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La Comunitat Valenciana, Europa en estado natural

9 de mayo de 2026
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El origen de la Europa que hoy conocemos no nace de una identidad compartida ni de un sentimiento de pertenencia a un espacio homogéneo, que sigue sin ser. Fue una necesidad histórica la que sentó aquellas bases por las que crear ese proyecto común: anteponer la cooperación al enfrentamiento.. Tras los estragos que dejó en el continente la Segunda Guerra Mundial, se entendió que la estabilidad solo podía construirse desde la interdependencia. Aquel impulso pragmático, económico en su origen, acabó dando forma a una arquitectura política única, basada en la integración, la cesión de soberanía y la búsqueda de la prosperidad común.. España se incorporó a ese proyecto en 1986, en plena transformación democrática. Para los españoles, en aquel momento, Europa era sinónimo de modernización, apertura y oportunidades. Y, ciertamente, supuso una palanca decisiva para el desarrollo económico, la consolidación institucional y la proyección internacional de nuestro país. Pero también introdujo una lógica distinta: la de una comunidad donde los territorios, más allá de los Estados, empezaban a tener un papel propio en la construcción de un proyecto común. Y, en ese nuevo escenario, no todos partían del mismo punto.. Hubo territorios que necesitaron aprender a ser europeos. Otros, sin necesidad de explicarlo, ya lo eran en la práctica. La Comunitat Valenciana pertenece a este segundo grupo. No por una construcción discursiva posterior ni por una voluntad política sobrevenida, sino por una forma de estar en el mundo que encaja, de manera natural, con los principios sobre los que hoy se sostiene la Unión Europea. Con esto, no pretendo decir que todo haya sido siempre ejemplar, ni que no existieran, y sigan existiendo, retos pendientes, pero lo son sobre una base histórica, económica y cultural que ha facilitado esa integración de manera especialmente fluida.. El Mediterráneo no es un decorado, sino una condición estructural. Durante siglos ha sido un espacio de intercambio constante, de tránsito de personas, mercancías e ideas. Lejos de ser una frontera, ha actuado como un puente. Por él, nació una economía orientada al exterior, un tejido productivo competitivo y una cultura empresarial habituada a mirar más allá de sus propios límites.. Hoy esa realidad se concreta en hechos tangibles. Algunas en forma de infraestructuras estratégicas como el puerto de Valencia, uno de los principales nodos logísticos del sur de Europa o el ansiado y no pocas veces reclamado Corredor Mediterráneo. Otras, en una capacidad exportadora consolidada que sitúa a la Comunitat Valenciana entre las regiones más dinámicas en comercio exterior de España, destacando en sectores como la cerámica, la industria agroalimentaria, el textil o el calzado, que acumulan décadas compitiendo con éxito en mercados internacionales. Y también en la contribución activa a programas europeos de innovación, cooperación territorial y desarrollo regional.. Pero más allá de los datos, existe un elemento menos tangible y, sin embargo, decisivo: el carácter abierto, pragmático y poco dado a los extremos que impera en nuestra Comunitat. Esa actitud más inclinada a construir que a confrontar, más centrada en generar oportunidades que en levantar barreras, no es una realidad menor, en un momento en que Europa atraviesa tensiones internas, debates identitarios y desafíos geopolíticos de gran calado. Es, de hecho, una de las mayores fortalezas, no solo de la Comunitat Valenciana sino de todo el proyecto europeo.. El futuro de Europa no puede basarse solo en grandes decisiones institucionales. Necesita también territorios capaces de sostener en la práctica los valores que proclama. La cooperación frente al conflicto, la apertura frente al repliegue, la integración frente a la fragmentación. Y en ese sentido, la Comunitat Valenciana no es un actor secundario, sino una pieza clave en ese equilibrio.. Desde esta perspectiva, el valencianismo no es un ejercicio de reivindicación permanente ni una construcción defensiva frente a otros. Es, ante todo, una afirmación serena y consciente de lo que se es, de lo que somos. La convicción de que se puede ser plenamente valenciano y profundamente europeo al mismo tiempo. Que la identidad no se diluye en un proyecto común, sino que lo enriquece, lo matiza y lo hace más real.. Frente a visiones que plantean la pertenencia