En la búsqueda de la cena perfecta, la sencillez suele ser la clave del éxito. Con la llegada de las semanas de transición en los mercados, todavía es posible aprovechar la calidad de las naranjas y mandarinas para crear platos que escapan de lo convencional. Una de las joyas menos conocidas de la gastronomía española es el salmorejo de Iznájar, una receta que, a pesar de su nombre, dista mucho de la crema de tomate cordobesa y se presenta como una ensalada fresca, ligera y extremadamente fácil de preparar.. Vinculado directamente con la mazamorra y de raíces islámicas, este plato procede de la localidad cordobesa de Iznájar. Antiguamente, se preparaba con naranjas «guasintonas» y se consumía en las jornadas de campo, dejándose macerar desde la víspera. Su composición es minimalista: solo requiere bacalao desalado, naranjas y huevo duro, además de un buen chorro de aceite de oliva virgen extra, pilar fundamental de cualquier despensa mediterránea.. Una cena nutritiva lista en minutos. La preparación del salmorejo de Iznájar es apta para quienes disponen de poco tiempo pero no quieren renunciar a una alimentación equilibrada. Con el bacalao ya limpio y listo para consumir, basta con cocer los huevos, pelar y trocear las naranjas y aliñar el conjunto. La combinación del cítrico con el salazón del pescado crea un equilibrio de sabores que se potencia si se deja reposar unas horas en la nevera, permitiendo que los ingredientes maceren correctamente.. Aunque la versión original destaca por su austeridad, la tradición local permite añadir extras según el gusto o la necesidad energética del comensal. Es habitual encontrar variantes que incorporan aceitunas, cebolla tierna o incluso pan de higo, un ingrediente típico de la zona que aporta un extra de energía. Se trata de una cena que no solo es saludable y saciante, sino que también sirve como recordatorio de que los salmorejos y gazpachos existieron mucho antes de que el tomate llegara a nuestras mesas, formando parte de un legado culinario que merece ser preservado.
Esta ensalada tradicional de origen islámico combina naranja y bacalao para ofrecer un plato nutritivo, rápido y cargado de historia, ideal para los meses de transición entre temporadas
En la búsqueda de la cena perfecta, la sencillez suele ser la clave del éxito. Con la llegada de las semanas de transición en los mercados, todavía es posible aprovechar la calidad de las naranjas y mandarinas para crear platos que escapan de lo convencional. Una de las joyas menos conocidas de la gastronomía española es el salmorejo de Iznájar, una receta que, a pesar de su nombre, dista mucho de la crema de tomate cordobesa y se presenta como una ensalada fresca, ligera y extremadamente fácil de preparar.. Vinculado directamente con la mazamorra y de raíces islámicas, este plato procede de la localidad cordobesa de Iznájar. Antiguamente, se preparaba con naranjas «guasintonas» y se consumía en las jornadas de campo, dejándose macerar desde la víspera. Su composición es minimalista: solo requiere bacalao desalado, naranjas y huevo duro, además de un buen chorro de aceite de oliva virgen extra, pilar fundamental de cualquier despensa mediterránea.. Una cena nutritiva lista en minutos. La preparación del salmorejo de Iznájar es apta para quienes disponen de poco tiempo pero no quieren renunciar a una alimentación equilibrada. Con el bacalao ya limpio y listo para consumir, basta con cocer los huevos, pelar y trocear las naranjas y aliñar el conjunto. La combinación del cítrico con el salazón del pescado crea un equilibrio de sabores que se potencia si se deja reposar unas horas en la nevera, permitiendo que los ingredientes maceren correctamente.. Aunque la versión original destaca por su austeridad, la tradición local permite añadir extras según el gusto o la necesidad energética del comensal. Es habitual encontrar variantes que incorporan aceitunas, cebolla tierna o incluso pan de higo, un ingrediente típico de la zona que aporta un extra de energía. Se trata de una cena que no solo es saludable y saciante, sino que también sirve como recordatorio de que los salmorejos y gazpachos existieron mucho antes de que el tomate llegara a nuestras mesas, formando parte de un legado culinario que merece ser preservado.
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