Después de pasar la mayor parte de mi vida en Reino Unido, he emigrado a Israel. No me fui porque no me gustara Gran Bretaña. Nací allí. Es el país que me formó. Mi primera obsesión histórica fueron los Tudor y los Estuardo. Crecí rodeado de la cultura, el humor y las instituciones británicas, y gran parte de quien soy hoy se forjó allí. Pero mi fascinación por la historia no se detuvo en las costas británicas. De niño, me apasionaba Europa. Aprendí sobre el continente a través de sus reyes y reinas a lo largo de los siglos. Quería entender cómo Europa llegó a ser Europa. Sentía que su historia también era mi historia. Viajé por toda Europa y me sentí conectado con sus pueblos. España fue uno de los países que más me atrajo, por su cultura, su historia y su forma de vida. Mi viaje a Madrid ocupa un lugar especial en mis recuerdos.. Como muchos judíos europeos, crecí creyendo que el continente había aprendido las lecciones del Holocausto. Tras la mayor catástrofe de la historia judía, los judíos decidieron volver a depositar su confianza en Europa. Reconstruyeron comunidades, contribuyeron a la vida pública y ayudaron a dar forma a las sociedades que los rodeaban. Yo heredé esa confianza. Creía que el odio antijudío había quedado relegado a los márgenes y que los judíos podían por fin participar plenamente en la vida europea sin tener que cuestionarse si realmente pertenecían a ella. Pero, con el paso de los años, esa confianza comenzó a erosionarse.. En las décadas posteriores al Holocausto, muchos creyeron que el odio contra los judíos había quedado relegado a la historia. Sin embargo, los judíos europeos hemos visto cómo reaparecía de forma constante. Hemos presenciado atentados terroristas contra escuelas judías, sinagogas, museos, supermercados y centros comunitarios en todo el continente. Hemos visto cómo judíos eran asesinados en Toulouse, Bruselas, París, Copenhague y Halle simplemente por ser judíos. Luego llegó el 7 de octubre y el impacto de contemplar la mayor masacre de judíos desde el Holocausto, respondida no solo con solidaridad, sino también por personas dispuestas a justificar, minimizar, racionalizar o incluso celebrar la violencia. Para muchos judíos europeos, aquello planteó una pregunta incómoda: si esta es la reacción de la sociedad cuando los judíos son masacrados, ¿qué futuro tenemos aquí?. Las señales de alarma ya existían. Lo que cambió fue que el odio antijudío dejó de estar confinado a los márgenes. Se volvió imposible ignorarlo. Lo que observaba en toda Europa empezó a reflejarse cada vez más en mi propia vida. Un amigo mío fue agredido físicamente por ser visiblemente judío. Yo mismo fui increpado en la calle por llevar una estrella de David al cuello. Durante más de un año y medio observé manifestaciones en ciudades europeas donde se exhibían sin pudor símbolos y banderas asociados con organizaciones que defienden abiertamente el asesinato de judíos.. Los informes sobre agresiones, ataques e intimidaciones contra judíos se volvieron dolorosamente habituales. Cada nuevo incidente reforzaba la misma realidad: los judíos estaban siendo atacados por ser judíos. Al mismo tiempo, comencé a sentirme cada vez más aislado. Empecé a percibir las reacciones sutiles pero inconfundibles que muchas personas tenían al descubrir que yo era judío. Conversaciones que deberían haber sido simples intercambios de ideas se convertían en interrogatorios. Las preguntas sobre Israel y el sionismo estaban cargadas de sospecha. Se me pedía justificar mi identidad en lugar de explicarla Era agotador. Ese ambiente terminó impregnando la vida cotidiana. Fui objeto de ataques antijudíos en Internet, incluidas amenazas de muerte, por identificarme como un judío sionista. Vi cómo medios de comunicación presentaban repetidamente los temores de los judíos como temas de debate, en lugar de realidades que merecían comprensión. Observé a figuras públicas difundir narrativas antijudías que hicieron que muchos judíos se sintieran aislados e inseguros. La confianza que había heredado en la promesa europea comenzó a desaparecer. Lo que más me inquietó fue la falta de voluntad de tantas instituciones para enfrentarse al odio contra los judíos. Con frecuencia, políticos, universidades, medios de comunicación y referentes culturales respondieron con una mezcla de cobardía, indiferencia y, en algunos casos, legitimación del racismo antijudío. Las preocupaciones de los judíos eran minimizadas, justificadas o tratadas como cuestiones sujetas a debate, en lugar de experiencias que debían tomarse en serio. Mi existencia y mi experiencia vital no son materia de discusión.. En España, este problema se ha hecho especialmente visible. El actual Gobierno de Pedro Sánchez se ha situado entre las administraciones más agresivamente antisraelíes