Hubo hombres que hicieron la guerra, y otros que parecieron hechos para sobrevivirla. Pero ninguno como Adrian Carton de Wiart, el aristócrata británico que perdió un ojo, una mano, recibió disparos en la cabeza, el abdomen, la pierna y la cadera, escapó de una prisión italiana, sobrevivió a accidentes aéreos o naufragios… y aun así escribió de su puño y letra, con una flema desconcertante: «Francamente, disfruté de la guerra».. Si un novelista hubiese creado un personaje semejante, probablemente su editor le habría pedido moderación por resultar del todo inverosímil: demasiadas vidas dentro de una sola. Pero Adrian Carton de Wiart existió y el siglo veinte parece haberse empeñado en lanzarlo contra todos sus infiernos.. Nació en 1880 en Bruselas, en el seno de una familia aristocrática vinculada a la diplomacia europea. Todo hacía pensar en una existencia refinada, tranquila, incluso elegante. Oxford, recepciones, embajadas. Sin embargo, el joven Adrian sentía una atracción irresistible por el peligro. Cuando estalló la Guerra de los Bóers, abandonó sus estudios y se alistó en el Ejército británico bajo una identidad falsa. Apenas iniciado el siglo, había empezado ya también su largo combate con la muerte que duraría más de cuarenta años.. En Somalilandia, durante las campañas coloniales británicas en África, una bala le destrozó el rostro y perdió el ojo izquierdo. Muchos habrían considerado terminada allí su carrera militar, pero él lo arregló colocándose un parche negro convertido en una de sus señas de identidad y regresó al frente como si tal cosa.. Después llegó la Primera Guerra Mundial y, con ella, las trincheras, el barro, el acero y la carnicería industrializada que devoró Europa entera. Fue herido una y otra vez. Un disparo le atravesó el cráneo; otro le alcanzó la cadera. Más tarde recibió impactos en la pierna y el tobillo. Durante una batalla, una explosión destrozó varios dedos de su mano izquierda. Según contaría años después, los médicos no actuaron con suficiente rapidez y él mismo tuvo que arrancarse sus dedos dañados. La escena parece salida de una novela de aventuras salvajes, pero define a la perfección la personalidad de Carton de Wiart: una mezcla improbable de resistencia física, desprecio absoluto por el dolor y una temeridad cercana a la locura.. Regreso al frente. A pesar de las heridas, seguía regresando al frente. Los soldados que combatieron con él hablaban de un hombre que parecía desplazarse entre las balas con una calma sobrenatural. Un oficial británico recordaría años después que daba la impresión de que el peligro ejercía sobre él un magnetismo inexplicable.. En la Primera Guerra Mundial recibió la Cruz Victoria, la máxima condecoración militar británica, por actos de valentía extraordinaria. Para entonces, su cuerpo era ya un extenso mapa de cicatrices. Pero lo más extraordinario estaba aún por llegar. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado a Yugoslavia con una misión diplomática y militar muy delicada. El avión en el que viajaba se estrelló en el Mediterráneo. Carton de Wiart, que ya había sobrevivido prácticamente a todo, nadó hasta la costa y fue capturado por tropas italianas.. Cualquier otro hombre habría interpretado aquello como el final inevitable de su aventura. Encerrado en un campo de prisioneros de alta seguridad, pasó meses planeando su fuga. Excavó túneles, organizó evasiones y logró escapar finalmente disfrazado de campesino italiano. Recorrió muchos kilómetros intentando alcanzar la libertad antes de ser finalmente capturado de nuevo. Incluso sus enemigos parecían observarlo con una mezcla de agotamiento y admiración. Había algo desconcertante en Adrian Carton de Wiart: ni siquiera la tragedia lograba quebrar su buen humor.. Cuando hablaba de la guerra no lo hacía con solemnidad épica ni con sentimentalismo. Sus memorias tituladas en inglés «Happy Odyssey» («Feliz Odisea») están llenas de ironía seca, de observaciones casi cómicas y de una naturalidad que hoy resulta asombrosa. Tal vez porque pertenecía a una generación formada en una idea feroz del deber, o quizá porque había convivido tanto tiempo con la muerte que terminó perdiéndole el miedo.. Winston Churchill, que conoció a muchos hombres extraordinarios en una época poblada de gigantes y monstruos, sentía una profunda admiración por él. Y no era para menos. Carton de Wiart parecía condensar en un solo cuerpo toda la violencia del siglo veinte: guerras coloniales, trincheras europeas, operaciones secretas, prisiones militares, accidentes aéreos y fronteras derrumbadas de un continente en llamas.. Pero detrás de aquella figura casi legendaria había también algo profundamente humano: una necesidad constante de movimiento, acción e intensidad, como si la paz le resultara demasiado aburrida y silenciosa.
