Aún siendo de distintas épocas y con diversas técnicas artísticas, la Fundación Canal aborda cómo la primera parte de la «Divina Comedia» inspiró a ambos artistas
Es el castigo un concepto transversal en prácticamente todas las culturas y religiones. Es ese ser legislador y juicioso, omnipotente y omnipresente, una figura común a lo largo y ancho de la historia. Y, por tanto, también en la del arte. Si hay castigo, ha habido intransigencia: los tipos de violencia que retrataron Goya en «Los desastres de la guerra» o Picasso en su «Guernica», desembocaron en esa vida eterna condenada al sufrimiento y a la culpa que inspiraron los pinceles del Bosco, con sus desorientadas almas en «El jardín de las delicias», o de Pieter Brueghel, en «El triunfo de la Muerte». Múltiples son las técnicas y épocas artísticas que han visto en el infierno la suficiente belleza y contenido como para ser representado. Máxime si los condenados a los que recrear artísticamente son aquellos sobre los que escribió Dante Alighieri. La «Divina Comedia», escrita a principios del siglo XIV, exploró las desgracias de la humanidad de forma tan ilustrativa que ha servido de inspiración para diversos creadores. Es el caso de Gustave Doré, fundamental ilustrador del siglo XIX, y Robert Rauschenberg, referente de la vanguardia estadounidense del XX. Ambos revisitaron la obra del poeta italiano con dos visiones, técnicas y estilos diferentes, y que ahora se complementan y contraponen en «El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg». La Fundación Canal acoge hasta el 5 de enero una exposición que, comisariada por Lola Durán Úcar, muestra la atemporalidad y contemporaneidad de la primera parte del poema.. A lo largo de un recorrido cronológico por los nueve círculos del «Infierno», y a través de un diseño expositivo a cargo de Enrique Bonet, se muestran al público dos series clásicas procedentes de ediciones de notable valor bibliográfico, y que contraponen las interpretaciones estéticas y conceptuales de los dos artistas. En el caso de Doré, se presenta la segunda tirada de la edición parisina publicada por Hachette en 1862, que cuenta con 76 xilograbados –75 del «Infierno» y un retrato de Dante–. En cuanto a las obras de Rauschenberg, se exponen 34 litografías «offset», de la edición Macorini de 1965, que reproducen las obras que realizó el artista entre 1958 y 1960. «Fue un trabajo que podría haber hecho en muchísimo menos tiempo, pero tardó casi dos años, pues no era el mejor momento para Rauschenberg», plantea la comisaria. «Era el tiempo en que el expresionismo abstracto pasaba hacia el arte pop. Además, cuando iba por la sexta ilustración, se dio cuenta de que no tenía dinero para seguir trabajando. Y se vio en la necesidad de pedir una beca», añade. Unas dificultades que, curiosamente, también sufrió Doré, aunque en su caso porque, «cuando intentó publicar el ‘‘Infierno’’, ningún editor lo admitía. Tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo económico para poder autoeditarse la primera edición de su ‘‘Divina comedia’’».. «Abandonad toda esperanza los que entréis». Con esta imponente frase, que alude a la inscripción de la puerta del infierno en la obra de Dante, el visitante accede a una serie de salas donde se solapa la iconografía clásica medieval de Doré con la reinterpretación moderna de Rauschenberg. Mientras que el primero representa a los gigantes Gerión, Efialtes y Anteo como grandes gigantes y en piezas separadas, la visión del americano de este «Canto XXXI» del noveno círculo del «Infierno» alude «a tres luchadores de halterofilia. Hombres corpulentos, poderosos. Rauschenberg lleva a su tiempo el poema, poniendo el ministerio de asuntos exteriores del gobierno soviético en Moscú como la puerta del infierno. Era un hombre implicado políticamente, pudiendo descubrir también en sus obras a Nixon o a Kennedy», apunta Durán.. La plasticidad de Dante. Dos artistas a los que les separa un siglo, pero que se sensibilizaron ante unas cuestiones inalterables al paso del tiempo, y «que hoy siguen siendo las mismas», opina la comisaria. «Nada ha cambiado. Aunque las obras de Doré son mucho más descriptivas, también se descubre ese reflejo en la América de Robert Rauschenberg». Para Doré, el «Infierno» era un escenario dramático donde la naturaleza y la arquitectura del castigo reflejaban la grandeza del espíritu humano y el temor de la justicia divina. Dos conceptos que interesaban en plena era del Romanticismo, en la que se despertaba gran fascinación por lo sublime, lo sobredimensionado y lo psicológico. Una lectura que casa con la segunda mitad del siglo XX, en la que Rauschenberg era testigo «de unos Estados Unidos que acababan de ganar una Guerra Mundial. Se desarrollaba la sociedad de consumo, se había instalado la Guerra Fría… Son distintas vidas, distintas obras de arte, pero con el mismo fondo. Lo que varía es la forma de representación», subraya la comisaria.. En total, 111 piezas que no sólo dan muestra de la maestría técnica de estas dos grandes figuras. El grabado narrativo y decimonónico de Doré, y el lenguaje híbrido y germen del «pop art» de Rauschenberg, también reivindican la plasticidad atemporal y multidisciplinar del poema de Dante. Pues bien se perciben algunos de sus círculos por unos ojos actuales también rodeados de tensiones, conflictos, castigos y culpa.
