El 24 de febrero de 2022 sigue siendo una fecha maldita para los rusos. Ese día cambió la manera de vivir de millones de personas que siguen atrapadas entre sentimientos encontrados y sanciones. Nadie podía imaginar, 52 meses después, que la contienda lanzada por el Kremlin seguiría candente. Seguramente, tampoco lo pensaba ninguno de los asesores del presidente Putin, que no llegaron a prever el tamaño de la ayuda recibida por Ucrania por parte de Occidente.. Este hecho rompió los pronósticos más pesimistas de Moscú, convirtiendo a los países de este bloque en enemigos acérrimos de Rusia, marcando una retórica de amenazas que crece cada día. Serguéi Lavrov, que lleva décadas al frente de la diplomacia rusa, afirmó hace unos días que Europa se está convirtiendo en «una amenaza importante para la paz y la seguridad internacionales». No parecía estar improvisando, sino ejecutando un guion. El mismo que el Kremlin lleva semanas repitiendo con una intensidad nunca vista, incluyendo amenazas nucleares, comparaciones con el nazismo y advertencias directas a la población civil europea. Moscú ha decidido subir el volumen, y hay razones concretas para entender por qué.. Rusia acusa a Europa de prolongar la guerra. Las conversaciones encabezadas por Estados Unidos para poner fin a la invasión a gran escala de Ucrania están prácticamente paralizadas y la atención del presidente Donald Trump se ha desviado hacia Oriente Medio y Moscú interpreta ese vacío como una oportunidad. Lavrov lo dijo sin rodeos ante representantes diplomáticos en Moscú: Washington «parece estar renunciando a cualquier pretensión de desempeñar el papel de mediador objetivo» y en su lugar aplica «una línea de creciente presión de sanciones sobre Rusia.». Por su parte, el asesor presidencial, Yuri Ushakov, completó el mensaje con la narrativa habitual del Kremlin: es Europa, no Rusia, quien prolonga la guerra, acusando al mismo tiempo a Bruselas de intentar «socavar los acuerdos de Anchorage», en referencia a la cumbre de Alaska celebrada entre Trump y Putin el año pasado, que concluyó sin compromisos formales pero que Moscú interpreta como una aceptación tácita de sus condiciones. Lo que más inquieta de la ofensiva verbal rusa es la agitación a propósito del arsenal nuclear.. El viceministro de Exteriores, Sergei Ryabkov, ha advertido públicamente que Moscú tiene su armamento estratégico “en un estado de preparación absoluta” para ser usado si potencias extranjeras intentan irrumpir por la fuerza en territorio ruso. Y fue más lejos señalando que incluso países sin capacidad nuclear propia podrían ser objetivo de una respuesta nuclear rusa si son considerados como parte de una agresión contra Rusia. El fondo de la advertencia no es nuevo, pero sí su tono. Ryabkov llamó formalmente a los líderes del mundo a tomar «con la mayor seriedad posible» la doctrina nuclear rusa, en lo que el Kremlin presenta como una línea roja en el avance del apoyo occidental a Ucrania.. Escalada retórica. La retórica ha llegado a niveles que dos años atrás habrían parecido impensables. Lavrov ha equiparado directamente a Alemania con el nazismo y ha llamado a Zelenski el «Führer» europeo, argumentando que «bajo su mandato se está gestando una nueva unificación de los europeos». En abril, Dmitri Medvédev, Vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia, advirtió que todas las empresas militares europeas que suministran armas a Ucrania son «objetivos potenciales». Tras registrarse varios heridos en Rumania por la caída de un dron ruso, lanzó un aviso a los ciudadanos europeos: Tienen que entender que sus gobernantes han comenzado una guerra unilateral contra Rusia. Su tranquilo sueño ha terminado.». Los expertos ven diversas razones para explicar la escalada de la retórica justo ahora. Las conversaciones están bloqueadas, y Moscú tiene que presionar sin ceder. La popularidad de Putin está cayendo en casa y una amenaza externa siempre ha sido el instrumento más eficaz para movilizar a la sociedad rusa. En la Duma, diputados como el ex general Andréi Guruliov reclaman una nueva movilización.. Y Bielorrusia, aliado más cercano de Moscú, ha advertido a través de su ministro de Defensa que el peligro de un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN se encuentra en un nivel «extremadamente crítico», señalando el despliegue de 21.000 soldados aliados en Polonia y los países bálticos como señal de preparativos para un choque armado. Los mensajes del Kremlin son además deliberadamente contradictorios, lo que forma parte de la estrategia.. El portavoz presidencial, Dmitri Peskov ha afirmado que «las armas europeas nos disparan directamente» y que «es imposible resolver los problemas sin diálogo». Con su ambigüedad calculada, Occidente se mantiene en vilo sin cerrar ninguna puerta. Lo que sí está claro es que Moscú ha decidido que la mejor defensa, mientras duermen las negociaciones, es una ofensiva verbal que haga a Europa mirar hacia su propio miedo.
