Coronada con hojas de vid, con un rizo que le cae del hombro hacia el pecho y un vestido de gasa blanca, la marquesa de Santa Cruz (Joaquina Téllez Girón) rezuma elegancia y belleza en el retrato que le hizo Goya en 1805. Un óleo que fue encargo de sus padres, los duques de Osuna, y que resultó en un «retrato insólito, original. Una mujer culta y excepcional de la alta sociedad de la época fue retratada como una musa», define Carlos González Navarro, conservador de pintura del siglo XIX del Museo del Prado y comisario de una exposición que va más allá de mostrar la sugerente estampa. En la sala 38 del Edificio Villanueva, y hasta el 7 de junio, la pintura se expone de una manera singular. Junto a ella, cuelga una copia creada por Francisco Núñez Losada en 1940, en cuya cartela se puede leer «La copia del cuadro que Franco quiso regalar a Hitler»: una frase que revela uno de los varios e interesantísimos capítulos que componen el novelesco recorrido por la historia de «La marquesa de Santa Cruz».. La protagonista de la pintura aparece con su brazo izquierdo sujetando una lira, en la que reside el detalle que lo cambió todo. Un símbolo solar, un adorno llamado «lauburu», que procede de las decoraciones decorativas de los etruscos, recurrentes en sus enterramientos y en sus tumbas escultóricas. Y un detalle que llamó la atención, nada menos, de Heinrich Himmler. Tras la Guerra Civil, el cuadro estaba depositado en [[LINK:TAG|||tag|||63361c081e757a32c790c891|||el Prado]], en unos años «en los que se producían unas relaciones de algunos países con Hitler que implicaron el intercambio artístico de manera prevalente», explica González Navarro. En 1939, Franco envió tres pinturas de Zuloaga a Hitler. «También le regaló figuras visigóticas, y éste se lo devolvió a Franco con el Mercedes Benz que ahora conserva Patrimonio», añade el comisario. Así arrancó una relación que refleja la relevancia del arte para los intereses políticos, y que llevaría al capricho por parte de los nazis de la obra de Goya. En 1940, antes de la histórica cumbre de Hendaya, el jefe de las SS visitó Madrid en lo que no fue sólo un despliegue de propaganda militar. Fue entonces cuando se fijó en aquel símbolo de la lira, asociándolo por su forma con una esvástica.. Batalla inédita. «El cuadro debe quedar a la disposición del Generalísimo, que señalará el día para la entrega al Embajador de Alemania», se lee en una carta escrita en mayo de 1941 por el Marqués de Lozoya, entonces director general de Bellas Artes, al director del Museo del Prado, Fernando Álvarez de Sotomayor. La propietaria legítima de la pintura era la Infanta Doña Luisa, y como compensación de la expropiación Franco ordenó crear «tres copias, una para cada uno de sus hijos. Y una de ellas es la que ahora cuelga junto a la original», dice el comisario. Finalmente, y probablemente por el cambio de rumbo de la Segunda Guerra Mundial, el regalo nunca se llegó a realizar. Pero ahí no acaba la historia.. En 1983, la entonces propietaria de la obra, María Mercedes Fernández Valdés, vendió el cuadro con la cláusula expresa de que no saliera de España. Pero vaya que si salió, y de forma ilegal, clandestina, «probablemente en un camión», apuntan desde el Prado. Llegó a Zúrich, donde la adquirió un empresario llamado Lord Wimborne, quien «se convertiría en el antagonista del gobierno español», define el experto. Saltaron las alarmas en el Ministerio de Cultura cuando se localizó la obra en Londres, lista para ser subastada por Christie’s, en 1986. El que era ministro, Javier Solana, actual presidente del patronato del Museo del Prado, emprendió una batalla inédita en la High Court de Londres, demostrando que los permisos de exportación presentados por los poseedores eran falsos. Esto culminó en un fallo histórico. Se firmó el contrato de compra por 6 millones de dólares –poco antes había salido en Los Ángeles a la venta por el doble–. «Jurídicamente fue una compra, a un precio de carácter indemnizatorio», afirman desde el Prado. Simbólicamente, por su parte, supuso un triunfo para el patrimonio nacional. En 1986, por fin, la pintura volvió al Prado donde, desde entonces, comenta el experto, «lleva una vida tranquila». Cuarenta años después, cuelga la obra frente a las Majas de Goya, a modo de reflejo de cómo el arte siempre prevalece por encima del capricho.. Observar una pintura con ojos del pasado. Esta iniciativa responde a la intención del Prado de visitar su colección permanente con otros ojos. «Exponiendo el original y la copia, se invita a reflexionar sobre qué importancia tienen estas versiones», apuntan desde el museo, subrayando el comisario cómo «la copia permite conocer el estado de la obra en los años 40, y hace que la original se luzca».
