La violencia machista contra las mujeres es una epidemia global. Según el informe más reciente de Naciones Unidas sobre feminicidios, se cobra una media de 140 víctimas diarias en todo el mundo, una cifra que equivale, cada día, a la desaparición de una pequeña aldea de mujeres. En España, la última macroencuesta sobre violencia de género (2024) muestra que el 9,2% de las mujeres residentes en España de 16 años o más han sufrido violencia física de su pareja en algún momento de su vida (lo que implica aproximadamente casi dos millones de mujeres), el 3% (629.994) en los cuatro años previos a las entrevistas, y el 1,5% (326.298) en el último año. Son cifras que describen una vergonzosa violación de los derechos humanos a escala planetaria. Y, sin embargo, no deja de crecer: un goteo constante y feroz que erosiona nuestras sociedades, sin que la indignación puntual que provoca cada nuevo caso llegue a traducirse en un cambio estructural duradero.. Seguir leyendo
Tratar la violencia machista como una sucesión de tragedias individuales es lo que ha permitido que siga siendo una epidemia que sufren las mujeres
La violencia machista contra las mujeres es una epidemia global. Según el informe más reciente de Naciones Unidas sobre feminicidios, se cobra una media de 140 víctimas diarias en todo el mundo, una cifra que equivale, cada día, a la desaparición de una pequeña aldea de mujeres. En España, la última macroencuesta sobre violencia de género (2024) muestra que el 9,2% de las mujeres residentes en España de 16 años o más han sufrido violencia física de su pareja en algún momento de su vida (lo que implica aproximadamente casi dos millones de mujeres), el 3% (629.994) en los cuatro años previos a las entrevistas, y el 1,5% (326.298) en el último año. Son cifras que describen una vergonzosa violación de los derechos humanos a escala planetaria. Y, sin embargo, no deja de crecer: un goteo constante y feroz que erosiona nuestras sociedades, sin que la indignación puntual que provoca cada nuevo caso llegue a traducirse en un cambio estructural duradero.. El reciente asesinato de Laura Cruz a manos de su expareja ilustra con crudeza el mecanismo que sostiene esta violencia en cualquier rincón del mundo. La niña india casada antes de tiempo; la mujer sudafricana asaltada en plena calle; el ama de casa maltratada durante décadas por su marido; o, en este caso, una guardia civil asesinada por su expareja, también guardia civil. Todas comparten la misma carencia que atraviesa a cada víctima de violencia de género: la pérdida de control sobre su propia vida.. La violencia machista no se parece a ningún otro delito violento. Ocurre en el espacio familiar, precisamente el lugar en el que todas y todos nos deberíamos sentir seguras. La violencia la ejerce alguien a quien no solo se conoce, sino con quien se comparte cariño, intimidad, un proyecto de vida, e incluso hijos e hijas. Alguien que dice querer a su víctima. Este tipo de violencia es corrosiva y pegajosa: suele permanecer oculta a los ojos de los allegados más íntimos porque a menudo a las lesiones físicas más visibles preceden heridas que son igualmente dañinas: la violencia verbal y emocional.. Esta violencia extiende sus tentáculos a través de mecanismos psicológicos tóxicos basados en el control obsesivo del agresor, que despliega estrategias muy variadas para limitar, vigilar y dirigir la vida de la mujer a la que dice amar, minando progresivamente su capacidad de decisión y su independencia. Un argumento recurrente entre los agresores es que el amor intenso que sienten por su pareja llega a dominar por completo su voluntad, hasta el punto de empujarles a cometer actos de una violencia y una crueldad inadmisibles. La idea de que el amor y la violencia nacen del mismo lugar no es sólo engañosa: es aterradora. Y es además una idea que nuestra cultura ha alimentado durante generaciones a través de relatos románticos donde los celos se disfrazan de pasión y el control se confunde con el cuidado.. En su libro Marcas invisibles, la periodista Sandra Susany retrata perfiles de agresores marcados por un narcisismo exacerbado, propensos al engaño y la duplicidad, con adicciones (el alcohol, sobre todo) más o menos visibles y toleradas. Los estudios académicos