Hay un prejuicio lógico contra los curas que creen que, con el orden sacerdotal, reciben por ciencia infusa gusto arquitectónico, la oratoria de Chesterton o conocimientos de astrofísica. La tentación concluye en iglesias espantosas, homilías deletéreas o especulaciones inefables. Nada más lejos de León XIV, que es un señor razonable, que ha recorrido Perú en burro y ve lo que la revolución digital nos está haciendo. León XIII fue el papa que se enfrentó a la revolución industrial y Robert Prevost ha decidido llamarse XIV en su memoria, porque le ha tocado la revolución digital. Anteayer salió su primera encíclica, «Magnifica humanitas», que empieza por advertir que el «no» a los adelantos no es razonable. La Inteligencia Artificial es una oportunidad de oro para repensar lo que Graham Greene llamaba el «factor humano».. Tenemos miedo de que la técnica nos domine, ¿puede la IA aprender hasta superarnos? ¿Podemos ser sustituidos por robots? En gestión de datos los computadores son imbatibles, la naturaleza de la cuestión es otra. Para empezar (contra cierto exceso racionalista) el hombre no es un mero cerebro, venimos «de serie» insertados en un cuerpo. Nuestra «forma mentis» es el resultado de la percepción del entorno y la experiencia vital y, por supuesto, de la relación con los demás. Por eso dice Elon Musk que van a menguar los oficios que manejan «bits» y van a florecer los que traten con personas y tareas manuales, ejercitadas con el cuerpo. ¿Qué somos? ¿Qué me hace único? Decía Martin Heidegger que ninguna época había sabido tanto sobre el ser humano y, a la vez, desconocido tanto sobre él. «No se puede –dice Javier Prades, miembro de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano– describir el ser humano sin tener en cuenta su misterio» y pone como ejemplo maravilloso la reciente película «Barbie», donde la muñeca y su novio, que representan el mundo ideal de riqueza y belleza, en determinado momento son asaltados por el deseo de «algo más». Va la muñeca y se pregunta para qué vive y cuál es el sentido de su vida y eso amenaza con destrozar los planes comerciales.. Billie Eilish canta en el film «¿Para qué he sido hecho?» El ser humano es portador de un extrañísimo deseo de «plus ultra», incesante, que desordena cualquier orden prefabricado.. También lleva consigo una vulnerabilidad interesante, que lo hace único e imprevisible. La ciencia y la técnica son fabulosas, pero el hombre es distinto. Como dice el papa, el problema se plantea cuando la IA pasa de instrumento útil a fábrica de una atmósfera opresiva, que pretende la inaceptable sustitución del ser humano, y, sobre todo, cuando es utilizada por el poder para someternos.
Tenemos miedo de que la técnica nos domine, ¿puede la IA aprender hasta superarnos? ¿Podemos ser sustituidos por robots?
Hay un prejuicio lógico contra los curas que creen que, con el orden sacerdotal, reciben por ciencia infusa gusto arquitectónico, la oratoria de Chesterton o conocimientos de astrofísica. La tentación concluye en iglesias espantosas, homilías deletéreas o especulaciones inefables. Nada más lejos de León XIV, que es un señor razonable, que ha recorrido Perú en burro y ve lo que la revolución digital nos está haciendo. León XIII fue el papa que se enfrentó a la revolución industrial y Robert Prevost ha decidido llamarse XIV en su memoria, porque le ha tocado la revolución digital. Anteayer salió su primera encíclica, «Magnifica humanitas», que empieza por advertir que el «no» a los adelantos no es razonable. La Inteligencia Artificial es una oportunidad de oro para repensar lo que Graham Greene llamaba el «factor humano».. Tenemos miedo de que la técnica nos domine, ¿puede la IA aprender hasta superarnos? ¿Podemos ser sustituidos por robots? En gestión de datos los computadores son imbatibles, la naturaleza de la cuestión es otra. Para empezar (contra cierto exceso racionalista) el hombre no es un mero cerebro, venimos «de serie» insertados en un cuerpo. Nuestra «forma mentis» es el resultado de la percepción del entorno y la experiencia vital y, por supuesto, de la relación con los demás. Por eso dice Elon Musk que van a menguar los oficios que manejan «bits» y van a florecer los que traten con personas y tareas manuales, ejercitadas con el cuerpo. ¿Qué somos? ¿Qué me hace único? Decía Martin Heidegger que ninguna época había sabido tanto sobre el ser humano y, a la vez, desconocido tanto sobre él. «No se puede –dice Javier Prades, miembro de la Comisión Teológica Internacional del Vaticano– describir el ser humano sin tener en cuenta su misterio» y pone como ejemplo maravilloso la reciente película «Barbie», donde la muñeca y su novio, que representan el mundo ideal de riqueza y belleza, en determinado momento son asaltados por el deseo de «algo más». Va la muñeca y se pregunta para qué vive y cuál es el sentido de su vida y eso amenaza con destrozar los planes comerciales.. Billie Eilish canta en el film «¿Para qué he sido hecho?» El ser humano es portador de un extrañísimo deseo de «plus ultra», incesante, que desordena cualquier orden prefabricado.. También lleva consigo una vulnerabilidad interesante, que lo hace único e imprevisible. La ciencia y la técnica son fabulosas, pero el hombre es distinto. Como dice el papa, el problema se plantea cuando la IA pasa de instrumento útil a fábrica de una atmósfera opresiva, que pretende la inaceptable sustitución del ser humano, y, sobre todo, cuando es utilizada por el poder para someternos.
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