Octubre y otoño, con la cosecha en casa, traían el descanso, pero ya enseguida los preparativos de la próxima siembra. Y en las zonas de montaña, la marcha de los pastores, que bajaban con sus rebaños trashumantes a las tierras llanas de clima menos riguroso… Pastores y agricultores, dos de las ocupaciones más antiguas, dignificadas en la Biblia y en los versos de Virgilio, que parecen ya de otra época. Lo son, y de otra cultura. Una cultura campesina y ganadera que convivió durante muchos siglos en paz con la naturaleza, y es esta la lección no aprendida que explica en parte lo que está pasando. Pero hoy les hablaré solo de los pastores, por la razón que ahora verán.. Mi abuelo, que fue toda su vida pastor trashumante, anduvo el camino de los puertos de montaña de León a las dehesas de Extremadura cincuenta y dos años, los cuarenta y siete primeros a pie y los cinco restantes un trecho en el coche de san Fernando y lo demás en tren. Bajaba por estas fechas, con los primeros fríos de octubre, siguiendo el rebaño de las ovejas de raza merina por las cañadas que fueron de la Mesta. A la espalda en un morral llevaba el sustento diario –pan y un poco de queso, tocino y chorizo, siempre lo mismo: él lo llamaba el compango–, y en un burro, los enseres y provisiones para toda la temporada. El viaje, de unos 600 kms, duraba treinta jornadas. Por el día cuidaba del ganado y por la noche dormía a la intemperie, tapado con una manta, el oído atento a los lobos y a los cencerros de las ovejas y a los ruidos del redil. El sol era bienvenido, y la lluvia aceptada con resignación. Pasaba cerca de los pueblos, pero no entraba en ninguno. (Los que salían a ver el paso del rebaño miraban a los pastores con altivez y un punto de recelo.) Sabía de memoria todo lo que había que saber sobre las estrellas, el cielo, los cantos de los pájaros, las huellas de los animales y el color de las hojas de los árboles y de la niebla. En Extremadura dormía en un chozo y pasaba cerca de nueve meses en la dehesa cuidando del rebaño de un amo al que ni siquiera conocía. Solo un puñado de ovejas era de su propiedad, y esa era la única concesión a la que tenía derecho, y su única soldada. Un par de veces en todo el invierno escribía a casa una carta temblorosa y contenida. En la primavera, por el mes de mayo, volvía a hacer el mismo camino en sentido inverso. Más de un año, al llegar al pueblo en las montañas de León, salía su mujer a esperarle con el hijo que había nacido unos meses antes en brazos. A los que ya se habían hecho mayores les traía en los bolsillos de la chaqueta de pana bellotas de encina, que eran un poco dulces y duraban mucho en la boca.. Mi abuelo, que no tuvo nunca un solo día de vacaciones, se murió en la primavera de 1966 sin saber lo que era un turista, ni lo que esa palabra significaba.
Dos de las ocupaciones más antiguas, dignificadas en la Biblia y en los versos de Virgilio
Octubre y otoño, con la cosecha en casa, traían el descanso, pero ya enseguida los preparativos de la próxima siembra. Y en las zonas de montaña, la marcha de los pastores, que bajaban con sus rebaños trashumantes a las tierras llanas de clima menos riguroso… Pastores y agricultores, dos de las ocupaciones más antiguas, dignificadas en la Biblia y en los versos de Virgilio, que parecen ya de otra época. Lo son, y de otra cultura. Una cultura campesina y ganadera que convivió durante muchos siglos en paz con la naturaleza, y es esta la lección no aprendida que explica en parte lo que está pasando. Pero hoy les hablaré solo de los pastores, por la razón que ahora verán.. Mi abuelo, que fue toda su vida pastor trashumante, anduvo el camino de los puertos de montaña de León a las dehesas de Extremadura cincuenta y dos años, los cuarenta y siete primeros a pie y los cinco restantes un trecho en el coche de san Fernando y lo demás en tren. Bajaba por estas fechas, con los primeros fríos de octubre, siguiendo el rebaño de las ovejas de raza merina por las cañadas que fueron de la Mesta. A la espalda en un morral llevaba el sustento diario –pan y un poco de queso, tocino y chorizo, siempre lo mismo: él lo llamaba el compango–, y en un burro, los enseres y provisiones para toda la temporada. El viaje, de unos 600 kms, duraba treinta jornadas. Por el día cuidaba del ganado y por la noche dormía a la intemperie, tapado con una manta, el oído atento a los lobos y a los cencerros de las ovejas y a los ruidos del redil. El sol era bienvenido, y la lluvia aceptada con resignación. Pasaba cerca de los pueblos, pero no entraba en ninguno. (Los que salían a ver el paso del rebaño miraban a los pastores con altivez y un punto de recelo.) Sabía de memoria todo lo que había que saber sobre las estrellas, el cielo, los cantos de los pájaros, las huellas de los animales y el color de las hojas de los árboles y de la niebla. En Extremadura dormía en un chozo y pasaba cerca de nueve meses en la dehesa cuidando del rebaño de un amo al que ni siquiera conocía. Solo un puñado de ovejas era de su propiedad, y esa era la única concesión a la que tenía derecho, y su única soldada. Un par de veces en todo el invierno escribía a casa una carta temblorosa y contenida. En la primavera, por el mes de mayo, volvía a hacer el mismo camino en sentido inverso. Más de un año, al llegar al pueblo en las montañas de León, salía su mujer a esperarle con el hijo que había nacido unos meses antes en brazos. A los que ya se habían hecho mayores les traía en los bolsillos de la chaqueta de pana bellotas de encina, que eran un poco dulces y duraban mucho en la boca.. Mi abuelo, que no tuvo nunca un solo día de vacaciones, se murió en la primavera de 1966 sin saber lo que era un turista, ni lo que esa palabra significaba.
Noticias de Cataluña en La Razón