de Europa. Muchos judíos observan esta evolución con preocupación, porque la hostilidad hacia Israel y los judíos no siempre es tan fáciles de separar como algunos políticos afirman. Cuando el Estado judío es sometido a estándares, sospechas y presunciones que no se aplican a ninguna otra nación, acaba influyendo en la forma en que se percibe a los propios judíos. Los judíos europeos han contribuido enormemente a las sociedades en las que viven. Sin embargo, cada vez más, sentimos que se nos exige demostrar nuestra lealtad, justificar nuestra existencia y defender nuestro derecho a pertenecer. Las minorías que se sienten realmente seguras no tienen que demostrar constantemente que pertenecen a la sociedad. Eso no es integración; es aceptación condicional.. Nada de esto significa que Europa sea exclusivamente hostil ni que todos los europeos sean antijudíos. Conozco a muchos amigos y aliados no judíos que han demostrado bondad, solidaridad y valentía. Pero las sociedades no se juzgan por las simpatías privadas o las mayorías silenciosas, sino por sus normas públicas, sus actitudes culturales y el comportamiento de sus instituciones. Al mismo tiempo, mi decisión no consistió únicamente en dejar algo atrás. También se trató de avanzar hacia algo positivo. Israel no es simplemente un refugio frente al odio antijudío. Es la patria ancestral e indígena del pueblo judío. Durante 2.000 años, los judíos mantuvimos una conexión ininterrumpida con la Tierra de Israel a través de la oración, los rituales, la memoria, el idioma y la conciencia colectiva. Seguimos siendo una nación incluso en el exilio. Cuando me trasladé a Israel, me mudé a la patria del pueblo judío. Me trasladé a una sociedad donde la historia judía no es una nota al pie, donde la identidad judía no es motivo de sospecha y donde ser judío forma parte natural de la vida nacional. Hay una profunda tranquilidad en vivir en un lugar donde no tengo que explicar quién soy antes de poder serlo. He vuelto a casa, a Israel. Lo que me entristece no es haber decidido marcharme de Europa; es que, con el tiempo, Europa dejó de sentirse como mi hogar.. *Ben M. Freeman es fundador del movimiento moderno del Orgullo Judío y autor de «Jewish Pride» (2021), «Reclaiming Our Story» (2022) y «The Jews: An Indigenous People» (2025)
Después de pasar la mayor parte de mi vida en Reino Unido, he emigrado a Israel. No me fui porque no me gustara Gran Bretaña. Nací allí. Es el país que me formó. Mi primera obsesión histórica fueron los Tudor y los Estuardo. Crecí rodeado de la cultura, el humor y las instituciones británicas, y gran parte de quien soy hoy se forjó allí. Pero mi fascinación por la historia no se detuvo en las costas británicas. De niño, me apasionaba Europa. Aprendí sobre el continente a través de sus reyes y reinas a lo largo de los siglos. Quería entender cómo Europa llegó a ser Europa. Sentía que su historia también era mi historia. Viajé por toda Europa y me sentí conectado con sus pueblos. España fue uno de los países que más me atrajo, por su cultura, su historia y su forma de vida. Mi viaje a Madrid ocupa un lugar especial en mis recuerdos.. Como muchos judíos europeos, crecí creyendo que el continente había aprendido las lecciones del Holocausto. Tras la mayor catástrofe de la historia judía, los judíos decidieron volver a depositar su confianza en Europa. Reconstruyeron comunidades, contribuyeron a la vida pública y ayudaron a dar forma a las sociedades que los rodeaban. Yo heredé esa confianza. Creía que el odio antijudío había quedado relegado a los márgenes y que los judíos podían por fin participar plenamente en la vida europea sin tener que cuestionarse si realmente pertenecían a ella. Pero, con el paso de los años, esa confianza comenzó a erosionarse.. En las décadas posteriores al Holocausto, muchos creyeron que el odio contra los judíos había quedado relegado a la historia. Sin embargo, los judíos europeos hemos visto cómo reaparecía de forma constante. Hemos presenciado atentados terroristas contra escuelas judías, sinagogas, museos, supermercados y centros comunitarios en todo el continente. Hemos visto cómo judíos eran asesinados en Toulouse, Bruselas, París, Copenhague y Halle simplemente por ser judíos. Luego llegó el 7 de octubre y el impacto de contemplar la mayor masacre de judíos desde el Holocausto, respondida no solo con solidaridad, sino también por personas dispuestas a justificar, minimizar, racionalizar o incluso celebrar la violencia. Para muchos judíos europeos, aquello planteó una pregunta incómoda: si esta es la reacción de la sociedad cuando los judíos son masacrados, ¿qué futuro tenemos aquí?. Las señales de alarma ya existían. Lo que cambió fue que el odio antijudío dejó de estar confinado a los márgenes. Se volvió imposible ignorarlo. Lo