Antes de ser un pintor de santos, Francisco de Zurbarán (1598-1664) fue un pintor de la materia: de la aspereza de un hábito, del brillo de un cáliz, de la piel tensa de un cordero atado, de la luz que cae sobre una jarra de agua o una rosa. Y quizá ahí esté el secreto de su vigencia. Cuatro siglos después, cuando el fervor religioso que dio sentido a sus cuadros se ha diluido, sus pinturas siguen sosteniéndose por algo más profundo que la fe: la verdad de las cosas. Eso es lo que reivindica la gran retrospectiva que la National Gallery, la primera gran monográfica dedicada al maestro extremeño en el Reino Unido que se inaugura este miércoles en un acto que contará con la presencia de la Reina Sofía.. La exposición reúne cerca de cincuenta obras procedentes de museos y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos y propone una revisión necesaria de un artista al que durante demasiado tiempo se ha leído en clave exclusivamente devocional. Zurbarán fue, sí, el gran pintor de la Contrarreforma española. Pero fue también mucho más: un revolucionario del bodegón, un maestro de la composición, un obsesivo del detalle y uno de los grandes arquitectos de la luz del Siglo de Oro.. El recorrido encuentra su centro de gravedad en Cristo crucificado con un pintor, una obra llegada desde el Museo Nacional del Prado y una de las más enigmáticas de toda su producción. A los pies de la cruz, un pintor sostiene la paleta y los pinceles mientras lleva la otra mano al pecho. No trabaja. Observa. Oficialmente es San Lucas Evangelista, patrón de los artistas. Pero también parece Zurbarán mirándose a sí mismo. Para la comisaria Francesca Whitlum-Cooper, la escena condensa todo su universo pictórico. “La posición de sus manos, una sobre el corazón y la otra sujetando la paleta y los pinceles, encapsula perfectamente lo que Zurbarán quería lograr: inspirar emoción y devoción a través de la pintura”. Y ese es precisamente el gran argumento de la exposición: demostrar que, incluso en un mundo secular, la pintura de Zurbarán sigue funcionando.. Nacido en el pequeño pueblo extremeño de Fuente de Cantos en 1598, hijo de un comerciante de telas, Zurbarán se formó en Sevilla, entonces epicentro económico de la España imperial y puerta de entrada del comercio americano. Allí encontró el terreno perfecto para prosperar: conventos, monasterios y órdenes religiosas necesitaban imágenes capaces de conmover y enseñar, en plena ofensiva visual de la Iglesia católica tras el Concilio de Trento.. Pero la exposición londinense desmonta la imagen reducida de Zurbarán como pintor exclusivamente religioso. Uno de sus grandes reclamos son dos obras recién atribuidas, entre ellas Alcarraza sobre un plato, que permiten entender cómo concebía sus bodegones: pequeños estudios casi científicos de objetos que después trasladaba a composiciones mayores. Daniel Sobrino Ralston, co-comisario de la muestra, subraya que estas piezas revelan la precisión extrema de su proceso creativo.. Ese rigor se extiende también a sus grandes proyectos monumentales. La exposición reconstruye parte del gran retablo de la Cartuja de Jerez de la Frontera, disperso desde hace siglos, devolviendo al visitante la experiencia original de una pintura concebida para envolver al espectador.. La comparación con Caravaggio aparece inevitablemente. Los dos dominan el claroscuro y entienden la luz como elemento dramático. Pero mientras Caravaggio explota el conflicto, Zurbarán apuesta por la suspensión.. Eso se ve con claridad en San Serapio. El martirio está presente, pero no la violencia explícita. No hay sangre. No hay espectáculo. Solo agotamiento y abandono. Zurbarán sugiere el dolor, pero nunca lo exhibe.. Lo mismo sucede en Agnus Dei, uno de los grandes préstamos del Prado. Un cordero atado sobre una repisa, vulnerable y sereno, convertido en símbolo de sacrificio, pero también en pura presencia física. La textura de la lana, la tensión de las cuerdas, la fragilidad del cuerpo convierten el cuadro en algo casi táctil.. La muestra dedica además un espacio importante a sus últimos años, tradicionalmente considerados un periodo de decadencia. Ralston lo discute. No hay caída, sino transformación. Zurbarán abandona la monumentalidad y se refugia en formatos más pequeños, más íntimos, pensados para la oración privada. En ese territorio aparece El velo de la Verónica, donde la pintura reflexiona sobre sí misma, sobre la imagen como huella y como aparición.. Quizá ahí esté la clave. Zurbarán entendió antes que muchos que la pintura no consiste sólo en representar lo visible, sino en hacer presente lo invisible. Por eso sus cuadros siguen interpelando. No hace falta creer para sentirlos. Sólo observar.. Una vida desdichada. Tras formarse en Sevilla durante tres años, de 1614 a 1617, Zurbarán regresó a las provincias y se casó con una viuda rica, que murió dando a luz a su tercer hijo. Pronto se casó con otra viuda rica, justo cuando su carrera como artista comenzaba a despegar. Los regidores de Sevilla le invitaron oficialmente a instalarse allí en 1629. Pero después de una década, su buena fortuna comenzó a agotarse. Su segunda esposa murió en 1639. En 1644, se casó por tercera vez; su esposa tuvo otros seis hijos. Pero ninguno le sobrevivió. La mayor parte de la familia murió en la Gran Peste de Sevilla. Para 1650 estaba completamente solo. Los cincuenta años de Zurbarán fueron tristes y dolorosos. Su obra había pasado de moda y sus finanzas eran un desastre. En 1658, poco antes de cumplir sesenta años, abandonó su casa de Sevilla y se trasladó a Madrid, donde murió en 1664.
