El próximo 29 de noviembre, anunció el lunes pasado el presidente del Gobierno, se celebrarán elecciones generales. No sabe uno si es una buena o mala noticia, pero sí que, en el contexto y las circunstancias en que se ha producido el anuncio, el verbo ‘celebrar’ no parece el más adecuado, porque, se mire como se mire, ¿qué tienen de celebración estas elecciones, si el clima político y el ambiente social y el estado de ánimo de la ciudadanía están muy lejos de reunir las condiciones que se requieren para que un acto pueda llamarse así? Pues si ya en el momento de la convocatoria se respira una atmósfera de crispación, de enfado y de confrontación, qué no será cuando se acerque la fecha en que se hayan de ‘celebrar’. ¿Habrá ese día algo de solemnidad, de festividad y de alegría colectiva, que son los rasgos distintivos de toda celebración? La pregunta se responde por sí misma, como todas las interrogaciones retóricas.. Y se responde por sí misma porque la decisión de adelantar las elecciones, algo que el presidente había asegurado que no iba a hacer (“Se harán cuando toque, en 2027”, respondía siempre cuando le preguntaban), se ha tomado de forma precipitada y con vistas a aprovecharse de la reacción social ante un desahucio por todos lamentado. Que esto sea en política una artimaña habitual no es disculpa para que se juzgue como lo que es, una maniobra tramposa, un ardid ventajista, una argucia fruto de un cálculo oportunista. Al enredo así tendido se han apresurado a colaborar también los sindicatos, que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, llamarán a una huelga general en vísperas del inicio de la campaña electoral.. A los estrategas políticos les encantan estas cosas, pero al pueblo llano lo que le gusta y valora es que se respeten las reglas, y que los que le gobiernan y le representan en el Parlamento actúen con la seriedad y la responsabilidad que se espera de ellos. También que se acepte como algo natural la alternancia de los partidos en el poder, que la descalificación y el revanchismo no se conviertan en norma de conducta, y que el bien común y los intereses generales estén siempre por encima de las conveniencias partidistas y personales.. Y que los candidatos y candidatas que se presenten en las listas de los diferentes partidos hagan honor a la etimología del término con que se les designa, que procede del latín “candidatus”, que proviene a su vez de “candidus”, ‘blanco’. De modo que, etimológicamente, candidato equivaldría a ‘blanqueado’ o ‘el que está blanco, sin mancha’, pero no por razones arbitrarias sino porque los antiguos romanos creían –no sé si también exigían– que cualquier persona que aspirara a ocupar un cargo público debía tener la conciencia limpia, esto es, blanca y sin mancha. Y de este color, el blanco, era la túnica o toga que el candidato debía vestir al presentarse o ser propuesto como tal.
Los romanos creían que cualquier persona que aspirara a ocupar un cargo público debía tener la conciencia limpia
El próximo 29 de noviembre, anunció el lunes pasado el presidente del Gobierno, se celebrarán elecciones generales. No sabe uno si es una buena o mala noticia, pero sí que, en el contexto y las circunstancias en que se ha producido el anuncio, el verbo ‘celebrar’ no parece el más adecuado, porque, se mire como se mire, ¿qué tienen de celebración estas elecciones, si el clima político y el ambiente social y el estado de ánimo de la ciudadanía están muy lejos de reunir las condiciones que se requieren para que un acto pueda llamarse así? Pues si ya en el momento de la convocatoria se respira una atmósfera de crispación, de enfado y de confrontación, qué no será cuando se acerque la fecha en que se hayan de ‘celebrar’. ¿Habrá ese día algo de solemnidad, de festividad y de alegría colectiva, que son los rasgos distintivos de toda celebración? La pregunta se responde por sí misma, como todas las interrogaciones retóricas.. Y se responde por sí misma porque la decisión de adelantar las elecciones, algo que el presidente había asegurado que no iba a hacer (“Se harán cuando toque, en 2027”, respondía siempre cuando le preguntaban), se ha tomado de forma precipitada y con vistas a aprovecharse de la reacción social ante un desahucio por todos lamentado. Que esto sea en política una artimaña habitual no es disculpa para que se juzgue como lo que es, una maniobra tramposa, un ardid ventajista, una argucia fruto de un cálculo oportunista. Al enredo así tendido se han apresurado a colaborar también los sindicatos, que, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, llamarán a una huelga general en vísperas del inicio de la campaña electoral.. A los estrategas políticos les encantan estas cosas, pero al pueblo llano lo que le gusta y valora es que se respeten las reglas, y que los que le gobiernan y le representan en el Parlamento actúen con la seriedad y la responsabilidad que se espera de ellos. También que se acepte como algo natural la alternancia de los partidos en el poder, que la descalificación y el revanchismo no se conviertan en norma de conducta, y que el bien común y los intereses generales estén siempre por encima de las conveniencias partidistas y personales.. Y que los candidatos y candidatas que se presenten en las listas de los diferentes partidos hagan honor a la etimología del término con que se les designa, que procede del latín “candidatus”, que proviene a su vez de “candidus”, ‘blanco’. De modo que, etimológicamente, candidato equivaldría a ‘blanqueado’ o ‘el que está blanco, sin mancha’, pero no por razones arbitrarias sino porque los antiguos romanos creían –no sé si también exigían– que cualquier persona que aspirara a ocupar un cargo público debía tener la conciencia limpia, esto es, blanca y sin mancha. Y de este color, el blanco, era la túnica o toga que el candidato debía vestir al presentarse o ser propuesto como tal.
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