Estamos estos días en plena ola de calor. Pues bien, éstas y las de frío aumentan las afecciones cardíacas. Es la conclusión de un estudio que analizó más de medio millón de eventos cardiovasculares.. El cambio climático lo concebimos desde la visión de inundaciones, incendios, sequías… eventos que afectan a la naturaleza y luego a nosotros, los humanos. Pero los expertos han descubierto otros igual de extremos: no dejan escombros, ni zonas deshabitadas y, sin embargo, están entre los fenómenos más letales del planeta. Actúan en silencio, día a día, alterando el equilibrio más delicado que tenemos: el del corazón. Se trata de las olas de frío y calor.. Europa, y buena parte del mundo, está experimentando un aumento sostenido en la frecuencia, duración e intensidad de los eventos climáticos extremos. Las olas de calor, en particular, ya no son episodios excepcionales, sino fenómenos cada vez más habituales. Según organismos internacionales, la mortalidad asociada al calor ha aumentado alrededor de un 30% en los últimos veinte años en Europa, con incrementos detectados en casi todos los países monitorizados.. Al mismo tiempo, los episodios de frío extremo, aunque menos mediáticos en un contexto de calentamiento global, siguen teniendo un impacto notable en la salud cardiovascular. De hecho, descensos bruscos de temperatura pueden aumentar el riesgo de muerte por enfermedad cardíaca hasta en un 19% en determinados contextos. El problema es que no se trata solo de extremos aislados.. Los científicos llevan años advirtiendo de que el calentamiento global no implica únicamente temperaturas más altas, sino también mayor variabilidad: más olas de calor, pero también eventos de frío intensos, cambios bruscos. Un clima más inestable. Y, con él, un cuerpo humano sometido a un estrés constante.. En ese contexto se sitúa un nuevo estudio presentado por la Sociedad Europea de Cardiología, que pone cifras a lo que no vemos, pero sentimos. Los autores, liderados por Lukasz Kuzma, analizaron 573.538 eventos cardiovasculares mayores –los llamados Macce–, 377.373 muertes cardiovasculares y otras 831.246 por cualquier causa registradas durante el periodo de estudio.. No es, en absoluto, una muestra circunstancial que dificulta extrapolarla a un país o a un continente, es una fotografía a gran escala. Y lo que revela es preocupante.. Según el equipo de Kuzma, tanto las olas de calor como las de frío se asocian con aumentos significativos en los eventos cardiovasculares. Pero no lo hacen de la misma manera. El calor tiende a tener un efecto más inmediato, casi agudo: el riesgo aumenta el mismo día de la exposición. El frío, en cambio, actúa con retraso, prolongando su impacto durante varios días. Son dos mecanismos distintos para llegar a un mismo resultado. «Las olas de calor y de frío están asociadas con un aumento de eventos cardiovasculares, y este efecto se ve agravado por la contaminación del aire» –afirma Kuzma–. «Nuestros resultados ponen de manifiesto que los problemas del cambio climático se extienden ahora al norte de Europa y demuestran los considerables riesgos combinados de las temperaturas extremas y la contaminación atmosférica en el aumento de los eventos cardiovasculares».. Es decir, el clima no actúa solo. Se combina con otros factores ambientales, creando una especie de tormenta perfecta para el sistema cardiovascular. La «buena noticia» es que la biología detrás de este fenómeno es compleja, pero empieza a ser comprendida.. El calor extremo obliga al cuerpo a disipar energía: dilata los vasos sanguíneos, aumenta la frecuencia cardíaca, favorece la deshidratación. Todo ello puede incrementar la carga sobre el corazón y desestabilizar condiciones preexistentes. El frío, por el contrario, contrae los vasos sanguíneos, eleva la presión arterial y puede desencadenar eventos como infartos o ictus. Otra vez dos respuestas similares del organismo a eventos opuestos.. Pero hay otro matiz importante en los resultados: no todas las personas se ven afectadas de la misma manera. El estudio señala que el impacto es especialmente notable en ciertos grupos, y que factores como la contaminación del aire pueden amplificar los efectos, particularmente en mujeres y en personas más jóvenes. Este dato rompe otra intuición habitual: que el riesgo climático es casi exclusivamente un problema de población mayor. Lo que emerge, en realidad, es una interacción compleja entre clima, entorno y biología individual. Una red de factores que convierte al corazón en un sensor extremadamente sensible del mundo que habitamos.. El origen del estudio, de