Arte
Es el castigo un concepto transversal en prácticamente todas las culturas y religiones. Es ese ser legislador y juicioso, omnipotente y omnipresente, una figura común a lo largo y ancho de la historia. Y, por tanto, también en la del arte. Si hay castigo, ha habido intransigencia: los tipos de violencia que retrataron Goya en «Los desastres de la guerra» o Picasso en su «Guernica», desembocaron en esa vida eterna condenada al sufrimiento y a la culpa que inspiraron los pinceles del Bosco, con sus desorientadas almas en «El jardín de las delicias», o de Pieter Brueghel, en «El triunfo de la Muerte». Múltiples son las técnicas y épocas artísticas que han visto en el infierno la suficiente belleza y contenido como para ser representado. Máxime si los condenados a los que recrear artísticamente son aquellos sobre los que escribió Dante Alighieri. La «Divina Comedia», escrita a principios del siglo XIV, exploró las desgracias de la humanidad de forma tan ilustrativa que ha servido de inspiración para diversos creadores. Es el caso de Gustave Doré, fundamental ilustrador del siglo XIX, y Robert Rauschenberg, referente de la vanguardia estadounidense del XX. Ambos revisitaron la obra del poeta italiano con dos visiones, técnicas y estilos diferentes, y que ahora se complementan y contraponen en «El infierno de Dante. Doré y Rauschenberg». La Fundación Canal acoge hasta el 5 de enero una exposición que, comisariada por Lola Durán Úcar, muestra la atemporalidad y contemporaneidad de la primera parte del poema.. A lo largo de un recorrido cronológico por los nueve círculos del «Infierno», y a través de un diseño expositivo a cargo de Enrique Bonet, se muestran al público dos series clásicas procedentes de ediciones de notable valor bibliográfico, y que contraponen las interpretaciones estéticas y conceptuales de los dos artistas. En el caso de Doré, se presenta la segunda tirada de la edición parisina publicada por Hachette en 1862, que cuenta con 76 xilograbados –75 del «Infierno» y un retrato de Dante–. En cuanto a las obras de Rauschenberg, se exponen 34 litografías «offset», de la edición Macorini de 1965, que reproducen las obras que realizó el artista entre 1958 y 1960. «Fue un trabajo que podría haber hecho en muchísimo menos tiempo, pero tardó casi dos años, pues no era el mejor momento para Rauschenberg», plantea la comisaria. «Era el tiempo en que el expresionismo abstracto pasaba hacia el arte pop. Además, cuando iba por la sexta ilustración, se dio cuenta de que no tenía dinero para seguir trabajando. Y se vio en la necesidad de pedir una beca», añade. Unas dificultades que, curiosamente, también sufrió Doré, aunque en su caso porque, «cuando intentó publicar el ‘‘Infierno’’, ningún editor lo admitía. Tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo económico para poder autoeditarse la primera edición de su ‘‘Divina comedia’’».. «Abandonad toda esperanza los que entréis». Con esta imponente frase, que alude a la inscripción de la puerta del infierno en la obra de Dante, el visitante accede a una serie de salas donde se solapa la iconografía clásica medieval de Doré con la reinterpretación moderna de Rauschenberg. Mientras que el primero representa a los gigantes Gerión, Efialtes y Anteo como grandes gigantes y en piezas separadas, la visión del americano de este «Canto XXXI» del noveno círculo del «Infierno» alude «a tres luchadores de halterofilia. Hombres corpulentos, poderosos. Rauschenberg lleva a su tiempo el poema, poniendo el ministerio de asuntos exteriores del gobierno soviético en Moscú como la puerta del infierno. Era un hombre implicado políticamente, pudiendo descubrir también en sus obras a Nixon o a Kennedy», apunta Durán.. Dos artistas a los que les separa un siglo, pero que se sensibilizaron ante unas cuestiones inalterables al paso del tiempo, y «que hoy siguen siendo las mismas», opina la comisaria. «Nada ha cambiado. Aunque las obras de Doré son mucho más descriptivas, también se descubre ese reflejo en la América de Robert Rauschenberg». Para Doré, el «Infierno» era un escenario dramático donde la naturaleza y la arquitectura del castigo reflejaban la grandeza del espíritu humano y el temor de la justicia divina. Dos conceptos que interesaban en plena era del Romanticismo, en la que se despertaba gran fascinación por lo sublime, lo sobredimensionado y lo psicológico. Una lectura que casa con la segunda mitad del siglo XX, en la que Rauschenberg era testigo «de unos Estados Unidos que acababan de ganar una Guerra Mundial. Se desarrollaba la sociedad de consumo, se había instalado la Guerra Fría… Son distintas vidas, distintas obras de arte, pero con el mismo fondo. Lo que varía es la forma de representación», subraya la comisaria.. En total, 111 piezas que no sólo dan muestra de la maestría técnica de estas dos grandes figuras. El grabado narrativo y decimonónico de Doré, y el lenguaje híbrido y germen del «pop art» de Rauschenberg, también reivindican la plasticidad atemporal y multidisciplinar del poema de Dante. Pues bien se perciben algunos de sus círculos por unos ojos actuales también rodeados de tensiones, conflictos, castigos y culpa.