a Europa como una cesión o una pérdida, la experiencia valenciana demuestra lo contrario: que la integración bien entendida amplía horizontes sin borrar raíces, que es posible proyectarse hacia fuera sin renunciar a lo propio, y que, precisamente por eso, territorios como la Comunitat Valenciana aportan un valor diferencial al conjunto europeo.. No se trata, por tanto, de sobreactuar el europeísmo ni de reivindicarlo de forma retórica. La Comunitat Valenciana no necesita hacerlo porque lo practica cada día. Está en sus empresas, en sus universidades, en sus infraestructuras, en sus relaciones comerciales y en su manera de entender el progreso desde la apertura y la cooperación.. Pero reconocer esa realidad no puede ser un mero ejercicio de autocomplacencia, sino de asunción serena y consciente de la responsabilidad que se atribuye. Si pretendemos que Europa sea algo más que la suma de sus territorios, también debemos tener clara la necesidad de que estos puedan ejercer su influencia en el rumbo del proyecto común. Y ahí la Comunitat Valenciana tiene margen, y obligación, de reforzar su voz, de defender sus intereses y de hacer valer su posición estratégica en el conjunto europeo.. En un momento en el que muchos territorios buscan su lugar en Europa, conviene recordar algo esencial: Europa no es una abstracción lejana ni una construcción ajena. Es una realidad viva que se sostiene sobre ejemplos concretos. Sobre territorios que, como la Comunitat Valenciana, llevan décadas, incluso siglos, practicando aquello que hoy se reivindica como modelo.. Esa idea de Europa abierta, dinámica y mediterránea que aspiramos a consolidar no era una idea por construir desde cero. Existen lugares donde la historia, la economía y la cultura han generado una forma de estar en el mundo basada en la conexión, el intercambio y la convivencia. Y la Comunitat Valenciana es una de esas realidades.. Hablar del futuro de Europa no puede hacerse desde una percepción de lejanía o abstracción. Es la simple aplicación de un modelo de vida que ya existe, de una manera de entender el progreso que combina identidad y apertura, arraigo y proyección, tradición e innovación. Una forma de ser que no necesita reivindicarse constantemente para existir, pero que sí debe ser reconocida en su justa medida.. Porque sin territorios como la Comunitat Valenciana, Europa sería distinta y, difícilmente, podría entenderse igual.

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El origen de la Europa que hoy conocemos no nace de una identidad compartida ni de un sentimiento de pertenencia a un espacio homogéneo, que sigue sin ser. Fue una necesidad histórica la que sentó aquellas bases por las que crear ese proyecto común: anteponer la cooperación al enfrentamiento.. Tras los estragos que dejó en el continente la Segunda Guerra Mundial, se entendió que la estabilidad solo podía construirse desde la interdependencia. Aquel impulso pragmático, económico en su origen, acabó dando forma a una arquitectura política única, basada en la integración, la cesión de soberanía y la búsqueda de la prosperidad común.. España se incorporó a ese proyecto en 1986, en plena transformación democrática. Para los españoles, en aquel momento, Europa era sinónimo de modernización, apertura y oportunidades. Y, ciertamente, supuso una palanca decisiva para el desarrollo económico, la consolidación institucional y la proyección internacional de nuestro país. Pero también introdujo una lógica distinta: la de una comunidad donde los territorios, más allá de los Estados, empezaban a tener un papel propio en la construcción de un proyecto común. Y, en ese nuevo escenario, no todos partían del mismo punto.. Hubo territorios que necesitaron aprender a ser europeos. Otros, sin necesidad de explicarlo, ya lo eran en la práctica. La Comunitat Valenciana pertenece a este segundo grupo. No por una construcción discursiva posterior ni por una voluntad política sobrevenida, sino por una forma de estar en el mundo que encaja, de manera natural, con los principios sobre los que hoy se sostiene la Unión Europea. Con esto, no pretendo decir que todo haya sido siempre ejemplar, ni que no existieran, y sigan existiendo, retos pendientes, pero lo son sobre una base histórica, económica y cultural que ha facilitado esa integración de manera especialmente fluida.. El Mediterráneo no es un decorado, sino una condición estructural. Durante siglos ha sido un espacio de intercambio constante, de tránsito de personas, mercancías e ideas. Lejos de