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  Sociedad  La mano que mece la cuna
Sociedad

La mano que mece la cuna

12 de marzo de 2026
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Los llantos de los que salen por la radio son especialmente angustiosos, porque no hay imágenes, sólo blancos de silencio entre los extraños sonidos que emitimos los humanos cuando sufrimos. El entrevistador zozobra entre interrumpir o esperar, entre atender al que sufre o al oyente acongojado. Puse Cope el otro día y me quedé helada porque una señora lloraba desconsoladamente en antena al explicar que no había podido acudir a Rumanía a enterrar a su madre recién fallecida. Se lo había impedido su empleadora doméstica. Pocas cosas más crueles se me ocurren. En España hay 370.000 empleados domésticos y se calcula que un tercio más trabaja en negro, de modo que debe haber medio millón más o menos en el oficio. Actualmente son casi todas mujeres emigrantes, a menudo sin papeles. Trabajan en una esfera muy íntima, se les franquea el refugio último, el pudor del hogar y eso facilita nexos especiales. Una amiga acaba de perder a la empleada que cuidó a sus hijos y éstos se comportan estos días como si hubiesen quedado huérfanos, tal es el dolor que experimentan. También, quizá por eso, se les reservan apelativos despectivos, porque a veces sólo en el hogar nos permitimos ser los poderosos: “la chacha”, “la chica”. Fernando de Haro entrevistó el sábado pasado a varias asistentas e internas y me quedé tan perpleja que tengo que contarles que algunas de ellas han pasado tres años en una casa sin salir jamás a la calle, trabajando sin solución de continuidad por miedo a ser detenidas. Otra señora, la que mencionaba al principio, le contó al periodista que se hacía cargo de tres o cuatro niños y que, cuando falleció su madre, no recibió permiso de los empleadores para viajar a Rumanía. En general, sin embargo, las entrevistadas estaban contentas y agradecidas, incluso una confesó que adoraba trabajar con niños “porque son la alegría de la casa”. Me ha quedado una profunda impresión por ese reportaje y la sensación de que debía escribir sobre ello. Poner rostro a los emigrantes ayuda a aceptar la regularización que, entre otras cosas, ha apoyado la Iglesia católica. Es verdad que el texto de la ley admite muchas mejoras, pero la vida es imperfecta. La política sólo es el arte de lo posible. España es impensable ya sin esos hombres y mujeres empujando sillas de ruedas por las calles, duchando a nuestros ancianos, dándoles de comer y conversando con ellos. También sin las mujeres que nos suplen cuando otras tenemos que trabajar. Hay un esfuerzo estrictamente personal en esforzarse en una comunicación verbal con personas de otros países, en la aceptación de nuevos colores de piel, en la constatación de la humanidad de los foráneos. Es una ascesis dolorosa y nutricia de ampliación del alma.

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En España hay 370.000 empleados domésticos y se calcula que un tercio más trabaja en negro

  

Los llantos de los que salen por la radio son especialmente angustiosos, porque no hay imágenes, sólo blancos de silencio entre los extraños sonidos que emitimos los humanos cuando sufrimos. El entrevistador zozobra entre interrumpir o esperar, entre atender al que sufre o al oyente acongojado. Puse Cope el otro día y me quedé helada porque una señora lloraba desconsoladamente en antena al explicar que no había podido acudir a Rumanía a enterrar a su madre recién fallecida. Se lo había impedido su empleadora doméstica. Pocas cosas más crueles se me ocurren. En España hay 370.000 empleados domésticos y se calcula que un tercio más trabaja en negro, de modo que debe haber medio millón más o menos en el oficio. Actualmente son casi todas mujeres emigrantes, a menudo sin papeles. Trabajan en una esfera muy íntima, se les franquea el refugio último, el pudor del hogar y eso facilita nexos especiales. Una amiga acaba de perder a la empleada que cuidó a sus hijos y éstos se comportan estos días como si hubiesen quedado huérfanos, tal es el dolor que experimentan. También, quizá por eso, se les reservan apelativos despectivos, porque a veces sólo en el hogar nos permitimos ser los poderosos: “la chacha”, “la chica”. Fernando de Haro entrevistó el sábado pasado a varias asistentas e internas y me quedé tan perpleja que tengo que contarles que algunas de ellas han pasado tres años en una casa sin salir jamás a la calle, trabajando sin solución de continuidad por miedo a ser detenidas. Otra señora, la que mencionaba al principio, le contó al periodista que se hacía cargo de tres o cuatro niños y que, cuando falleció su madre, no recibió permiso de los empleadores para viajar a Rumanía. En general, sin embargo, las entrevistadas estaban contentas y agradecidas, incluso una confesó que adoraba trabajar con niños “porque son la alegría de la casa”. Me ha quedado una profunda impresión por ese reportaje y la sensación de que debía escribir sobre ello. Poner rostro a los emigrantes ayuda a aceptar la regularización que, entre otras cosas, ha apoyado la Iglesia católica. Es verdad que el texto de la ley admite muchas mejoras, pero la vida es imperfecta. La política sólo es el arte de lo posible. España es impensable ya sin esos hombres y mujeres empujando sillas de ruedas por las calles, duchando a nuestros ancianos, dándoles de comer y conversando con ellos. También sin las mujeres que nos suplen cuando otras tenemos que trabajar. Hay un esfuerzo estrictamente personal en esforzarse en una comunicación verbal con personas de otros países, en la aceptación de nuevos colores de piel, en la constatación de la humanidad de los foráneos. Es una ascesis dolorosa y nutricia de ampliación del alma.

 

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