que observaba en toda Europa empezó a reflejarse cada vez más en mi propia vida. Un amigo mío fue agredido físicamente por ser visiblemente judío. Yo mismo fui increpado en la calle por llevar una estrella de David al cuello. Durante más de un año y medio observé manifestaciones en ciudades europeas donde se exhibían sin pudor símbolos y banderas asociados con organizaciones que defienden abiertamente el asesinato de judíos.. Los informes sobre agresiones, ataques e intimidaciones contra judíos se volvieron dolorosamente habituales. Cada nuevo incidente reforzaba la misma realidad: los judíos estaban siendo atacados por ser judíos. Al mismo tiempo, comencé a sentirme cada vez más aislado. Empecé a percibir las reacciones sutiles pero inconfundibles que muchas personas tenían al descubrir que yo era judío. Conversaciones que deberían haber sido simples intercambios de ideas se convertían en interrogatorios. Las preguntas sobre Israel y el sionismo estaban cargadas de sospecha. Se me pedía justificar mi identidad en lugar de explicarla Era agotador. Ese ambiente terminó impregnando la vida cotidiana. Fui objeto de ataques antijudíos en Internet, incluidas amenazas de muerte, por identificarme como un judío sionista. Vi cómo medios de comunicación presentaban repetidamente los temores de los judíos como temas de debate, en lugar de realidades que merecían comprensión. Observé a figuras públicas difundir narrativas antijudías que hicieron que muchos judíos se sintieran aislados e inseguros. La confianza que había heredado en la promesa europea comenzó a desaparecer. Lo que más me inquietó fue la falta de voluntad de tantas instituciones para enfrentarse al odio contra los judíos. Con frecuencia, políticos, universidades, medios de comunicación y referentes culturales respondieron con una mezcla de cobardía, indiferencia y, en algunos casos, legitimación del racismo antijudío. Las preocupaciones de los judíos eran minimizadas, justificadas o tratadas como cuestiones sujetas a debate, en lugar de experiencias que debían tomarse en serio. Mi existencia y mi experiencia vital no son materia de discusión.. En España, este problema se ha hecho especialmente visible. El actual Gobierno de Pedro Sánchez se ha situado entre las administraciones más agresivamente antisraelíes de Europa. Muchos judíos observan esta evolución con preocupación, porque la hostilidad hacia Israel y los judíos no siempre es tan fáciles de separar como algunos políticos afirman. Cuando el Estado judío es sometido a estándares, sospechas y presunciones que no se aplican a ninguna otra nación, acaba influyendo en la forma en que se percibe a los propios judíos. Los judíos europeos han contribuido enormemente a las sociedades en las que viven. Sin embargo, cada vez más, sentimos que se nos exige demostrar nuestra lealtad, justificar nuestra existencia y defender nuestro derecho a pertenecer. Las minorías que se sienten realmente seguras no tienen que demostrar constantemente que pertenecen a la sociedad. Eso no es integración; es aceptación condicional.. Nada de esto significa que Europa sea exclusivamente hostil ni que todos los europeos sean antijudíos. Conozco a muchos amigos y aliados no judíos que han demostrado bondad, solidaridad y valentía. Pero las sociedades no se juzgan por las simpatías privadas o las mayorías silenciosas, sino por sus normas públicas, sus actitudes culturales y el comportamiento de sus instituciones. Al mismo tiempo, mi decisión no consistió únicamente en dejar algo atrás. También se trató de avanzar hacia algo positivo. Israel no es simplemente un refugio frente al odio antijudío. Es la patria ancestral e indígena del pueblo judío. Durante 2.000 años, los judíos mantuvimos una conexión ininterrumpida con la Tierra de Israel a través de la oración, los rituales, la memoria, el idioma y la conciencia colectiva. Seguimos siendo una nación incluso en el exilio. Cuando me trasladé a Israel, me mudé a la patria del pueblo judío. Me trasladé a una sociedad donde la historia judía no es una nota al pie, donde la identidad judía no es motivo de sospecha y donde ser judío forma parte natural de la vida nacional. Hay una profunda tranquilidad en vivir en un lugar donde no tengo que explicar quién soy antes de poder serlo. He vuelto a casa, a Israel. Lo que me entristece no es haber decidido marcharme de Europa; es que, con el tiempo, Europa dejó de sentirse como mi hogar.. *Ben M. Freeman es fundador del movimiento moderno del Orgullo Judío y autor de «Jewish Pride» (2021), «Reclaiming Our Story» (2022) y «The Jews: An Indigenous People» (2025)
Políticos, universidades, prensa y referentes culturales responden con indiferencia y legitimación al racismo contra la comunidad hebrea
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