Cuando uno ya está en la primera fila de generación a la tumba, nos lo preguntamos. Y la verdad es que a mí me genera bastante desasosiego. Todavía, con suerte, podrían quedarme unos añitos de autonomía, pero ya comienzo a notar en amigos, hermanos o colegas de mi quinta las señales canallas de la vejez. Bastantes se han ido yendo, algo que me provoca un vacío indescriptible, una soledad infinita, una falta de cuidado y apoyo radical. Además, en profesiones como la mía, te vas quedando sin aquellos que creyeron en ti, te leyeron, te admiraron, te sostuvieron. Unos se jubilaron, a otros les jubilaron, otros ya tomaron el camino del no regreso. Ahora, con el edadismo galopante, los mayores ya pertenecemos a “los sin poder”. Ahora otros más jóvenes e intactos estarán en la fiesta, jugarán al corro de la patata y se caerán de culo al suelo riéndose por su resistencia. Ahora yo ya estoy empezando a disfrutar de ver cómo disfrutan los otros. Pero, ¿quién cuida a los viejos? ¿quién a los dependientes o frágiles? Antes eran las hijas quienes lo hacían. En mi casa se contaba que mi abuela paterna, cuando su madre anciana se quejaba, le decía: no se queje, madre, que usted me tiene a mí para cuidarla y llorarla cuando muera, pero ¿quién me va a llorar a mí que solo tengo varones? A lo que mi bisabuela respondía: pues muérete tú antes, hija, y te lloro yo. Tenía guasa la vieja. Ahora no nos preocupa quién nos vaya a llorar. Sí quién nos cuidará. Porque, aunque siguen siendo las mujeres las que lo hacen, ellas hoy trabajan sin parar fuera y dentro de casa, están desbordadas y exhaustas. Porque cuidar, inmensa e invisible tarea, solo se puede hacer cuando se está bien. Ahora hay escasez de hijas, de tiempo, de residencias públicas, y escasez de estar bien. Ahora en nuestros vástagos jóvenes no existe ese precepto moral de cuidar a los padres. Ahora rezaremos para morirnos rápido, sin sufrir ni mortificar.
Ya comienzo a notar en amigos, hermanos o colegas de mi quinta las señales canallas de la vejez
Cuando uno ya está en la primera fila de generación a la tumba, nos lo preguntamos. Y la verdad es que a mí me genera bastante desasosiego. Todavía, con suerte, podrían quedarme unos añitos de autonomía, pero ya comienzo a notar en amigos, hermanos o colegas de mi quinta las señales canallas de la vejez. Bastantes se han ido yendo, algo que me provoca un vacío indescriptible, una soledad infinita, una falta de cuidado y apoyo radical. Además, en profesiones como la mía, te vas quedando sin aquellos que creyeron en ti, te leyeron, te admiraron, te sostuvieron. Unos se jubilaron, a otros les jubilaron, otros ya tomaron el camino del no regreso. Ahora, con el edadismo galopante, los mayores ya pertenecemos a “los sin poder”. Ahora otros más jóvenes e intactos estarán en la fiesta, jugarán al corro de la patata y se caerán de culo al suelo riéndose por su resistencia. Ahora yo ya estoy empezando a disfrutar de ver cómo disfrutan los otros. Pero, ¿quién cuida a los viejos? ¿quién a los dependientes o frágiles? Antes eran las hijas quienes lo hacían. En mi casa se contaba que mi abuela paterna, cuando su madre anciana se quejaba, le decía: no se queje, madre, que usted me tiene a mí para cuidarla y llorarla cuando muera, pero ¿quién me va a llorar a mí que solo tengo varones? A lo que mi bisabuela respondía: pues muérete tú antes, hija, y te lloro yo. Tenía guasa la vieja. Ahora no nos preocupa quién nos vaya a llorar. Sí quién nos cuidará. Porque, aunque siguen siendo las mujeres las que lo hacen, ellas hoy trabajan sin parar fuera y dentro de casa, están desbordadas y exhaustas. Porque cuidar, inmensa e invisible tarea, solo se puede hacer cuando se está bien. Ahora hay escasez de hijas, de tiempo, de residencias públicas, y escasez de estar bien. Ahora en nuestros vástagos jóvenes no existe ese precepto moral de cuidar a los padres. Ahora rezaremos para morirnos rápido, sin sufrir ni mortificar.
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