María José Fuenteálamo toma prestado el apellido del pueblo albaceteño donde se crio, un municipio de poco más de dos mil habitantes limítrofe con Murcia. Su infancia y adolescencia, en los años 80 y 90, transcurrieron en la casa-carnicería que regentaban sus padres, un comercio que echó el cierre en 2016. Confiesa la autora de «La hija del carnicero» (Círculo de Tiza) que pensaba que ese sería un día feliz –ya que cuando chiquilla ella quería que todos fuésemos vegetarianos para así no tener que heredar el oficio de sus padres–, sin embargo, admite que «no lo fue, porque ese día fui consciente de que se cerraba un punto de unión entre el animal y la persona: entendí que había vivido en una suerte de fábula de Esopo en el que cada día aprendíamos de los animales».. Precisamente, se refiere en este jugoso ensayo a «la ruptura de la relación del ser humano con el animal», que a su juicio «es completamente artificial». Debido a ello, asegura que «hemos perdido el saber qué comemos», lo que ella llama «nuestra soberanía alimentaria». Se refiere a las modas alimenticias, como el «boom» de las hamburguesas «premium» o al machacón mensaje que nos dice que consumamos proteína: esto es «puro márquetin» para Fuenteálamo: «Cuando tú no tienes la información, cuando no lo has vivido y no conoces el mundo de la carne, es mucho más fácil dejarse llevar por cualquier moda», explica: «comes por los ojos y por el eslogan». Se pregunta si acaso hoy los niños «saben que las hamburguesas vienen de un animal». En su caso, se define como «una exquisita involuntaria de la carne –una moderadita–, precisamente porque vengo de donde vengo». «Es muy difícil que pida carne fuera de sitios a los que no les tengo confianza», nos cuenta, pero, eso sí, «el kebab es mi debilidad», confiesa riendo.. «La ruptura de la relación del humano con el animal es completamente artificial», dice. Viaje de vuelta a casa. Como el de Ulises, el de María José Fuenteálamo ha sido un viaje de vuelta a sus orígenes. Ella tuvo que salir de su hogar, de la carnicería «Antón», para estudiar periodismo en Madrid, irse un curso a Bruselas y ejercerlo durante una década en Palma de Mallorca, para valorar realmente de dónde venía y dejar atrás esa mirada de niña entre la condescendencia y el tedio. «Me ha costado madurez», dice: «he llegado a darme cuenta de que tenía una historia desde la literatura; es decir, la niña que quería escaparse de esa casa, que no quería mirar esa carnicería porque no quería ser carnicera, es la adulta que reconoce cómo lo que ha vivido en casa tiene una historia». Recuerda perfectamente el momento de la revelación, «leyendo ‘‘Pastoral Americana’’, cuando Philip Roth está describiendo cómo se cose un guante de piel y entonces, disfrutando ese pasaje, me doy cuenta de que mi vida dentro de esa carnicería ha sido absolutamente literaria». Y redondea: «La literatura y el periodismo me devuelven a mi casa».. Cuenta la autora que sus padres «en absoluto se imaginaban que pudiera salir un libro de esa que era su vida, su rutina. Yo les pedía más ayuda, pero como para ellos era tanta normalidad, no le veían el punto literario, hasta el nivel de que tuve que corregir el libro leyéndoselo en voz alta». Antón y Águeda están «encantados» con el libro: «Así, casi sin querer, la niña que no quería ser carnicera les hace este regalo».. El chuletón, imbatible. Creo que todos recordamos aquellas palabras del presidente Pedro Sánchez, en julio de 2021, cuando salió a desautorizar al entonces ministro de Consumo, Alberto Garzón, quien había lanzado una campaña para reducir el consumo cárnico. Sánchez, desde el extranjero, dijo que para él «un chuletón al punto es imbatible». El de Garzón es uno de los episodios que más irrita a la autora de «La hija del carnicero» y así lo plasma en su libro: «No se puede legislar de espaldas al sector. El ministro tenía razón con lo del consumo moderado de la carne, pero en aquel momento ese mensaje hubiera sido mucho más correcto de mano de los ganaderos y los carniceros, porque tienes que saber que, desde una institución, si vas a dar un mensaje que va a afectar a un sector entero, tienes que haberlo hablado bien con todos. Porque él sí defendía la ganadería extensiva, ¿pero no hubiera sido mejor hacer esa campaña con ganaderos y carniceros? Primero por la parte ética, y luego por la económica. Yo siempre digo que los primeros ecologistas son los que están a pie de campo: nuestros agricultores y ganaderos».. «No he visto mayor cariño a los animales que el que le dan los carniceros». Asimismo, Fuenteálamo confiesa que no es «nada taurina, pero no puedo tener nada en contra de ese mundo porque he vivido con esos ganaderos y con el cariño que le dan a los toros que crían. Igual que no he visto mayor cariño a los animales que el que le dan los carniceros». Pide por ello, una resignificación de los términos «carnicero» y «matarife», que se usan peyorativamente. «De hecho, de pequeña estaba convencida de que si no querías a los animales no podías ser carnicero».