El 24 de febrero de 2022 sigue siendo una fecha maldita para los rusos. Ese día cambió la manera de vivir de millones de personas que siguen atrapadas entre sentimientos encontrados y sanciones. Nadie podía imaginar, 52 meses después, que la contienda lanzada por el Kremlin seguiría candente. Seguramente, tampoco lo pensaba ninguno de los asesores del presidente Putin, que no llegaron a prever el tamaño de la ayuda recibida por Ucrania por parte de Occidente.. Este hecho rompió los pronósticos más pesimistas de Moscú, convirtiendo a los países de este bloque en enemigos acérrimos de Rusia, marcando una retórica de amenazas que crece cada día. Serguéi Lavrov, que lleva décadas al frente de la diplomacia rusa, afirmó hace unos días que Europa se está convirtiendo en «una amenaza importante para la paz y la seguridad internacionales». No parecía estar improvisando, sino ejecutando un guion. El mismo que el Kremlin lleva semanas repitiendo con una intensidad nunca vista, incluyendo amenazas nucleares, comparaciones con el nazismo y advertencias directas a la población civil europea. Moscú ha decidido subir el volumen, y hay razones concretas para entender por qué.. Rusia acusa a Europa de prolongar la guerra. Las conversaciones encabezadas por Estados Unidos para poner fin a la invasión a gran escala de Ucrania están prácticamente paralizadas y la atención del presidente Donald Trump se ha desviado hacia Oriente Medio y Moscú interpreta ese vacío como una oportunidad. Lavrov lo dijo sin rodeos ante representantes diplomáticos en Moscú: Washington «parece estar renunciando a cualquier pretensión de desempeñar el papel de mediador objetivo» y en su lugar aplica «una línea de creciente presión de sanciones sobre Rusia.». Por su parte, el asesor presidencial, Yuri Ushakov, completó el mensaje con la narrativa habitual del Kremlin: es Europa, no Rusia, quien prolonga la guerra, acusando al mismo tiempo a Bruselas de intentar «socavar los acuerdos de Anchorage», en referencia a la cumbre de Alaska celebrada entre Trump y Putin el año pasado, que concluyó sin compromisos formales pero que Moscú interpreta como una aceptación tácita de sus condiciones. Lo que más inquieta de la ofensiva verbal rusa es la agitación a propósito del arsenal nuclear.. El viceministro de Exteriores, Sergei Ryabkov, ha advertido públicamente que Moscú tiene su armamento estratégico “en un estado de preparación absoluta” para ser usado si potencias extranjeras intentan irrumpir por la fuerza en territorio ruso. Y fue más lejos señalando que incluso países sin capacidad nuclear propia podrían ser objetivo de una respuesta nuclear rusa si son considerados como parte de una agresión contra Rusia. El fondo de la advertencia no es nuevo, pero sí su tono. Ryabkov llamó formalmente a los líderes del mundo a tomar «con la mayor seriedad posible» la doctrina nuclear rusa, en lo que el Kremlin presenta como una línea roja en el avance del apoyo occidental a Ucrania.. Escalada retórica. La retórica ha llegado a niveles que dos años atrás habrían parecido impensables. Lavrov ha equiparado directamente a Alemania con el nazismo y ha llamado a Zelenski el «Führer» europeo, argumentando que «bajo su mandato se está gestando una nueva unificación de los europeos». En abril, Dmitri Medvédev, Vicepresidente del Consejo de Seguridad de la Federación de Rusia, advirtió que todas las empresas militares europeas que suministran armas a Ucrania son «objetivos potenciales». Tras registrarse varios heridos en Rumania por la caída de un dron ruso, lanzó un aviso a los ciudadanos europeos: Tienen que entender que sus gobernantes han comenzado una guerra unilateral contra Rusia. Su tranquilo sueño ha terminado.». Los expertos ven diversas razones para explicar la escalada de la retórica justo ahora. Las conversaciones están bloqueadas, y Moscú tiene que presionar sin ceder. La popularidad de Putin está cayendo en casa y una amenaza externa siempre ha sido el instrumento más eficaz para movilizar a la sociedad rusa. En la Duma, diputados como el ex general Andréi Guruliov reclaman una nueva movilización.. Y Bielorrusia, aliado más cercano de Moscú, ha advertido a través de su ministro de Defensa que el peligro de un enfrentamiento directo entre Rusia y la OTAN se encuentra en un nivel «extremadamente crítico», señalando el despliegue de 21.000 soldados aliados en Polonia y los países bálticos como señal de preparativos para un choque armado. Los mensajes del Kremlin son además deliberadamente contradictorios, lo que forma parte de la estrategia.. El portavoz presidencial, Dmitri Peskov ha afirmado que «las armas europeas nos disparan directamente» y que «es imposible resolver los problemas sin diálogo». Con su ambigüedad calculada, Occidente se mantiene en vilo sin cerrar ninguna puerta. Lo que sí está claro es que Moscú ha decidido que la mejor defensa, mientras duermen las negociaciones, es una ofensiva verbal que haga a Europa mirar hacia su propio miedo.
El ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, asegura que Europa se está convirtiendo en «una amenaza importante para la paz y la seguridad internacionales»
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