres (como que usaban carros y enterraban a sus muertos en túmulos). Pero el estudio del vocabulario de las lenguas indoeuropeas actuales ha sido fundamental para, por ejemplo, certificar la localización de su patria ancestral. Así, que todas las lenguas indoeuropeas tengan palabras parecidas para llamar a los robles (o a las hayas o a los arces) sugiere que también los indoeuropeos contaban con una palabra para tales árboles, que, a buen seguro, crecían en su región de procedencia. En cambio, no sucede lo mismo con olivos e higueras, lo que corrobora la hipótesis de que los indoeuropeos no eran nativos de la cuenca mediterránea (tomaron los términos para estas dos especies de árboles de las lenguas habladas por los pueblos con los que contactaron al llegar a esa región). Otro ejemplo concierne a los clasificadores. Se trata de una categoría gramatical que no existe en nuestra lengua. Los clasificadores acompañan a los sustantivos, especialmente si van cuantificados, e informan de propiedades básicas del referente, como su forma, su naturaleza (animada o inanimada) o su función. En japonés, por poner el caso, cuando contamos animales, tenemos que añadir al numeral un clasificador diferente según se trate de animales grandes (-too), pequeños (-hiki) o aves (-wa). En este idioma no es posible decir «he visto dos pájaros», sino que habremos de decir «he visto dos-wa pájaros». En las lenguas que poseen esta categoría gramatical, cada palabra del vocabulario queda clasificada según el elemento de este tipo que debe acompañar al numeral cuando es cuantificada, de ahí su denominación. Pues bien, las leguas con clasificadores tienen una distribución geográfica muy particular: se localizan únicamente en ambas orillas del Pacífico. Se ha sugerido que esta distribución es la huella dejada por las antiguas migraciones que colonizaron el sur de Asia y América, integradas, claro está, por hablantes de una lengua que habría presentado este rasgo gramatical.. Así pues, cada vez que usamos una palabra para referirnos al aquí y al ahora, hacemos resonar múltiples ecos del pasado. La lengua nos une de este modo a la larga cadena de personas que nos precedieron y a quienes nos atan también creencias, costumbres y paisajes, en suma, la cultura a la que pertenecemos. Las palabras no son solo ruido que activa ideas en nuestra mente y en las de los demás. Son también memoria de un pasado colectivo del que casi nunca somos conscientes cuando las utilizamos, pero que sigue ahí, a pesar de los siglos y milenios trascurridos. Quizás en eso consista también la inmortalidad a la que se refería Julia Hartwig.

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«Desde sus albores, el ser humano ha tratado de preservar el recuerdo de lo que hizo y de lo que fue»

  

