Yo viví aquel tiempo en que llamabas por teléfono a alguien y lo cogía. No hacía falta que fuera tu madre o tu novio; un simple compañero, un operario, un vecino…, aún sin saber de quien se trataba, te lo cogía, pues ese aparato estaba para comunicarte. En mi casa materna, lo recuerdo, hasta nos hacía ilusión su timbre y, a menudo, corríamos a ver quién de todos lo descolgaba. Estuviera quien estuviera al otro lado, se generaba una conversación afable hasta que la voz gritaba el nombre del afortunado al que requerían por cable. Parece que en aquellos años atender a los otros, era un ejercicio normal, una práctica de buena educación. El sentido del tiempo era seguramente diferente. El estrés todavía no nos devoraba. Además, éramos mucho más confiados. No tenías aversión a los spams, a los vendedores de sobremesa, a las máquinas que te despiertan para meterte un rollo sin escucha… Yo, al menos, recuerdo que en mi casa cuando llamaban, abríamos. Hoy no solo desatendemos el teléfono, hoy no estamos disponibles. Algunos, qué torpeza, ponen esta frase en su estado de wasap del móvil. Otros muchos no lo exponen, pero no contestan a los mensajes personales que reciben. Es como si ese acto de pésima educación les diera categoría. Piensan, ilusos, que siendo el ser más ocupado del universo será también el más importante. Hay otros que directamente no leen lo que les llega ni por el buzón, ni por el mail, ni por el móvil. ¿Es que no tienen capacidad para distinguir? ¿Es que pasan del mundo? ¿Es que tienen tanto poder que no necesitan a los demás? Mas dura será la caída, que decía aquel. Finalmente, los hay también, que si lo leen, pero tan deprisa o desinteresadamente, que lo leen mal y solo contestan a aquello que intuyeron desde su desidia. Algunos jetas cuando se les reclama, comentan que el mensaje se debió perder en el caos virtual. Sé que estamos bombardeados por mercaderes sin piedad, pero hay que discernir, como hacen las personas verdaderamente importantes.
Hoy no solo desatendemos el teléfono, hoy no estamos disponibles
Yo viví aquel tiempo en que llamabas por teléfono a alguien y lo cogía. No hacía falta que fuera tu madre o tu novio; un simple compañero, un operario, un vecino…, aún sin saber de quien se trataba, te lo cogía, pues ese aparato estaba para comunicarte. En mi casa materna, lo recuerdo, hasta nos hacía ilusión su timbre y, a menudo, corríamos a ver quién de todos lo descolgaba. Estuviera quien estuviera al otro lado, se generaba una conversación afable hasta que la voz gritaba el nombre del afortunado al que requerían por cable. Parece que en aquellos años atender a los otros, era un ejercicio normal, una práctica de buena educación. El sentido del tiempo era seguramente diferente. El estrés todavía no nos devoraba. Además, éramos mucho más confiados. No tenías aversión a los spams, a los vendedores de sobremesa, a las máquinas que te despiertan para meterte un rollo sin escucha… Yo, al menos, recuerdo que en mi casa cuando llamaban, abríamos. Hoy no solo desatendemos el teléfono, hoy no estamos disponibles. Algunos, qué torpeza, ponen esta frase en su estado de wasap del móvil. Otros muchos no lo exponen, pero no contestan a los mensajes personales que reciben. Es como si ese acto de pésima educación les diera categoría. Piensan, ilusos, que siendo el ser más ocupado del universo será también el más importante. Hay otros que directamente no leen lo que les llega ni por el buzón, ni por el mail, ni por el móvil. ¿Es que no tienen capacidad para distinguir? ¿Es que pasan del mundo? ¿Es que tienen tanto poder que no necesitan a los demás? Mas dura será la caída, que decía aquel. Finalmente, los hay también, que si lo leen, pero tan deprisa o desinteresadamente, que lo leen mal y solo contestan a aquello que intuyeron desde su desidia. Algunos jetas cuando se les reclama, comentan que el mensaje se debió perder en el caos virtual. Sé que estamos bombardeados por mercaderes sin piedad, pero hay que discernir, como hacen las personas verdaderamente importantes.
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