«Cada detalle -la mirada penetrante, la volumetría de la cabeza y golilla, la textura sedosa de la banda roja o el brillo metálico de la armadura con su deliberado efecto de trampantojo- demuestra por qué Velázquez logró aventajar a sus competidores en la corte para consolidarse como pintor del rey». Estas palabras las escribe Salvador Salort-Pons, doctor en Historia del Arte y director desde 2015 del Detroit Institute of Arts, en el número 71 de la revista «Ars Magazine». Unas palabras que son resultado de una investigación que ha sacado a la luz una obra inédita de Velázquez: «La aportación más significativa al catálogo de Velázquez en los últimos años», así como la «primera imagen documentada del valido con armadura», explica. Se refiere al conde-duque de Olivares, a quien Velázquez retrató en diversas ocasiones, como es el caso de la reconocidísima pintura que alberga el [[LINK:TAG|||tag|||63361c081e757a32c790c891|||Museo del Prado]], «Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo» (hacia 1636), o «El Conde-Duque de Olivares» (hacia 1625), que se conserva en la colección particular de José Luis Várez Fisa de Madrid. No obstante, cabe destacar esta pieza inédita por su historia, así como la técnica empleada de un virtuoso Velázquez en quizá la época más productiva y brillante de su producción artística. El experto sitúa al lector en 1626, cuando un Velázquez recién llegado a la Corte recibió el encargo de hacer dos retratos: uno del conde-duque y otro del cardenal Francesco Barberini. Fue Cassiano dal Pozzo quien viajó hacia España en una misión diplomática, documentando su experiencia en un diario en el que aportó información inédita y de gran relevancia sobre la actividad de Velázquez durante sus primeros años al servicio de Felipe IV. «Específicamente, menciona que en 1626 el artista había pintado dos retratos de los que no se tenía constancia hasta entonces», escribe Salort-Pons, destacando como «aún más interesante que Dal Pozzo expresara en su diario su decepción al ver el retrato de Barberini realizado por Velázquez, que describió como ejecutado con un ‘aria malinconica’ y ‘severa». Tal fue el rechazo a la obra de Velázquez, que se encargó un nuevo retrato de Barberini a Juan van der Hamen, pintor afincado en Madrid. Hasta la fecha, explica el experto, «no se han localizado ni los lienzos de Velázquez ni el retrato de Barberini de Juan van der Hamen. En este artículo se propone una obra inédita -un retrato del conde-duque de Olivares con armadura- que seguramente es la pintura que Barberini recibió en 1626. Esta obra quedó registrada en el inventario de su colección romana de 1631». Esta pintura marca «un giro hacia iconografía militar», matiza Salort-Pons, presentando al conde-duque como líder del ejército. Una obra en la que Olivares viste una armadura -al igual que en un grabado que también se analiza en el escrito-, sobre la que una inspección ha demostrado que
Se trata de la primera obra documentada en la que el artista retrató al valido con armadura, demostrando «un giro hacia la iconografía militar», describe
«Cada detalle -la mirada penetrante, la volumetría de la cabeza y golilla, la textura sedosa de la banda roja o el brillo metálico de la armadura con su deliberado efecto de trampantojo- demuestra por qué Velázquez logró aventajar a sus competidores en la corte para consolidarse como pintor del rey». Estas palabras las escribe Salvador Salort-Pons, doctor en Historia del Arte y director desde 2015 del Detroit Institute of Arts, en el número 71 de la revista «Ars Magazine». Unas palabras que son resultado de una investigación que ha sacado a la luz una obra inédita de Velázquez: «La aportación más significativa al catálogo de Velázquez en los últimos años», así como la «primera imagen documentada del valido con armadura», explica.Se refiere al conde-duque de Olivares, a quien Velázquez retrató en diversas ocasiones, como es el caso de la reconocidísima pintura que alberga el Museo del Prado, «Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, a caballo» (hacia 1636), o «El Conde-Duque de Olivares» (hacia 1625), que se conserva en la colección particular de José Luis Várez Fisa de Madrid. No obstante, cabe destacar esta pieza inédita por su historia, así como la técnica empleada de un virtuoso Velázquez en quizá la época más productiva y brillante de su producción artística.El experto sitúa al lector en 1626, cuando un Velázquez recién llegado a la Corte recibió el encargo de hacer dos retratos: uno del conde-duque y otro del cardenal Francesco Barberini. Fue Cassiano dal Pozzo quien viajó hacia España en una misión diplomática, documentando su experiencia en un diario en el que aportó información inédita y de gran relevancia sobre la actividad de Velázquez durante sus primeros años al servicio de Felipe IV. «Específicamente, menciona que en 1626 el artista había pintado dos retratos de los que no se tenía constancia hasta entonces», escribe Salort-Pons, destacando como «aún más interesante que Dal Pozzo expresara en su diario su decepción al ver el retrato de Barberini realizado por Velázquez, que describió como ejecutado con un ‘aria malinconica’ y ‘severa». Tal fue el rechazo a la obra de Velázquez, que se encargó un nuevo retrato de Barberini a Juan van der Hamen, pintor afincado en Madrid.Hasta la fecha, explica el experto, «no se han localizado ni los lienzos de Velázquez ni el retrato de Barberini de Juan van der Hamen. En este artículo se propone una obra inédita -un retrato del conde-duque de Olivares con armadura- que seguramente es la pintura que Barberini recibió en 1626. Esta obra quedó registrada en el inventario de su colección romana de 1631».Esta pintura marca «un giro hacia iconografía militar», matiza Salort-Pons, presentando al conde-duque como líder del ejército. Una obra en la que Olivares viste una armadura -al igual que en un grabado que también se analiza en el escrito-, sobre la que una inspección ha demostrado que el artista «pintó solo uno de los dos remaches sit
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