Pocos objetos del hogar acompañan tantas horas en nuestro día a día como aquel sobre el que nos tumbamos todas las noches. Si el mejor amigo del hombre es el perro, el segundo es ese colchón que nos ha dado tantos años de paz y tranquilidad. Eso sí, la mayoría de las personas ignoran que estos poseen una fecha de caducidad tan evidente como cualquier otra cosa, ya sea alimento, objeto, tecnología… etc.. Según los especialistas, el equipo de descanso debe ser renovado cuando es necesario, y esto no es un capricho, es una necesidad. Se trata de una medida sanitaria cuyos efectos se notan, sobre todo, en la claridad con la que uno afronta cada jornada.. Entre los ocho y los diez años. Aproximadamente, la obsolescencia de un colchón está diseñada para que se pueda disfrutar de él entre los 8-10 años. De hecho, casi todos los profesionales que guardan un vínculo este sector y esta actividad suelen ofrecer ese baremo. Cuando llega ese momento, los materiales empiezan a claudicarse, y prueba de ello son la pérdida de la densidad de las espumas, el destensamiento de los muelles o que las capas viscoelásticas dejan de volver a su forma habitual tras el paso de la noche. Eso sí, también se pueden señalar otros como el mal olor, ese ruido excesivo con un movimiento mínimo o ese cambio de color a raíz que pasa el tiempo, entre otros.. Además, otra señal evidente de que el equipo de descanso está deteriorado no es el colchón en sí, sino los problemas físicos que provocan. Los fisioterapeutas suelen poner entre los síntomas más frecuentes amanecer con la espalda dolorida o arrastrar una fatiga desproporcionada respecto a las horas dormidas; aunque todavía puede ser más sencillo. Si se duerme en otro sitio que no sea el dormitorio habitual y se descansa mejor, eso ya es una aliciente para valorar la posibilidad de que la cama necesita un cambio.. Otra calve, el séptimo año de antigüedad. Desde el ámbito sanitario, las conclusiones son todavía más negativas. Noche tras noche, esta superficie absorbe sudor, células muertas y partículas que se quedan suspendidas en el aire, lo cual es el ambiente perfecto para bacterias, ácaros y hongos. Una funda no puede hacer frente a esto, como tampoco un lavado semanal de las sábanas. Por ello, cuando llega el séptimo año de antigüedad, los profesionales aseguran que existen mayores probabilidades de que aparezcan cuadros de rinitis, asma bronquial o dermatitis, sobre todo en aquellas personas con la piel más sensible.. Hay que atender también a las circunstancias personales y a la vejez de cada uno que duerme en su cama. Un embarazo, una oscilación notable de peso, una hernia discal recién diagnosticada, una intervención quirúrgica o simplemente el avance inexorable de los años modifican la manera en que el cuerpo se apoya mientras descansa. Los niños, por su parte, atraviesan etapas de crecimiento que exigen revisiones mucho más frecuentes.. En cuanto al momento del año más indicado para cambiar el colchón, los expertos insisten en que la primavera y el otoño son las estaciones más favorables. Ambas franjas coinciden con ese cambio de tiempo que animan a revisar los armarios, guardar o sacar los edredones y modificar la ropa de cama, por lo que aprovechar esos momentos será perfecto para estrenarse en un clima un poco más templado, todo ello sin ese calor excesivo del verano o las heladas que caen en invierno.
Los profesionales han avisado en reiteradas ocasiones que hay que vigilar varios factores
Pocos objetos del hogar acompañan tantas horas en nuestro día a día como aquel sobre el que nos tumbamos todas las noches. Si el mejor amigo del hombre es el perro, el segundo es ese colchón que nos ha dado tantos años de paz y tranquilidad. Eso sí, la mayoría de las personas ignoran que estos poseen una fecha de caducidad tan evidente como cualquier otra cosa, ya sea alimento, objeto, tecnología… etc.. Según los especialistas, el equipo de descanso debe ser renovado cuando es necesario, y esto no es un capricho, es una necesidad. Se trata de una medida sanitaria cuyos efectos se notan, sobre todo, en la claridad con la que uno afronta cada jornada.. Entre los ocho y los diez años. Aproximadamente, la obsolescencia de un colchón está diseñada para que se pueda disfrutar de él entre los 8-10 años. De hecho, casi todos los profesionales que guardan un vínculo este sector y esta actividad suelen ofrecer ese baremo. Cuando llega ese momento, los materiales empiezan a claudicarse, y prueba de ello son la pérdida de la densidad de las espumas, el destensamiento de los muelles o que las capas viscoelásticas dejan de volver a su forma habitual tras el paso de la noche. Eso sí, también se pueden señalar otros como el mal olor, ese ruido excesivo con un movimiento mínimo o ese cambio de color a raíz que pasa el tiempo, entre otros.. Además, otra señal evidente de que el equipo de descanso está deteriorado no es el colchón en sí, sino los problemas físicos que provocan. Los fisioterapeutas suelen poner entre los síntomas más frecuentes amanecer con la espalda dolorida o arrastrar una fatiga desproporcionada respecto a las horas dormidas; aunque todavía puede ser más sencillo. Si se duerme en otro sitio que no sea el dormitorio habitual y se descansa mejor, eso ya es una aliciente para valorar la posibilidad de que la cama necesita un cambio.. Otra calve, el séptimo año de antigüedad. Desde el ámbito sanitario, las conclusiones son todavía más negativas. Noche tras noche, esta superficie absorbe sudor, células muertas y partículas que se quedan suspendidas en el aire, lo cual es el ambiente perfecto para bacterias, ácaros y hongos. Una funda no puede hacer frente a esto, como tampoco un lavado semanal de las sábanas. Por ello, cuando llega el séptimo año de antigüedad, los profesionales aseguran que existen mayores probabilidades de que aparezcan cuadros de rinitis, asma bronquial o dermatitis, sobre todo en aquellas personas con la piel más sensible.. Hay que atender también a las circunstancias personales y a la vejez de cada uno que duerme en su cama. Un embarazo, una oscilación notable de peso, una hernia discal recién diagnosticada, una intervención quirúrgica o simplemente el avance inexorable de los años modifican la manera en que el cuerpo se apoya mientras descansa. Los niños, por su parte, atraviesan etapas de crecimiento que exigen revisiones mucho más frecuentes.. En cuanto al momento del año más indicado para cambiar el colchón, los expertos insisten en que la primavera y el otoño son las estaciones más favorables. Ambas franjas coinciden con ese cambio de tiempo que animan a revisar los armarios, guardar o sacar los edredones y modificar la ropa de cama, por lo que aprovechar esos momentos será perfecto para estrenarse en un clima un poco más templado, todo ello sin ese calor excesivo del verano o las heladas que caen en invierno.
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