Uno de los aforismos de la poetisa polaca Julia Hartwig reza así: «Mirar con atención. Guardar en la memoria. Dar ya comienzo a la inmortalidad, aquí, en la tierra». Desde sus albores, el ser humano ha tratado de preservar el recuerdo de lo que hizo y de lo que fue, y legarlo a las generaciones posteriores. Borrar tal recuerdo fue, en muchos lugares y momentos, el peor castigo posible por los crímenes cometidos. Atesoramos cartas, documentos, mensajes, fotografías y objetos de toda condición para recordar (y recordarnos) que hemos vivido… y que lo vivido mereció la pena. Y, sin embargo, evocamos ese pasado usando la lengua del presente. Tendemos a evitar los giros que eran comunes cuando fuimos niños, porque dudamos de que sean entendidos por quienes nos escuchan. Somos conscientes de que palabras que siguen utilizándose hoy, se han cargado de nuevas connotaciones o perdido las que tenían antaño. Toda lengua viva está sujeta a un proceso de cambio permanente, precisamente porque no deja de usarse. Sus palabras, en particular, ven modificado su significado, pero también su forma. Hoy, por ejemplo, usamos «pareja» para aludir a la persona con la que mantenemos un vínculo estable de naturaleza romántica, pero que no tiene (o no queremos que el otro sepa si tiene) un refrendo administrativo (ser matrimonio o pareja de hecho). Este sentido de «pareja» está ausente en los usos dados a la palabra en una novela de la posguerra, por poner el caso. Consecuentemente, la lectura de cualquier texto del pasado entraña un esfuerzo permanente por no incurrir en el anacronismo. En cuanto a la forma de las palabras, somos, sin duda, más conservadores, porque si se altera demasiado el modo en que suenan (o se escriben), se corre el riesgo de no poder identificarlas (las modificaciones de significado suelen poder inferirse con facilidad a partir del contexto en que aparece la palabra). Así, si nos dijesen que comprásemos «kwetwóres» libros, difícilmente entenderíamos que son cuatro los que debemos adquirir, a pesar de que así contaban nuestros antepasados hace unos miles de años.. Estudiar por qué son justo esas y no otras las palabras que integran el vocabulario de nuestra lengua, qué significaban en el pasado, cómo era su forma y de qué lengua provienen es una labor que se asemeja mucho a la de los arqueólogos que excavan el terreno en el que se asentó una antigua ciudad y se interrogan por la función y el origen de los objetos que encuentran, y en último término, los utilizan para trazar un retrato más fiel de la sociedad que los creó. Por poner otro ejemplo, todos conocemos el significado de la palabra «alcalde». Esta palabra constituye, no obstante, una modificación del árabe «al-cadí». Un «cadí» es alguien que administra justicia, de modo que lo anterior nos dice, sin necesidad de ser expertos en la historia de Al-Ándalus, que hace siglos los alcaldes actuaban allí como jueces… o que los jueces asumieron poco a poco responsabilidades administrativas. Además, el hecho de que, como ocurre con «alcalde», sean también de origen árabe palabras como «albañil», «almacén» o «barrio», sugiere que las ciudades cobraron una especial relevancia tras la irrupción de los árabes. Las palabras de nuestra lengua se disponen, de hecho, de forma parecida a los niveles de una excavación arqueológica, en la que lo más moderno está arriba y lo más antiguo, abajo. En el vocabulario, lo más moderno es lo que sentimos más ajeno, mientras que lo más antiguo es lo que nos parece más propio. Vocablos como «robot» o «párking», aunque son de uso habitual, siguen teniendo un regusto a otredad, motivado por la estructura tan inhabitual que poseen (muy pocas palabras del español acaban en -t y casi ninguna, en -ing). Y tal regusto no se debe a su origen exótico (checo e inglés, respectivamente), sino a que hace muy poco que las venimos empleando (los robots y los parkings se inventaron este mismo siglo), por lo que no ha dado tiempo a que se hayan adaptado a las costumbres de nuestra lengua. Porque más exótico es, en realidad, el origen de «patata», «tiza», «loro» o «enagua» (provienen del quechua, el náhuatl, el caribe y el arawak, respectivamente) y sin embargo, nos parecen menos foráneas… por no hablar de palabras como «blanco», «guerra» o «bandera», que son de origen germánico, o «cerveza», «camisa» o «carro», cuyo origen es celta. Lo anterior no solo demuestra que no existen lenguas puras (el español, aun descendiendo del latín, no es únicamente latín evolucionado), sino que estudiando las modificaciones experimentadas por el vocabulario de una lengua podemos aprender bastante sobre los cambios históricos en los intereses, creencias, costumbres y modos de vida del pueblo que la habla.. A una escala temporal más dilatada, estudiar tales modificaciones permite conocer mejor la historia remota de muchos lugares, complementando lo averiguado por paleoantropólogos, arqueólogos e historiadores. Así, casi toda Europa emplea un grupo de lenguas que se conocen como indoeuropeas, por alcanzar también su distribución amplias áreas de Asia occidental. Sabemos que los indoeuropeos llegaron a nuestro continente hace entre cinco y seis mil años, asentándose en él como grupo dominante y cambiando su perfil genético y cultural. Hasta hace poco, el origen de los indoeuropeos fue un gran enigma. Hoy sabemos (fundamentalmente por estudios genéticos) que procedían del Cáucaso, desde donde se expandieron hacia la actual Turquía y hacia el sur de Rusia, para luego moverse hacia Europa y Asia. La arqueología ha desvelado muchas de sus costumbres (como que usaban carros y enterraban a sus muertos en túmulos). Pero el estudio del vocabulario de las lenguas indoeuropeas actuales ha sido fundamental para, por ejemplo, certificar la localización de su patria ancestral. Así, que todas las lenguas indoeuropeas tengan palabras parecidas para llamar a los robles (o a las hayas o a los arces) sugiere que también los indoeuropeos contaban con una palabra para tales árboles, que, a buen seguro, crecían en su región de procedencia. En cambio, no sucede lo mismo con olivos e higueras, lo que corrobora la hipótesis de que los indoeuropeos no eran nativos de la cuenca mediterránea (tomaron los términos para estas dos especies de árboles de las lenguas habladas por los pueblos con los que contactaron al llegar a esa región). Otro ejemplo concierne a los clasificadores. Se trata de una categoría gramatical que no existe en nuestra lengua. Los clasificadores acompañan a los sustantivos, especialmente si van cuantificados, e informan de propiedades básicas del referente, como su forma, su naturaleza (animada o inanimada) o su función. En japonés, por poner el caso, cuando contamos animales, tenemos que añadir al numeral un clasificador diferente según se trate de animales grandes (-too), pequeños (-hiki) o aves (-wa). En este idioma no es posible decir «he visto dos pájaros», sino que habremos de decir «he visto dos-wa pájaros». En las lenguas que poseen esta categoría gramatical, cada palabra del vocabulario queda clasificada según el elemento de este tipo que debe acompañar al numeral cuando es cuantificada, de ahí su denominación. Pues bien, las leguas con clasificadores tienen una distribución geográfica muy particular: se localizan únicamente en ambas orillas del Pacífico. Se ha sugerido que esta distribución es la huella dejada por las antiguas migraciones que colonizaron el sur de Asia y América, integradas, claro está, por hablantes de una lengua que habría presentado este rasgo gramatical.. Así pues, cada vez que usamos una palabra para referirnos al aquí y al ahora, hacemos resonar múltiples ecos del pasado. La lengua nos une de este modo a la larga cadena de personas que nos precedieron y a quienes nos atan también creencias, costumbres y paisajes, en suma, la cultura a la que pertenecemos. Las palabras no son solo ruido que activa ideas en nuestra mente y en las de los demás. Son también memoria de un pasado colectivo del que casi nunca somos conscientes cuando las utilizamos, pero que sigue ahí, a pesar de los siglos y milenios trascurridos. Quizás en eso consista también la inmortalidad a la que se refería Julia Hartwig.

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