Si un escritor hubiese creado este personaje, su editor le pediría moderación
Hubo hombres que hicieron la guerra, y otros que parecieron hechos para sobrevivirla. Pero ninguno como Adrian Carton de Wiart, el aristócrata británico que perdió un ojo, una mano, recibió disparos en la cabeza, el abdomen, la pierna y la cadera, escapó de una prisión italiana, sobrevivió a accidentes aéreos o naufragios… y aun así escribió de su puño y letra, con una flema desconcertante: «Francamente, disfruté de la guerra».. Si un novelista hubiese creado un personaje semejante, probablemente su editor le habría pedido moderación por resultar del todo inverosímil: demasiadas vidas dentro de una sola. Pero Adrian Carton de Wiart existió y el siglo veinte parece haberse empeñado en lanzarlo contra todos sus infiernos.. Nació en 1880 en Bruselas, en el seno de una familia aristocrática vinculada a la diplomacia europea. Todo hacía pensar en una existencia refinada, tranquila, incluso elegante. Oxford, recepciones, embajadas. Sin embargo, el joven Adrian sentía una atracción irresistible por el peligro. Cuando estalló la Guerra de los Bóers, abandonó sus estudios y se alistó en el Ejército británico bajo una identidad falsa. Apenas iniciado el siglo, había empezado ya también su largo combate con la muerte que duraría más de cuarenta años.. En Somalilandia, durante las campañas coloniales británicas en África, una bala le destrozó el rostro y perdió el ojo izquierdo. Muchos habrían considerado terminada allí su carrera militar, pero él lo arregló colocándose un parche negro convertido en una de sus señas de identidad y regresó al frente como si tal cosa.. Después llegó la Primera Guerra Mundial y, con ella, las trincheras, el barro, el acero y la carnicería industrializada que devoró Europa entera. Fue herido una y otra vez. Un disparo le atravesó el cráneo; otro le alcanzó la cadera. Más tarde recibió impactos en la pierna y el tobillo. Durante una batalla, una explosión destrozó varios dedos de su mano izquierda. Según contaría años después, los médicos no actuaron con suficiente rapidez y él mismo tuvo que arrancarse sus dedos dañados. La escena parece salida de una novela de aventuras salvajes, pero define a la perfección la personalidad de Carton de Wiart: una mezcla improbable de resistencia física, desprecio absoluto por el dolor y una temeridad cercana a la locura.. Regreso al frente. A pesar de las heridas, seguía regresando al frente. Los soldados que combatieron con él hablaban de un hombre que parecía desplazarse entre las balas con una calma sobrenatural. Un oficial británico recordaría años después que daba la impresión de que el peligro ejercía sobre él un magnetismo inexplicable.. En la Primera Guerra Mundial recibió la Cruz Victoria, la máxima condecoración militar británica, por actos de valentía extraordinaria. Para entonces, su cuerpo era ya un extenso mapa de cicatrices. Pero lo más extraordinario estaba aún por llegar. Durante la Segunda Guerra Mundial fue enviado a Yugoslavia con una misión diplomática y militar muy delicada. El avión en el que viajaba se estrelló en el Mediterráneo. Carton de Wiart, que ya había sobrevivido prácticamente a todo, nadó hasta la costa y fue capturado por tropas italianas.. Cualquier otro hombre habría interpretado aquello como el final inevitable de su aventura. Encerrado en un campo de prisioneros de alta seguridad, pasó meses planeando su fuga. Excavó túneles, organizó evasiones y logró escapar finalmente disfrazado de campesino italiano. Recorrió muchos kilómetros intentando alcanzar la libertad antes de ser finalmente capturado de nuevo. Incluso sus enemigos parecían observarlo con una mezcla de agotamiento y admiración. Había algo desconcertante en Adrian Carton de Wiart: ni siquiera la tragedia lograba quebrar su buen humor.. Cuando hablaba de la guerra no lo hacía con solemnidad épica ni con sentimentalismo. Sus memorias tituladas en inglés «Happy Odyssey» («Feliz Odisea») están llenas de ironía seca, de observaciones casi cómicas y de una naturalidad que hoy resulta asombrosa. Tal vez porque pertenecía a una generación formada en una idea feroz del deber, o quizá porque había convivido tanto tiempo con la muerte que terminó perdiéndole el miedo.. Winston Churchill, que conoció a muchos hombres extraordinarios en una época poblada de gigantes y monstruos, sentía una profunda admiración por él. Y no era para menos. Carton de Wiart parecía condensar en un solo cuerpo toda la violencia del siglo veinte: guerras coloniales, trincheras europeas, operaciones secretas, prisiones militares, accidentes aéreos y fronteras derrumbadas de un continente en llamas.. Pero detrás de aquella figura casi legendaria había también algo profundamente humano: una necesidad constante de movimiento, acción e intensidad, como si la paz le resultara demasiado aburrida y silenciosa.
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