Stephen Hawking pasó buena parte de su vida intentando explicar dónde empieza el universo. El 25 de septiembre de 2008 decidió acercarse hasta el lugar donde, durante siglos, muchos creyeron que terminaba el mundo. Aquel día, uno de los científicos más famosos del planeta llegó a Fisterra. Comió percebes frente al puerto, fue recibido entre aplausos, quiso llevarse una fotografía con el pueblo al fondo y acabó detenido ante el Atlántico, a pocos metros del faro. Lo que nadie sabía entonces era que, justo bajo aquel lugar, el mar escondía una extraordinaria coincidencia con su propio nombre.. «Disfruté de mi viaje al fin del mundo. Qué hermoso lugar». Así recordaría Hawking su paso por Fisterra, un rincón que lleva en el propio nombre una geografía y casi una declaración de intenciones. Finis terrae: el fin de la tierra.. A fin de cuentas, mucho antes de que existiese el Camino de Santiago, las tierras más occidentales de Europa ya estaban vinculadas a antiguas creencias relacionadas con el viaje diario del sol. La tradición sitúa en este entorno el Promontorium Nerium y el Ara Solis, el altar del sol. Después llegaría la vinculación jacobea. La antigua ciudad de Duio aparece citada en el Códex Calixtinus y existen documentos de 1119 que hablan ya de dar cobijo a los peregrinos que alcanzaban estas tierras.. Siglos después continúan llegando. Fisterra conserva esa condición de epílogo del Camino, el lugar hasta el que muchos peregrinos siguen andando después de alcanzar Santiago para encontrarse con el océano y contemplar cómo el sol desaparece en el horizonte.. Del puerto al fin de la tierra. Hawking llegó hasta allí en septiembre de 2008 después de viajar a Galicia para recibir en Santiago el Premio Fonseca. Y antes de encontrarse con el cabo conoció el otro Fisterra, el que mira al mar desde el puerto.. La villa creció en forma de anfiteatro alrededor de él. Allí sigue concentrándose buena parte de su vida cotidiana, entre pequeñas embarcaciones de bajura, redes, pescado y marisco. El Atlántico que convirtió este lugar en mito es también el que durante generaciones dio de comer a sus habitantes.. Por ese puerto pasó Hawking.. Su llegada provocó una escena difícil de olvidar. Los clientes de la terraza de un establecimiento comenzaron espontáneamente a levantarse y a aplaudir cuando lo vieron pasar. Los peregrinos se arremolinaron para fotografiarlo, una vecina le regaló un cuadro y el propio científico pidió una fotografía con Fisterra al fondo.. Después se sentó a comer en O Centolo, con vistas al puerto y al monte Pindo. Sobre la mesa hubo camarones, percebes, navajas, castañeta y lubina. Los percebes, según se recordaría después, le encantaron.. Quedaba todavía subir al cabo.. Hawking frente al Atlántico. La carretera que deja atrás el pueblo conduce hacia un paisaje cargado durante siglos de historias. Fisterra es tierra de pescadores, pero también de leyendas y naufragios. El Ara Solis, San Guillermo, las Piedras Santas, el Santo Cristo o la antigua Dugium forman parte de un imaginario construido entre la tierra y un océano que nunca fue un vecino dócil.. En ese extremo se levantó en 1853 el faro que todavía vigila una de las costas más temidas por los navegantes. Hasta allí llegó Hawking. Por las dificultades de movilidad no pudo descender hasta la punta situada bajo el faro y tuvo que detenerse unos metros antes. Frente a él quedaba el Atlántico. A un lado, el perfil de la costa. Al fondo, el monte Pindo.. Era aquel «hermoso lugar» que recordaría después. Y bajo el mar había algo que ninguno de los presentes conocía.. En 1929, un buque llamado Hawkinge había naufragado en aquellas aguas después de escorar en medio de una intensa niebla. Casi ochenta años más tarde, Stephen Hawking se había detenido casualmente unos metros por encima, prácticamente en paralelo al lugar en el que se había hundido aquel barco.. La coincidencia se descubrió después. El físico gallego Jorge Mira fue quien se la comunicó a Hawking.. Fisterra acabaría devolviéndole también aquel recuerdo. El 12 de abril de 2017 se inauguró en el cabo la Praza Stephen Hawking, casi nueve años después de su visita.. Desde entonces, su nombre permanece junto al antiguo finis terrae. Un lugar al que durante siglos han llegado peregrinos, navegantes y viajeros para detenerse frente al mismo océano que Hawking contempló aquella tarde y hacerse, quizá, la más antigua de las preguntas: qué hay más allá.