ser una frontera, ha actuado como un puente. Por él, nació una economía orientada al exterior, un tejido productivo competitivo y una cultura empresarial habituada a mirar más allá de sus propios límites.. Hoy esa realidad se concreta en hechos tangibles. Algunas en forma de infraestructuras estratégicas como el puerto de Valencia, uno de los principales nodos logísticos del sur de Europa o el ansiado y no pocas veces reclamado Corredor Mediterráneo. Otras, en una capacidad exportadora consolidada que sitúa a la Comunitat Valenciana entre las regiones más dinámicas en comercio exterior de España, destacando en sectores como la cerámica, la industria agroalimentaria, el textil o el calzado, que acumulan décadas compitiendo con éxito en mercados internacionales. Y también en la contribución activa a programas europeos de innovación, cooperación territorial y desarrollo regional.. Pero más allá de los datos, existe un elemento menos tangible y, sin embargo, decisivo: el carácter abierto, pragmático y poco dado a los extremos que impera en nuestra Comunitat. Esa actitud más inclinada a construir que a confrontar, más centrada en generar oportunidades que en levantar barreras, no es una realidad menor, en un momento en que Europa atraviesa tensiones internas, debates identitarios y desafíos geopolíticos de gran calado. Es, de hecho, una de las mayores fortalezas, no solo de la Comunitat Valenciana sino de todo el proyecto europeo.. El futuro de Europa no puede basarse solo en grandes decisiones institucionales. Necesita también territorios capaces de sostener en la práctica los valores que proclama. La cooperación frente al conflicto, la apertura frente al repliegue, la integración frente a la fragmentación. Y en ese sentido, la Comunitat Valenciana no es un actor secundario, sino una pieza clave en ese equilibrio.. Desde esta perspectiva, el valencianismo no es un ejercicio de reivindicación permanente ni una construcción defensiva frente a otros. Es, ante todo, una afirmación serena y consciente de lo que se es, de lo que somos. La convicción de que se puede ser plenamente valenciano y profundamente europeo al mismo tiempo. Que la identidad no se diluye en un proyecto común, sino que lo enriquece, lo matiza y lo hace más real.. Frente a visiones que plantean la pertenencia a Europa como una cesión o una pérdida, la experiencia valenciana demuestra lo contrario: que la integración bien entendida amplía horizontes sin borrar raíces, que es posible proyectarse hacia fuera sin renunciar a lo propio, y que, precisamente por eso, territorios como la Comunitat Valenciana aportan un valor diferencial al conjunto europeo.. No se trata, por tanto, de sobreactuar el europeísmo ni de reivindicarlo de forma retórica. La Comunitat Valenciana no necesita hacerlo porque lo practica cada día. Está en sus empresas, en sus universidades, en sus infraestructuras, en sus relaciones comerciales y en su manera de entender el progreso desde la apertura y la cooperación.. Pero reconocer esa realidad no puede ser un mero ejercicio de autocomplacencia, sino de asunción serena y consciente de la responsabilidad que se atribuye. Si pretendemos que Europa sea algo más que la suma de sus territorios, también debemos tener clara la necesidad de que estos puedan ejercer su influencia en el rumbo del proyecto común. Y ahí la Comunitat Valenciana tiene margen, y obligación, de reforzar su voz, de defender sus intereses y de hacer valer su posición estratégica en el conjunto europeo.. En un momento en el que muchos territorios buscan su lugar en Europa, conviene recordar algo esencial: Europa no es una abstracción lejana ni una construcción ajena. Es una realidad viva que se sostiene sobre ejemplos concretos. Sobre territorios que, como la Comunitat Valenciana, llevan décadas, incluso siglos, practicando aquello que hoy se reivindica como modelo.. Esa idea de Europa abierta, dinámica y mediterránea que aspiramos a consolidar no era una idea por construir desde cero. Existen lugares donde la historia, la economía y la cultura han generado una forma de estar en el mundo basada en la conexión, el intercambio y la convivencia. Y la Comunitat Valenciana es una de esas realidades.. Hablar del futuro de Europa no puede hacerse desde una percepción de lejanía o abstracción. Es la simple aplicación de un modelo de vida que ya existe, de una manera de entender el progreso que combina identidad y apertura, arraigo y proyección, tradición e innovación. 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