En «La hija del carnicero» María José Fuenteálamo asegura que ya no sabemos de dónde procede la carne que comemos
María José Fuenteálamo toma prestado el apellido del pueblo albaceteño donde se crio, un municipio de poco más de dos mil habitantes limítrofe con Murcia. Su infancia y adolescencia, en los años 80 y 90, transcurrieron en la casa-carnicería que regentaban sus padres, un comercio que echó el cierre en 2016. Confiesa la autora de «La hija del carnicero» (Círculo de Tiza) que pensaba que ese sería un día feliz –ya que cuando chiquilla ella quería que todos fuésemos vegetarianos para así no tener que heredar el oficio de sus padres–, sin embargo, admite que «no lo fue, porque ese día fui consciente de que se cerraba un punto de unión entre el animal y la persona: entendí que había vivido en una suerte de fábula de Esopo en el que cada día aprendíamos de los animales».. Precisamente, se refiere en este jugoso ensayo a «la ruptura de la relación del ser humano con el animal», que a su juicio «es completamente artificial». Debido a ello, asegura que «hemos perdido el saber qué comemos», lo que ella llama «nuestra soberanía alimentaria». Se refiere a las modas alimenticias, como el «boom» de las hamburguesas «premium» o al machacón mensaje que nos dice que consumamos proteína: esto es «puro márquetin» para Fuenteálamo: «Cuando tú no tienes la información, cuando no lo has vivido y no conoces el mundo de la carne, es mucho más fácil dejarse llevar por cualquier moda», explica: «comes por los ojos y por el eslogan». Se pregunta si acaso hoy los niños «saben que las hamburguesas vienen de un animal». En su caso, se define como «una exquisita involuntaria de la carne –una moderadita–, precisamente porque vengo de donde vengo». «Es muy difícil que pida carne fuera de sitios a los que no les tengo confianza», nos cuenta, pero, eso sí, «el kebab es mi debilidad», confiesa riendo.. «La ruptura de la relación del humano con el animal es completamente artificial», dice. Viaje de vuelta a casa. Como el de Ulises, el de María José Fuenteálamo ha sido un viaje de vuelta a sus orígenes. Ella tuvo que salir de su hogar, de la carnicería «Antón», para estudiar periodismo en Madrid, irse un curso a Bruselas y ejercerlo durante una década en Palma de Mallorca, para valorar realmente de dónde venía y dejar atrás esa mirada de niña entre la condescendencia y el tedio. «Me ha costado madurez», dice: «he llegado a darme cuenta de que tenía una historia desde la literatura; es decir, la niña que quería escaparse de esa casa, que no quería mirar esa carnicería porque no quería ser carnicera, es la adulta que reconoce cómo lo que ha vivido en casa tiene una historia». Recuerda perfectamente el momento de la revelación, «leyendo ‘‘Pastoral Americana’’, cuando Philip Roth está describiendo cómo se cose un guante de piel y entonces, disfrutando ese pasaje, me doy cuenta de que mi vida dentro de esa carnicería ha sido absolutamente literaria». Y redondea: «La literatura y el periodismo me devuelven a mi casa».. Cuenta la autora que sus padres «en absoluto se imaginaban que pudiera salir un libro de esa que era su vida, su rutina. Yo les pedía más ayuda, pero como para ellos era tanta normalidad, no le veían el punto literario, hasta el nivel de que tuve que corregir el libro leyéndoselo en voz alta». Antón y Águeda están «encantados» con el libro: «Así, casi sin querer, la niña que no quería ser carnicera les hace este regalo».. El chuletón, imbatible. Creo que todos recordamos aquellas palabras del presidente Pedro Sánchez, en julio de 2021, cuando salió a desautorizar al entonces ministro de Consumo, Alberto Garzón, quien había lanzado una campaña para reducir el consumo cárnico. Sánchez, desde el extranjero, dijo que para él «un chuletón al punto es imbatible». El de Garzón es uno de los episodios que más irrita a la autora de «La hija del carnicero» y así lo plasma en su libro: «No se puede legislar de espaldas al sector. El ministro tenía razón con lo del consumo moderado de la carne, pero en aquel momento ese mensaje hubiera sido mucho más correcto de mano de los ganaderos y los carniceros, porque tienes que saber que, desde una institución, si vas a dar un mensaje que va a afectar a un sector entero, tienes que haberlo hablado bien con todos. Porque él sí defendía la ganadería extensiva, ¿pero no hubiera sido mejor hacer esa campaña con ganaderos y carniceros? Primero por la parte ética, y luego por la económica. Yo siempre digo que los primeros ecologistas son los que están a pie de campo: nuestros agricultores y ganaderos».. «No he visto mayor cariño a los animales que el que le dan los carniceros». Asimismo, Fuenteálamo confiesa que no es «nada taurina, pero no puedo tener nada en contra de ese mundo porque he vivido con esos ganaderos y con el cariño que le dan a los toros que crían. Igual que no he visto mayor cariño a los animales que el que le dan los carniceros». Pide por ello, una resignificación de los términos «carnicero» y «matarife», que se usan peyorativamente. «De hecho, de pequeña estaba convencida de que si no querías a los animales no podías ser carnicero».
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