El físico británico visitó Fisterra, probó los percebes y se detuvo sin saberlo donde había naufragado un barco con un nombre sorprendentemente parecido al suyo
Stephen Hawking pasó buena parte de su vida intentando explicar dónde empieza el universo. El 25 de septiembre de 2008 decidió acercarse hasta el lugar donde, durante siglos, muchos creyeron que terminaba el mundo. Aquel día, uno de los científicos más famosos del planeta llegó a Fisterra. Comió percebes frente al puerto, fue recibido entre aplausos, quiso llevarse una fotografía con el pueblo al fondo y acabó detenido ante el Atlántico, a pocos metros del faro. Lo que nadie sabía entonces era que, justo bajo aquel lugar, el mar escondía una extraordinaria coincidencia con su propio nombre.. «Disfruté de mi viaje al fin del mundo. Qué hermoso lugar». Así recordaría Hawking su paso por Fisterra, un rincón que lleva en el propio nombre una geografía y casi una declaración de intenciones. Finis terrae: el fin de la tierra.. A fin de cuentas, mucho antes de que existiese el Camino de Santiago, las tierras más occidentales de Europa ya estaban vinculadas a antiguas creencias relacionadas con el viaje diario del sol. La tradición sitúa en este entorno el Promontorium Nerium y el Ara Solis, el altar del sol. Después llegaría la vinculación jacobea. La antigua ciudad de Duio aparece citada en el Códex Calixtinus y existen documentos de 1119 que hablan ya de dar cobijo a los peregrinos que alcanzaban estas tierras.. Siglos después continúan llegando. Fisterra conserva esa condición de epílogo del Camino, el lugar hasta el que muchos peregrinos siguen andando después de alcanzar Santiago para encontrarse con el océano y contemplar cómo el sol desaparece en el horizonte.. Del puerto al fin de la tierra. Hawking llegó hasta allí en septiembre de 2008 después de viajar a Galicia para recibir en Santiago el Premio Fonseca. Y antes de encontrarse con el cabo conoció el otro Fisterra, el que mira al mar desde el puerto.. La villa creció en forma de anfiteatro alrededor de él. Allí sigue concentrándose buena parte de su vida cotidiana, entre pequeñas embarcaciones de bajura, redes, pescado y marisco. El Atlántico que convirtió este lugar en mito es también el que durante generaciones dio de comer a sus habitantes.. Por ese puerto pasó Hawking.. Su llegada provocó una escena difícil de olvidar. Los clientes de la terraza de un establecimiento comenzaron espontáneamente a levantarse y a aplaudir cuando lo vieron pasar. Los peregrinos se arremolinaron para fotografiarlo, una vecina le regaló un cuadro y el propio científico pidió una fotografía con Fisterra al fondo.. Después se sentó a comer en O Centolo, con vistas al puerto y al monte Pindo. Sobre la mesa hubo camarones, percebes, navajas, castañeta y lubina. Los percebes, según se recordaría después, le encantaron.. Quedaba todavía subir al cabo.. Hawking frente al Atlántico. La carretera que deja atrás el pueblo conduce hacia un paisaje cargado durante siglos de historias. Fisterra es tierra de pescadores, pero también de leyendas y naufragios. El Ara Solis, San Guillermo, las Piedras Santas, el Santo Cristo o la antigua Dugium forman parte de un imaginario construido entre la tierra y un océano que nunca fue un vecino dócil.. En ese extremo se levantó en 1853 el faro que todavía vigila una de las costas más temidas por los navegantes. Hasta allí llegó Hawking. Por las dificultades de movilidad no pudo descender hasta la punta situada bajo el faro y tuvo que detenerse unos metros antes. Frente a él quedaba el Atlántico. A un lado, el perfil de la costa. Al fondo, el monte Pindo.. Era aquel «hermoso lugar» que recordaría después. Y bajo el mar había algo que ninguno de los presentes conocía.. En 1929, un buque llamado Hawkinge había naufragado en aquellas aguas después de escorar en medio de una intensa niebla. Casi ochenta años más tarde, Stephen Hawking se había detenido casualmente unos metros por encima, prácticamente en paralelo al lugar en el que se había hundido aquel barco.. La coincidencia se descubrió después. El físico gallego Jorge Mira fue quien se la comunicó a Hawking.. Fisterra acabaría devolviéndole también aquel recuerdo. El 12 de abril de 2017 se inauguró en el cabo la Praza Stephen Hawking, casi nueve años después de su visita.. Desde entonces, su nombre permanece junto al antiguo finis terrae. Un lugar al que durante siglos han llegado peregrinos, navegantes y viajeros para detenerse frente al mismo océano que Hawking contempló aquella tarde y hacerse, quizá, la más antigua de las preguntas: qué hay más allá.
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