Las redes sociales son una buena alarma para detectar aquellos que pican en la trampa de la irritación que interesa al algoritmo. Escozor que nos lleva a un posicionamiento perverso que no acepta matices. Ni siquiera permite errores, que podía sufrir cualquiera en la naturalidad de una charla. Que Sonsoles Ónega se equivoca con el IVA de los libros, corremos a vilipendiarla. Que Alaska responde a una pregunta con duda más que proclamas, brotamos en desengaño. Que, días después, Marc Giró entrevista a Alaska desde la cordialidad, sentimos que es una traición porque invita a su programa a quien no actúa como nosotros queremos.. Es la paradoja de la era donde la opinión es más democrática. Es más sencillo que nunca encontrar plataformas en las que expresarse ante la multitud y, sin embargo, la riqueza del diálogo es aplastada por dos corrientes imperantes. O estás en uno de los dos estrechos carriles mentales o te quedas fuera. Ahí se va oprimiendo la riqueza de la conversación de las redes sociales, que ha pasado de punto de encuentro de ideas a una catapulta de sometimientos ideológicos. Que es bien diferente.. La política está en cada acto cotidiano que ejercemos, pero no todos podemos estar hablando como si fuéramos políticos de mitin durante las 24 horas del día. La realidad es más compleja. Pero la prisa con la que consumimos impactos audiovisuales detrás de las pantallas hace más difícil la empatía que surge cuando nos encontramos en la calle y hablamos con nuestros propios ojos.. Los medios tradicionales también se han contagiado de este posicionamiento impostado que las redes sociales premian con visibilidad. Se publicitan los mensajes más exagerados porque la vehemencia más demagógica cala más rápido en un tuit o en un vídeo de 30 segundos. Nunca crea indiferencia. Pero la buena comunicación es la que relativiza a los cuadriculados sabiendo que la vida son las redondeces.. Antes de sentenciar, deberíamos mirar más allá de nuestra propia frente. Queremos gente que entre al trapo con sinceridad y cuando lo hacen los acribillamos. La convivencia se empobrece si todo se reduce al conmigo o contra mí, si todo se merma a pedir a los demás una ejemplaridad al milímetro del recelo de nuestras expectativas. Así solo queda decepcionar. Así gana la rabia que cree que cualquier bocachanclismo es una indignante táctica de manipulación y, a la vez, es incapaz de descifrar que si nos quedamos abonados a la intransigencia del rencor nosotros mismos somos los que ya estamos completamente manipulados. Objetivo conseguido: los partidos tensan la simplicidad de la polarización porque carcome el espíritu crítico y nos convierte en previsibles. Previsibles ovejas del rebaño.
Queremos gente que entre al trapo con sinceridad y cuando lo hacen los acribillamos.
20MINUTOS.ES – Televisión
Las redes sociales son una buena alarma para detectar aquellos que pican en la trampa de la irritación que interesa al algoritmo. Escozor que nos lleva a un posicionamiento perverso que no acepta matices. Ni siquiera permite errores, que podía sufrir cualquiera en la naturalidad de una charla. Que Sonsoles Ónega se equivoca con el IVA de los libros, corremos a vilipendiarla. Que Alaska responde a una pregunta con duda más que proclamas, brotamos en desengaño. Que, días después, Marc Giró entrevista a Alaska desde la cordialidad, sentimos que es una traición porque invita a su programa a quien no actúa como nosotros queremos.. Es la paradoja de la era donde la opinión es más democrática. Es más sencillo que nunca encontrar plataformas en las que expresarse ante la multitud y, sin embargo, la riqueza del diálogo es aplastada por dos corrientes imperantes. O estás en uno de los dos estrechos carriles mentales o te quedas fuera. Ahí se va oprimiendo la riqueza de la conversación de las redes sociales, que ha pasado de punto de encuentro de ideas a una catapulta de sometimientos ideológicos. Que es bien diferente.. La política está en cada acto cotidiano que ejercemos, pero no todos podemos estar hablando como si fuéramos políticos de mitin durante las 24 horas del día. La realidad es más compleja. Pero la prisa con la que consumimos impactos audiovisuales detrás de las pantallas hace más difícil la empatía que surge cuando nos encontramos en la calle y hablamos con nuestros propios ojos.. Los medios tradicionales también se han contagiado de este posicionamiento impostado que las redes sociales premian con visibilidad. Se publicitan los mensajes más exagerados porque la vehemencia más demagógica cala más rápido en un tuit o en un vídeo de 30 segundos. Nunca crea indiferencia. Pero la buena comunicación es la que relativiza a los cuadriculados sabiendo que la vida son las redondeces.. Antes de sentenciar, deberíamos mirar más allá de nuestra propia frente. Queremos gente que entre al trapo con sinceridad y cuando lo hacen los acribillamos. La convivencia se empobrece si todo se reduce al conmigo o contra mí, si todo se merma a pedir a los demás una ejemplaridad al milímetro del recelo de nuestras expectativas. Así solo queda decepcionar. Así gana la rabia que cree que cualquier bocachanclismo es una indignante táctica de manipulación y, a la vez, es incapaz de descifrar que si nos quedamos abonados a la intransigencia del rencor nosotros mismos somos los que ya estamos completamente manipulados. Objetivo conseguido: los partidos tensan la simplicidad de la polarización porque carcome el espíritu crítico y nos convierte en previsibles. Previsibles ovejas del rebaño.