El Prado celebra, hasta el 7 de junio, el regreso hace 40 años a sus salas de una pintura de novelesco e histórico recorrido
Coronada con hojas de vid, con un rizo que le cae del hombro hacia el pecho y un vestido de gasa blanca, la marquesa de Santa Cruz (Joaquina Téllez Girón) rezuma elegancia y belleza en el retrato que le hizo Goya en 1805. Un óleo que fue encargo de sus padres, los duques de Osuna, y que resultó en un «retrato insólito, original. Una mujer culta y excepcional de la alta sociedad de la época fue retratada como una musa», define Carlos González Navarro, conservador de pintura del siglo XIX del Museo del Prado y comisario de una exposición que va más allá de mostrar la sugerente estampa. En la sala 38 del Edificio Villanueva, y hasta el 7 de junio, la pintura se expone de una manera singular. Junto a ella, cuelga una copia creada por Francisco Núñez Losada en 1940, en cuya cartela se puede leer «La copia del cuadro que Franco quiso regalar a Hitler»: una frase que revela uno de los varios e interesantísimos capítulos que componen el novelesco recorrido por la historia de «La marquesa de Santa Cruz».. La protagonista de la pintura aparece con su brazo izquierdo sujetando una lira, en la que reside el detalle que lo cambió todo. Un símbolo solar, un adorno llamado «lauburu», que procede de las decoraciones decorativas de los etruscos, recurrentes en sus enterramientos y en sus tumbas escultóricas. Y un detalle que llamó la atención, nada menos, de Heinrich Himmler. Tras la Guerra Civil, el cuadro estaba depositado en el Prado, en unos años «en los que se producían unas relaciones de algunos países con Hitler que implicaron el intercambio artístico de manera prevalente», explica González Navarro. En 1939, Franco envió tres pinturas de Zuloaga a Hitler. «También le regaló figuras visigóticas, y éste se lo devolvió a Franco con el Mercedes Benz que ahora conserva Patrimonio», añade el comisario. Así arrancó una relación que refleja la relevancia del arte para los intereses políticos, y que llevaría al capricho por parte de los nazis de la obra de Goya. En 1940, antes de la histórica cumbre de Hendaya, el jefe de las SS visitó Madrid en lo que no fue sólo un despliegue de propaganda militar. Fue entonces cuando se fijó en aquel símbolo de la lira, asociándolo por su forma con una esvástica.. Batalla inédita. «El cuadro debe quedar a la disposición del Generalísimo, que señalará el día para la entrega al Embajador de Alemania», se lee en una carta escrita en mayo de 1941 por el Marqués de Lozoya, entonces director general de Bellas Artes, al director del Museo del Prado, Fernando Álvarez de Sotomayor. La propietaria legítima de la pintura era la Infanta Doña Luisa, y como compensación de la expropiación Franco ordenó crear «tres copias, una para cada uno de sus hijos. Y una de ellas es la que ahora cuelga junto a la original», dice el comisario. Finalmente, y probablemente por el cambio de rumbo de la Segunda Guerra Mundial, el regalo nunca se llegó a realizar. Pero ahí no acaba la historia.. En 1983, la entonces propietaria de la obra, María Mercedes Fernández Valdés, vendió el cuadro con la cláusula expresa de que no saliera de España. Pero vaya que si salió, y de forma ilegal, clandestina, «probablemente en un camión», apuntan desde el Prado. Llegó a Zúrich, donde la adquirió un empresario llamado Lord Wimborne, quien «se convertiría en el antagonista del gobierno español», define el experto. Saltaron las alarmas en el Ministerio de Cultura cuando se localizó la obra en Londres, lista para ser subastada por Christie’s, en 1986. El que era ministro, Javier Solana, actual presidente del patronato del Museo del Prado, emprendió una batalla inédita en la High Court de Londres, demostrando que los permisos de exportación presentados por los poseedores eran falsos. Esto culminó en un fallo histórico. Se firmó el contrato de compra por 6 millones de dólares –poco antes había salido en Los Ángeles a la venta por el doble–. «Jurídicamente fue una compra, a un precio de carácter indemnizatorio», afirman desde el Prado. Simbólicamente, por su parte, supuso un triunfo para el patrimonio nacional. En 1986, por fin, la pintura volvió al Prado donde, desde entonces, comenta el experto, «lleva una vida tranquila». Cuarenta años después, cuelga la obra frente a las Majas de Goya, a modo de reflejo de cómo el arte siempre prevalece por encima del capricho.. Observar una pintura con ojos del pasado. Esta iniciativa responde a la intención del Prado de visitar su colección permanente con otros ojos. «Exponiendo el original y la copia, se invita a reflexionar sobre qué importancia tienen estas versiones», apuntan desde el museo, subrayando el comisario cómo «la copia permite conocer el estado de la obra en los años 40, y hace que la original se luzca».
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