añaden otros factores asociados a este perfil: exposición a la violencia durante la infancia, la falta de apoyo social, la pobreza o el consumo de sustancias tóxicas. Pero esta evidencia procede sobre todo del análisis de los casos de violencia que acaban en feminicidio, y el feminicidio es solo el desenlace final de un largo camino de abusos y agresiones que a menudo permanece silenciado por los muchos desincentivos que enfrentan las víctimas a la hora de denunciar.. La producción cultural de los últimos años nos acerca a ese camino, poblado de fantasmas, silencios, miedos y una desolación absoluta. Series como Querer retratan el rechazo social pero también familiar que puede sufrir una mujer cuando se atreve a denunciar décadas de maltrato conyugal. Muchas víctimas no denuncian porque conocen de antemano el calvario que les espera: tanto la Policía como el sistema judicial ofrecen instrumentos limitados para protegerlas. Hay agujeros negros especialmente difíciles de resolver, como los recursos económicos de las mujeres para rehacer su vida, o la lentitud e ineficacia de los interminables protocolos judiciales que obligan a la víctima a revivir su trauma una y otra vez ante funcionarios, peritos y jueces. Con demasiada frecuencia, los hombres denunciados encuentran vías para eludir obligaciones económicas y sanciones penales, mientras el proceso se alarga durante años y la mujer queda atrapada en un limbo legal que la mantiene, de facto, ligada a su agresor.. El caso de Laura Cruz es otra ilustración trágica de ese largo recorrido, y también de los límites de las instituciones que deberían proteger a las víctimas. Ella trató de escapar activamente, paso a paso, con las herramientas y recursos que el sistema actual puso a su disposición, siempre alerta, haciendo todo lo que estuvo en su mano por salir de la situación en la que estaba atrapada. Lo peor es que su caso no es aislado: muchas mujeres que se atreven a denunciar acaban sumidas en una pesadilla que no termina, incapaces de liberarse del todo de su experiencia de maltrato.. Muchas mujeres que logran escapar de sus maltratadores siguen obligadas a relacionarse con ellos si comparten la custodia de sus hijos. E incluso sin hijos de por medio, numerosas víctimas siguen viviendo con el alma en vilo mucho tiempo después de escapar de una situación de maltrato, sobre todo cuando el proceso terminó con el encarcelamiento del agresor. Las entregas y recogidas de los niños se convierten entonces en momentos especialmente peligrosos.. Todo esto debería llevarnos a repensar la naturaleza compleja de la violencia de género. Aunque ocurra en el ámbito privado y familiar, tiene consecuencias muy graves para la salud pública de millones de personas en el mundo. No es solo un problema de Laura, que tuvo la mala suerte de elegir mal a su pareja. Si le ha pasado a ella, nos puede pasar a cualquiera. Tratarlo como una sucesión de tragedias individuales, ajenas y lejanas, es precisamente lo que ha permitido que la violencia machista siga siendo, año tras año, una de las principales causas de muerte violenta entre mujeres en todo el planeta.. Hace casi tres años, la hermana de otra víctima de feminicidio, la estudiante universitaria italiana Giulia Cecchettin, asesinada por su expareja, lo expresó con un mensaje contundente, con esa lucidez que a veces solo el dolor tiene el don de proporcionar. Elena Cecchettin recordó que su duelo no era privado sino público y político, y que el asesino de su hermana no fue un “monstruo” ni un “depravado” sino una persona “monstruosamente normal”. Las mujeres que llenaron las calles de varias capitales italianas en aquella ola de manifestaciones llevaban en la mano, bien visibles, las llaves de su casa: un modo de decir que la violencia de género no es algo que les pase solo a las demás. Esos chicos normales viven en nuestros propios hogares, se sientan a nuestra mesa y, muchas veces, ni siquiera ellos mismos son conscientes de estar reproduciendo un patrón que la sociedad les ha enseñado a confundir con amor. Reconocerlo no es un ejercicio de culpa colectiva, sino el primer paso necesario para desmontarlo.. Marta Fraile es profesora de investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos del CSIC.
Opinión en EL PAÍS
