Una tarde en la barriada se deslizaban los ochenta dando balonazos sin ton ni son cuando apareció un ser de otro planeta. Era Oliver y acababa de bajar de un bloque con una extraña prenda en la que se leía «AMERICA» sobre un fondo azul. Calzaba unas zapatillas de deporte con una raya blanca terminada en un punto y un palo de metal en la mano. Además no llevaba gafas, sonreía mucho y era atlético, pese a tener nuestra edad. Nunca vimos nada igual a los siete años. El chaval, lustroso, nos parecía salido de una película de la tele, al abrir la boca habló como nosotros y su piel era más oscura. Su prima nos contó que era americano y su padre un indio que trabajaba en la base. Nos enseñó un juego que consistía en darle a una pelota con el palo y salir corriendo, pero nuestro salvajismo meridional nos empujó a intentar romper cosas con el bate de béisbol gritando «¡strike!», que fue lo que nos dijo que había que decir. Yo aún no sabía lo que era un chicano, pero mi padre sí, y él me contó para lo que servía la Base de Rota en tiempos de paz: para hacer muchos Oliver y Samanthas gracias a las chicas que ligaban con los soldados y marineros americanos en las discotecas de la Bahía de Cádiz. Al poco tiempo, sobre nuestras cabezas pasaban los pesados B-52 con las bombas que Bush padre le tiraba a Sadam Hussein. Salían sobre las once de la noche y el ruido de los motores duraba unos veinte minutos. Se trataba de la otra cara de la base, sin niños morenos, zapatillas Nike ni gafas de aviador de contrabando. Menos divertida y más sangrienta, pero es para lo que sirven cuando tocan la corneta. De aquella tarde en la que vino Oliver de América han pasado 40 años, pero el mundo gira de la misma forma sobre la espiral de la guerra y no creo que el guión vaya a cambiar por mucho que se empeñe el Gobierno. Salieron, salen y saldrán aviones de combate de Rota porque para eso la construyeron en la Guerra Fría, pero siempre es mejor que en lugar de bombardear escuelas con niñas, a la base le nazcan niños con pinta de anuncio de Coca Cola en tiempos de paz.
«De aquella tarde en la que vino Oliver de América han pasado 40 años, pero el mundo gira de la misma forma sobre la espiral de la guerra»
Una tarde en la barriada se deslizaban los ochenta dando balonazos sin ton ni son cuando apareció un ser de otro planeta. Era Oliver y acababa de bajar de un bloque con una extraña prenda en la que se leía «AMERICA» sobre un fondo azul. Calzaba unas zapatillas de deporte con una raya blanca terminada en un punto y un palo de metal en la mano. Además no llevaba gafas, sonreía mucho y era atlético, pese a tener nuestra edad. Nunca vimos nada igual a los siete años. El chaval, lustroso, nos parecía salido de una película de la tele, al abrir la boca habló como nosotros y su piel era más oscura. Su prima nos contó que era americano y su padre un indio que trabajaba en la base. Nos enseñó un juego que consistía en darle a una pelota con el palo y salir corriendo, pero nuestro salvajismo meridional nos empujó a intentar romper cosas con el bate de béisbol gritando «¡strike!», que fue lo que nos dijo que había que decir. Yo aún no sabía lo que era un chicano, pero mi padre sí, y él me contó para lo que servía la Base de Rota en tiempos de paz: para hacer muchos Oliver y Samanthas gracias a las chicas que ligaban con los soldados y marineros americanos en las discotecas de la Bahía de Cádiz. Al poco tiempo, sobre nuestras cabezas pasaban los pesados B-52 con las bombas que Bush padre le tiraba a Sadam Hussein. Salían sobre las once de la noche y el ruido de los motores duraba unos veinte minutos. Se trataba de la otra cara de la base, sin niños morenos, zapatillas Nike ni gafas de aviador de contrabando. Menos divertida y más sangrienta, pero es para lo que sirven cuando tocan la corneta. De aquella tarde en la que vino Oliver de América han pasado 40 años, pero el mundo gira de la misma forma sobre la espiral de la guerra y no creo que el guión vaya a cambiar por mucho que se empeñe el Gobierno. Salieron, salen y saldrán aviones de combate de Rota porque para eso la construyeron en la Guerra Fría, pero siempre es mejor que en lugar de bombardear escuelas con niñas, a la base le nazcan niños con pinta de anuncio de Coca Cola en tiempos de paz.
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