El museo plantea una propuesta expositiva que destaca el valioso coleccionismo escultórico de una monarca insólita, y que se enmarca en la conmemoración del 400 aniversario de su nacimiento
Diosa de la guerra y la sabiduría, Minerva es para la mitología romana lo que Cristina de Suecia (1626-1689) para el patrimonio español: una mujer imponente, de fundamental presencia. En el caso de la monarca, una de personalidad inquieta, cuyos intereses por el arte y la cultura, especialmente por la Antigüedad, le llevaron a un coleccionismo del que hoy bien se puede disfrutar a través del Museo Nacional del Prado. El conjunto más valioso de esculturas clásicas que atesora el espacio procede de dicho legado, que ahora cobra especial importancia concentrándose en una sala las obras que adquirió la conocida como «La Minerva del Norte».. Se cumplen 400 años del nacimiento de una reina «fascinante desde muchos puntos», afirma Manuel Arias, Jefe de Colección de Escultura hasta 1700 del Prado. «Fue una mujer que abdica el trono, se va de Suecia a vivir a Roma, se convierte al catolicismo, renuncia a sus privilegios como monarca y se dedica a fomentar la cultura, las Bellas Artes y las ciencias. Su palacio se convierte en una especie de corte paralela a la del Papa, pero fundamentalmente dedicada al mundo de la cultura», resume el experto a este diario desde la sala 74 del museo. Estancia en la que se concentra gran parte del homenaje que tanto el Prado como la Embajada de Suecia en España han organizado de forma conmemorativa, y que se extiende en la sala de las Musas, en la 71, 72, 73, 47 y 55B. Además, al conjunto de esculturas se le suma un interesante y bien conservado ejemplar del tratado de pintura que Da Vinci dedicó a la soberana.. Acción diplomática. Dejando a un lado su función de distribuidora, la remodelación de la sala 74 ha reunido piezas de época helenística, copias romanas de originales giregos, retratos, bustos imperiales o esculturas barrocas que integran fragmentos antiguos originales. Unas piezas que, si bien formaron parte de la colección de Cristina de Suecia, fueron adquiridas en 1724 por Isabel de Farnesio, reina consorte de España, segunda esposa de Felipe V y madre de Carlos III. «En ese momento, muchas cortes europeas querían comprar la colección de la reina Cristina. Y fue la acción diplomática de España en Roma la que logró que estas piezas –70 en total– vinieran aquí. Llegaron para decorar la Granja de San Ildefonso, y en el año 1829 –el Prado se fundó diez años antes– se incorporan en las colecciones reales, que son el origen del museo», narra Arias.. En el centro de la sala principal se ubica «Ariadna dormida», obra romana que fue restaurada en el taller de Bernini, pudiendo el visitante observarla desde todas las perspectivas. La rodean otras dieciséis piezas, reflejando una gran diversidad de materiales, tipologías y soluciones cromáticas. Es el caso de las esculturas de «Afrodita» y los bustos de emperadores, así como «Filósofo con cabeza de Pseudo Séneca» o «Mujer oriental» reflejan la diversidad de asuntos y modelos que la monarca reunió en su colección. «Además de coleccionista, la reina fue promotora de artistas. En el Palacio Riario, que es donde ella vivía en Roma, tuvo una academia de escultura donde fomentaba la creación», apunta el experto ante «Clitia», obra que combina fragmentos de época romana con una intervención realizada por Giulio Cartari. Algo que representa cómo las esculturas antiguas eran restauradas, completadas y reintepretadas en una Europa barroca que, subraya Arias, fue testigo «de una colección muy exquisita, de una altísima calidad».
Arte
Diosa de la guerra y la sabiduría, Minerva es para la mitología romana lo que Cristina de Suecia (1626-1689) para el patrimonio español: una mujer imponente, de fundamental presencia. En el caso de la monarca, una de personalidad inquieta, cuyos intereses por el arte y la cultura, especialmente por la Antigüedad, le llevaron a un coleccionismo del que hoy bien se puede disfrutar a través del Museo Nacional del Prado. El conjunto más valioso de esculturas clásicas que atesora el espacio procede de dicho legado, que ahora cobra especial importancia concentrándose en una sala las obras que adquirió la conocida como «La Minerva del Norte».. Se cumplen 400 años del nacimiento de una reina «fascinante desde muchos puntos», afirma Manuel Arias, Jefe de Colección de Escultura hasta 1700 del Prado. «Fue una mujer que abdica el trono, se va de Suecia a vivir a Roma, se convierte al catolicismo, renuncia a sus privilegios como monarca y se dedica a fomentar la cultura, las Bellas Artes y las ciencias. Su palacio se convierte en una especie de corte paralela a la del Papa, pero fundamentalmente dedicada al mundo de la cultura», resume el experto a este diario desde la sala 74 del museo. Estancia en la que se concentra gran parte del homenaje que tanto el Prado como la Embajada de Suecia en España han organizado de forma conmemorativa, y que se extiende en la sala de las Musas, en la 71, 72, 73, 47 y 55B. Además, al conjunto de esculturas se le suma un interesante y bien conservado ejemplar del tratado de pintura que Da Vinci dedicó a la soberana.. Dejando a un lado su función de distribuidora, la remodelación de la sala 74 ha reunido piezas de época helenística, copias romanas de originales giregos, retratos, bustos imperiales o esculturas barrocas que integran fragmentos antiguos originales. Unas piezas que, si bien formaron parte de la colección de Cristina de Suecia, fueron adquiridas en 1724 por Isabel de Farnesio, reina consorte de España, segunda esposa de Felipe V y madre de Carlos III. «En ese momento, muchas cortes europeas querían comprar la colección de la reina Cristina. Y fue la acción diplomática de España en Roma la que logró que estas piezas –70 en total– vinieran aquí. Llegaron para decorar la Granja de San Ildefonso, y en el año 1829 –el Prado se fundó diez años antes– se incorporan en las colecciones reales, que son el origen del museo», narra Arias.. En el centro de la sala principal se ubica «Ariadna dormida», obra romana que fue restaurada en el taller de Bernini, pudiendo el visitante observarla desde todas las perspectivas. La rodean otras dieciséis piezas, reflejando una gran diversidad de materiales, tipologías y soluciones cromáticas. Es el caso de las esculturas de «Afrodita» y los bustos de emperadores, así como «Filósofo con cabeza de Pseudo Séneca» o «Mujer oriental» reflejan la diversidad de asuntos y modelos que la monarca reunió en su colección. «Además de coleccionista, la reina fue promotora de artistas. En el Palacio Riario, que es donde ella vivía en Roma, tuvo una academia de escultura donde fomentaba la creación», apunta el experto ante «Clitia», obra que combina fragmentos de época romana con una intervención realizada por Giulio Cartari. Algo que representa cómo las esculturas antiguas eran restauradas, completadas y reintepretadas en una Europa barroca que, subraya Arias, fue testigo «de una colección muy exquisita, de una altísima calidad».
