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  Cultura  Sónar Barcelona: la noche en la que nadie te pregunta a quién votas
Cultura

Sónar Barcelona: la noche en la que nadie te pregunta a quién votas

21 de junio de 2026
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Hace tiempo que la política lo ha manchado casi todo. La oficina, el supermercado, la cena de Navidad, el deporte. Hasta la cama. España vive tan polarizada que toca tomar partido sobre casi cualquier asunto. Por eso resulta tan extraña la escena que se ha repetido estos días en Sónar Barcelona, uno de los grandes festivales europeos de música electrónica donde la innovación se respira en cada sesión. Miles de personas llegadas de medio mundo compartiendo el mismo ritmo, el mismo espacio y una extraña sensación de pertenencia. Nadie sabe quién es el de al lado. Ni si es de derechas o de izquierdas. Y nadie parece interesado en averiguarlo. Aquí no hay biografías, currículums ni credenciales. Solo ropa oscura, gafas de sol y una devoción casi religiosa por la música. La pista absorbe todo lo demás. Durante unas horas, desaparecen las etiquetas que organizan la vida del día a día.. En una época marcada por identidades enfrentadas, debates permanentes y trincheras ideológicas, resulta casi un acto de rebeldía observar cómo dos desconocidos se sonríen y empiezan a bailar sin intercambiar casi palabra. Luego, si hay conexión, las bromas abren conversaciones. Y el calor humano estalla. Mientras fuera proliferan las fronteras invisibles, en Fira se comparte espacio sin necesidad de explicarse. La primera anomalía aparece nada más cruzar el control de acceso. Nadie pregunta de dónde vienes. Nadie parece interesado en construir esa ficha mental que solemos elaborar cuando conocemos a alguien. Las conversaciones giran alrededor de horarios, escenarios y artistas. “¿Vas a ver a Charlotte de Witte?”, “¿Has estado en STOOR?”, “No te pierdas el cierre”. “Buah, musicote”. La música funciona como un idioma común entre personas que probablemente no volverán a verse jamás.. La escena se repite una y otra vez. Un grupo de italianos baila junto a una pareja japonesa. Dos estudiantes alemanas preguntan a dos españoles cuál es su artista favorito. Una ejecutiva francesa fuma sentada en el suelo junto a un grupo de amigos madrileños. Durante unas horas se suspenden las jerarquías que ordenan el mundo de fuera. El sueldo, el cargo, el barrio, la edad o la ideología pierden relevancia. Lo único importante es estar ahí.. No abundan los lugares así. Las redes sociales premian el conflicto. Los algoritmos nos clasifican y nos agrupan en comunidades cada vez más homogéneas. La política exige definirse. Pero en esta inmensa nave industrial de la Fira de Barcelona ocurre algo distinto. Nadie intenta convencer a nadie. Nadie pregunta qué piensas. Nadie exige que te posiciones. Quizá por eso la pista de baile conserva una capacidad de atracción difícil de explicar. Las luces estroboscópicas, los neones, el humo y los graves construyen una especie de realidad paralela donde las diferencias no dejan de importar.. Al regresar a casa queda una duda. Si una noche de música electrónica dice algo sobre nosotros o si no es más que una excepción irrepetible. Si, en el fondo, seguimos necesitando lugares donde pertenecer sin tener que dar explicaciones. Lugares donde nadie pregunte a quién votas antes de invitarte a bailar. Los más osados seguirán la fiesta hasta bien entrada la mañana. Hasta que el cuerpo aguante. Una procesión de almas abandona, poco a poco, la Fira. No hay peleas. Solo gente feliz. “No hay nada que me guste más, extraños, música… Vengo cada año con mis amigos y ya estoy pensando en el año que viene”, cuenta un joven que se despide del festival con una cerveza en la mano. Cuando amanece, Barcelona vuelve a ser Barcelona. La gente se dispersa por estaciones, hoteles y aeropuertos. La música se apaga. La vida continúa. Pero durante una noche, al menos, encontraron una forma sencilla de convivir: compartir una pista de baile sin preguntarse nada más salvo cómo te trata la vida. Quizá no cambie el mundo. Quizá no cambie España. Pero no parece poca cosa.

