¿Puede una bienal de arte cuyos contenidos son mayoritariamente políticos –decolonialismo, cambio climático, memoria histórica, derechos humanos– permitirse la «tibieza diplomática» de incluir en su programación los pabellones de países –Rusia e Israel– cuyos dirigentes están siendo investigados por crímenes de guerra? La respuesta es: sí. Sin importarle, además, a su dirección, la profunda e insoslayable contradicción de base que esto supone y que revela el estado de podredumbre y enfermedad moral que deslegitima a todo el sistema del arte. Los agentes artísticos han preferido el glamur y el estatus social provisto por las descontextualizadas publicaciones de Instagram a la más mínima coherencia ética. Que el drama de los otros no nos arruine un buen outfit. Esta es la realidad del arte contemporáneo.. La dimisión del jurado internacional, en vísperas de la inauguración de la Bienal de Venecia, fue rápidamente subsanada por la dirección con el traspaso de la responsabilidad del dictamen al voto popular; una «fórmula eurovisiva» que no menguó la intensidad de las propuestas. El pasado día 6 de mayo, una protesta conducida por el colectivo Art Not Genocide Alliance exigía la exclusión del pabellón israelí; mientras que, en el exterior del pabellón ruso, las Pussy Riot –colectivo surgido como frente de resistencia al autoritarismo de Putin– y Femen –red feminista de origen ucraniano– denunciaban la normalización de Rusia durante su invasión de Ucrania.. Dos días después, se produce uno de los hechos más lamentables y patéticos de estos primeros días de bienal: la huelga general de pabellones y trabajadores de la bienal. Este gesto de protesta se tradujo en el cierre, durante unas horas, de algunos pabellones de la bienal –entre ellos, el de España–. ¿Por qué solo unas horas? Si tan solidarizados están por el pueblo palestino y por la matanza indiscriminada de civiles inocentes, ¿por qué no cerrar definitivamente y finalizar la participación en esta bienal de una manera digna? ¿No resulta más lamentable clausurar los pabellones durante unas horas para cumplir el expediente –como si los derechos humanos fueran un asunto de decoro– y luego reiniciar la actividad para no perder los beneficios simbólicos de esa gran máquina legitimadora que es la Bienal de Venecia? Y siguiendo con las preguntas incómodas: ¿por qué España renuncia a participar en Eurovisión y no aplica la misma lógica a su presencia en la Bienal de Venecia? Que el mundo del arte esté lleno de «gente guay» y «comprometida» no justifica la connivencia implícita con un evento que se ha convertido en una «lavadora geopolítica» que blanquea crímenes contra la humanidad.. El caso de la Bienal de Venecia es especialmente sangrante, en este sentido. Su estructura es decimonónica. Y no porque fuera creada en 1895, sino porque su estructura está fundamentada en la fórmula casposa de los pabellones nacionales. Los comisarios son elegidos por los gobiernos de turno, y estos, a su vez, seleccionan a los artistas que consideran oportunos. En esta lógica en la que son los gobiernos los que determinan el contenido de los diferentes pabellones no cabe el atenuante de que los artistas no tienen la culpa de las atrocidades cometidas por sus dirigentes. La Bienal de Venecia, en contra de las prácticas transfronterizas del arte contemporáneo, insiste en un «modelo de países», que la convierte en un auténtico «nodo geopolítico». Lo que está sucediendo, en esta edición, no es casual, sino la prueba evidente de la insostenibilidad de una fórmula que contradice todos los principios rectores de la creación contemporánea. Pero no pasa nada. Que nadie se asuste. Decenas de miles de muertes no arruinarán una buena publicación de Instagram.
Los agentes artísticos han preferido el glamur y el estatus social provisto por las descontextualizadas publicaciones de Instagram a la más mínima coherencia ética
¿Puede una bienal de arte cuyos contenidos son mayoritariamente políticos –decolonialismo, cambio climático, memoria histórica, derechos humanos– permitirse la «tibieza diplomática» de incluir en su programación los pabellones de países –Rusia e Israel– cuyos dirigentes están siendo investigados por crímenes de guerra? La respuesta es: sí. Sin importarle, además, a su dirección, la profunda e insoslayable contradicción de base que esto supone y que revela el estado de podredumbre y enfermedad moral que deslegitima a todo el sistema del arte. Los agentes artísticos han preferido el glamur y el estatus social provisto por las descontextualizadas publicaciones de Instagram a la más mínima coherencia ética. Que el drama de los otros no nos arruine un buen outfit. Esta es la realidad del arte contemporáneo.. La dimisión del jurado internacional, en vísperas de la inauguración de la Bienal de Venecia, fue rápidamente subsanada por la dirección con el traspaso de la responsabilidad del dictamen al voto popular; una «fórmula eurovisiva» que no menguó la intensidad de las propuestas. El pasado día 6 de mayo, una protesta conducida por el colectivo Art Not Genocide Alliance exigía la exclusión del pabellón israelí; mientras que, en el exterior del pabellón ruso, las Pussy Riot –colectivo surgido como frente de resistencia al autoritarismo de Putin– y Femen –red feminista de origen ucraniano– denunciaban la normalización de Rusia durante su invasión de Ucrania.. Dos días después, se produce uno de los hechos más lamentables y patéticos de estos primeros días de bienal: la huelga general de pabellones y trabajadores de la bienal. Este gesto de protesta se tradujo en el cierre, durante unas horas, de algunos pabellones de la bienal –entre ellos, el de España–. ¿Por qué solo unas horas? Si tan solidarizados están por el pueblo palestino y por la matanza indiscriminada de civiles inocentes, ¿por qué no cerrar definitivamente y finalizar la participación en esta bienal de una manera digna? ¿No resulta más lamentable clausurar los pabellones durante unas horas para cumplir el expediente –como si los derechos humanos fueran un asunto de decoro– y luego reiniciar la actividad para no perder los beneficios simbólicos de esa gran máquina legitimadora que es la Bienal de Venecia? Y siguiendo con las preguntas incómodas: ¿por qué España renuncia a participar en Eurovisión y no aplica la misma lógica a su presencia en la Bienal de Venecia? Que el mundo del arte esté lleno de «gente guay» y «comprometida» no justifica la connivencia implícita con un evento que se ha convertido en una «lavadora geopolítica» que blanquea crímenes contra la humanidad.. El caso de la Bienal de Venecia es especialmente sangrante, en este sentido. Su estructura es decimonónica. Y no porque fuera creada en 1895, sino porque su estructura está fundamentada en la fórmula casposa de los pabellones nacionales. Los comisarios son elegidos por los gobiernos de turno, y estos, a su vez, seleccionan a los artistas que consideran oportunos. En esta lógica en la que son los gobiernos los que determinan el contenido de los diferentes pabellones no cabe el atenuante de que los artistas no tienen la culpa de las atrocidades cometidas por sus dirigentes. La Bienal de Venecia, en contra de las prácticas transfronterizas del arte contemporáneo, insiste en un «modelo de países», que la convierte en un auténtico «nodo geopolítico». Lo que está sucediendo, en esta edición, no es casual, sino la prueba evidente de la insostenibilidad de una fórmula que contradice todos los principios rectores de la creación contemporánea. Pero no pasa nada. Que nadie se asuste. Decenas de miles de muertes no arruinarán una buena publicación de Instagram.
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