La primera gran monográfica dedicada al pintor extremeño en el Reino Unido se inaugura hoy en un acto con la Reina Sofía
Antes de ser un pintor de santos, Francisco de Zurbarán (1598-1664) fue un pintor de la materia: de la aspereza de un hábito, del brillo de un cáliz, de la piel tensa de un cordero atado, de la luz que cae sobre una jarra de agua o una rosa. Y quizá ahí esté el secreto de su vigencia. Cuatro siglos después, cuando el fervor religioso que dio sentido a sus cuadros se ha diluido, sus pinturas siguen sosteniéndose por algo más profundo que la fe: la verdad de las cosas. Eso es lo que reivindica la gran retrospectiva que la National Gallery, la primera gran monográfica dedicada al maestro extremeño en el Reino Unido que se inaugura este miércoles en un acto que contará con la presencia de la Reina Sofía.. La exposición reúne cerca de cincuenta obras procedentes de museos y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos y propone una revisión necesaria de un artista al que durante demasiado tiempo se ha leído en clave exclusivamente devocional. Zurbarán fue, sí, el gran pintor de la Contrarreforma española. Pero fue también mucho más: un revolucionario del bodegón, un maestro de la composición, un obsesivo del detalle y uno de los grandes arquitectos de la luz del Siglo de Oro.. El recorrido encuentra su centro de gravedad en Cristo crucificado con un pintor, una obra llegada desde el Museo Nacional del Prado y una de las más enigmáticas de toda su producción. A los pies de la cruz, un pintor sostiene la paleta y los pinceles mientras lleva la otra mano al pecho. No trabaja. Observa. Oficialmente es San Lucas Evangelista, patrón de los artistas. Pero también parece Zurbarán mirándose a sí mismo. Para la comisaria Francesca Whitlum-Cooper, la escena condensa todo su universo pictórico. “La posición de sus manos, una sobre el corazón y la otra sujetando la paleta y los pinceles, encapsula perfectamente lo que Zurbarán quería lograr: inspirar emoción y devoción a través de la pintura”. Y ese es precisamente el gran argumento de la exposición: demostrar que, incluso en un mundo secular, la pintura de Zurbarán sigue funcionando.. Nacido en el pequeño pueblo extremeño de Fuente de Cantos en 1598, hijo de un comerciante de telas, Zurbarán se formó en Sevilla, entonces epicentro económico de la España imperial y puerta de entrada del comercio americano. Allí encontró el terreno perfecto para prosperar: conventos, monasterios y órdenes religiosas necesitaban imágenes capaces de conmover y enseñar, en plena ofensiva visual de la Iglesia católica tras el Concilio de Trento.. Pero la exposición londinense desmonta la imagen reducida de Zurbarán como pintor exclusivamente religioso. Uno de sus grandes reclamos son dos obras recién atribuidas, entre ellas Alcarraza sobre un plato, que permiten entender cómo concebía sus bodegones: pequeños estudios casi científicos de objetos que después trasladaba a composiciones mayores. Daniel Sobrino Ralston, co-comisario de la muestra, subraya que estas piezas revelan la precisión extrema de su proceso creativo.. Ese rigor se extiende también a sus grandes proyectos monumentales. La exposición reconstruye parte del gran retablo de la Cartuja de Jerez de la Frontera, disperso desde hace siglos, devolviendo al visitante la experiencia original de una pintura concebida para envolver al espectador.. La comparación con Caravaggio aparece inevitablemente. Los dos dominan el claroscuro y entienden la luz como elemento dramático. Pero mientras Caravaggio explota el conflicto, Zurbarán apuesta por la suspensión.. Eso se ve con claridad en San Serapio. El martirio está presente, pero no la violencia explícita. No hay sangre. No hay espectáculo. Solo agotamiento y abandono. Zurbarán sugiere el dolor, pero nunca lo exhibe.. Lo mismo sucede en Agnus Dei, uno de los grandes préstamos del Prado. Un cordero atado sobre una repisa, vulnerable y sereno, convertido en símbolo de sacrificio, pero también en pura presencia física. La textura de la lana, la tensión de las cuerdas, la fragilidad del cuerpo convierten el cuadro en algo casi táctil.. La muestra dedica además un espacio importante a sus últimos años, tradicionalmente considerados un periodo de decadencia. Ralston lo discute. No hay caída, sino transformación. Zurbarán abandona la monumentalidad y se refugia en formatos más pequeños, más íntimos, pensados para la oración privada. En ese territorio aparece El velo de la Verónica, donde la pintura reflexiona sobre sí misma, sobre la imagen como huella y como aparición.. Quizá ahí esté la clave. Zurbarán entendió antes que muchos que la pintura no consiste sólo en representar lo visible, sino en hacer presente lo invisible. Por eso sus cuadros siguen interpelando. No hace falta creer para sentirlos. Sólo observar.. Tras formarse en Sevilla durante tres años, de 1614 a 1617, Zurbarán regresó a las provincias y se casó con una viuda rica, que murió dando a luz a su tercer hijo. Pronto se casó con otra viuda rica, justo cuando su carrera como artista comenzaba a despegar. Los regidores de Sevilla le invitaron oficialmente a instalarse allí en 1629. Pero después de una década, su buena fortuna comenzó a agotarse. Su segunda esposa murió en 1639. En 1644, se casó por tercera vez; su esposa tuvo otros seis hijos. Pero ninguno le sobrevivió. La mayor parte de la familia murió en la Gran Peste de Sevilla. Para 1650 estaba completamente solo. Los cincuenta años de Zurbarán fueron tristes y dolorosos. Su obra había pasado de moda y sus finanzas eran un desastre. En 1658, poco antes de cumplir sesenta años, abandonó su casa de Sevilla y se trasladó a Madrid, donde murió en 1664.
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