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La experimentación en cada sesión marca de nuevo la identidad sonora de uno de los grandes festivales europeos de música electrónica

  

Hace tiempo que la política lo ha manchado casi todo. La oficina, el supermercado, la cena de Navidad, el deporte. Hasta la cama. España vive tan polarizada que toca tomar partido sobre casi cualquier asunto. Por eso resulta tan extraña la escena que se ha repetido estos días en Sónar Barcelona, uno de los grandes festivales europeos de música electrónica donde la innovación se respira en cada sesión. Miles de personas llegadas de medio mundo compartiendo el mismo ritmo, el mismo espacio y una extraña sensación de pertenencia. Nadie sabe quién es el de al lado. Ni si es de derechas o de izquierdas. Y nadie parece interesado en averiguarlo. Aquí no hay biografías, currículums ni credenciales. Solo ropa oscura, gafas de sol y una devoción casi religiosa por la música. La pista absorbe todo lo demás. Durante unas horas, desaparecen las etiquetas que organizan la vida del día a día.. En una época marcada por identidades enfrentadas, debates permanentes y trincheras ideológicas, resulta casi un acto de rebeldía observar cómo dos desconocidos se sonríen y empiezan a bailar sin intercambiar casi palabra. Luego, si hay conexión, las bromas abren conversaciones. Y el calor humano estalla. Mientras fuera proliferan las fronteras invisibles, en Fira se comparte espacio sin necesidad de explicarse. La primera anomalía aparece nada más cruzar el control de acceso. Nadie pregunta de dónde vienes. Nadie parece interesado en construir esa ficha mental que solemos elaborar cuando conocemos a alguien. Las conversaciones giran alrededor de horarios, escenarios y artistas. “¿Vas a ver a Charlotte de Witte?”, “¿Has estado en STOOR?”, “No te pierdas el cierre”. “Buah, musicote”. La música funciona como un idioma común entre personas que probablemente no volverán a verse jamás.. La escena se repite una y otra vez. Un grupo de italianos baila junto a una pareja japonesa. Dos estudiantes alemanas preguntan a dos españoles cuál es su artista favorito. Una ejecutiva francesa fuma sentada en el suelo junto a un grupo de amigos madrileños. Durante unas horas se suspenden las jerarquías que ordenan el mundo de fuera. El sueldo, el cargo, el barrio, la edad o la ideología pierden relevancia. Lo único importante es estar ahí.. No abundan los lugares así. Las redes sociales premian el conflicto. Los algoritmos nos clasifican y nos agrupan en comunidades cada vez más homogéneas. La política exige definirse. Pero en esta inmensa nave industrial de la Fira de Barcelona ocurre algo distinto. Nadie intenta convencer a nadie. Nadie pregunta qué piensas. Nadie exige que te posiciones. Quizá por eso la pista de baile conserva una capacidad de atracción difícil de explicar. Las luces estroboscópicas, los neones, el humo y los graves construyen una especie de realidad paralela donde las diferencias no dejan de importar.. Al regresar a casa queda una duda. Si una noche de música electrónica dice algo sobre nosotros o si no es más que una excepción irrepetible. Si, en el fondo, seguimos necesitando lugares donde pertenecer sin tener que dar explicaciones. Lugares donde nadie pregunte a quién votas antes de invitarte a bailar. Los más osados seguirán la fiesta hasta bien entrada la mañana. Hasta que el cuerpo aguante. Una procesión de almas abandona, poco a poco, la Fira. No hay peleas. Solo gente feliz. “No hay nada que me guste más, extraños, música… Vengo cada año con mis amigos y ya estoy pensando en el año que viene”, cuenta un joven que se despide del festival con una cerveza en la mano. Cuando amanece, Barcelona vuelve a ser Barcelona. La gente se dispersa por estaciones, hoteles y aeropuertos. La música se apaga. La vida continúa. Pero durante una noche, al menos, encontraron una forma sencilla de convivir: compartir una pista de baile sin preguntarse nada más salvo cómo te trata la vida. Quizá no cambie el mundo. Quizá no cambie España. Pero no parece poca cosa.

 

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