hecho, está en esa complejidad. El equipo de Kuzma no buscaba solo confirmar una relación, sino entender cómo se produce. Y una de las conclusiones más relevantes es que los eventos extremos no actúan de forma aislada, sino acumulativa. Una ola de calor en una ciudad con alta contaminación no es lo mismo que esa misma ola en un entorno más limpio. El contexto importa. Mucho. Y eso tiene implicaciones directas.. Porque si el riesgo cardiovascular está aumentando en paralelo a los eventos climáticos extremos, entonces la prevención ya no puede limitarse a los factores clásicos (dieta, ejercicio, genética). Debe incorporar también el entorno. La calidad del aire. La temperatura. La planificación urbana. La capacidad de adaptación de las ciudades. En otras palabras, el cambio climático deja de ser un problema ambiental para convertirse, de forma directa, en un problema de salud cardiovascular. Y con ello surge un nuevo parámetro. Conocemos el genoma, el bioma, pero ahora se presenta el exposoma, todos los factores ambientales, sociales, de estilo de vida y biológicos a los que estamos expuestos desde que nacemos. «Continuaremos estudiando el exposoma» –concluye Kuzma–, «considerando la interconexión de los cambios ambientales adversos, su impacto agudo y crónico, y los efectos directos e indirectos sobre las personas y el sistema de salud. Asimismo, nuestro objetivo es desarrollar un método para incorporar factores ambientales en un algoritmo de predicción del riesgo cardiovascular, lo que permitirá una focalización más eficaz de las medidas preventivas».. No es una advertencia abstracta. Es una cuestión médica. Durante tiempo hemos pensado en el corazón como un órgano interno, aislado, protegido por el cuerpo. Algo que responde a lo que comemos, a lo que heredamos, a cómo vivimos. Pero cada vez es más evidente que responde a algo más. Y en ese diálogo constante entre nuestro cuerpo y el entorno, hay señales que apenas empezamos a entender. Al fin y al cabo, el corazón, no late en el vacío.
Temperaturas, entorno y biología individual se muestran muy integrados, como resaltan los ensayos clínicos sobre cómo nos afecta el cambio climático
Estamos estos días en plena ola de calor. Pues bien, éstas y las de frío aumentan las afecciones cardíacas. Es la conclusión de un estudio que analizó más de medio millón de eventos cardiovasculares.. El cambio climático lo concebimos desde la visión de inundaciones, incendios, sequías… eventos que afectan a la naturaleza y luego a nosotros, los humanos. Pero los expertos han descubierto otros igual de extremos: no dejan escombros, ni zonas deshabitadas y, sin embargo, están entre los fenómenos más letales del planeta. Actúan en silencio, día a día, alterando el equilibrio más delicado que tenemos: el del corazón. Se trata de las olas de frío y calor.. Europa, y buena parte del mundo, está experimentando un aumento sostenido en la frecuencia, duración e intensidad de los eventos climáticos extremos. Las olas de calor, en particular, ya no son episodios excepcionales, sino fenómenos cada vez más habituales. Según organismos internacionales, la mortalidad asociada al calor ha aumentado alrededor de un 30% en los últimos veinte años en Europa, con incrementos detectados en casi todos los países monitorizados.. Al mismo tiempo, los episodios de frío extremo, aunque menos mediáticos en un contexto de calentamiento global, siguen teniendo un impacto notable en la salud cardiovascular. De hecho, descensos bruscos de temperatura pueden aumentar el riesgo de muerte por enfermedad cardíaca hasta en un 19% en determinados contextos. El problema es que no se trata solo de extremos aislados.. Los científicos llevan años advirtiendo de que el calentamiento global no implica únicamente temperaturas más altas, sino también mayor variabilidad: más olas de calor, pero también eventos de frío intensos, cambios bruscos. Un clima más inestable. Y, con él, un cuerpo humano sometido a un estrés constante.. En ese contexto se sitúa un nuevo estudio presentado por la Sociedad Europea de Cardiología, que pone cifras a lo que no vemos, pero sentimos. Los autores, liderados por Lukasz Kuzma, analizaron 573.538 eventos cardiovasculares mayores –los llamados Macce–, 377.373 muertes cardiovasculares y otras 831.246 por cualquier causa registradas durante el periodo de estudio.. No es, en absoluto, una muestra circunstancial que dificulta extrapolarla a un país o a un continente, es una fotografía a gran escala. Y lo que revela es preocupante.. Según el equipo de Kuzma, tanto las olas de calor como las de frío se asocian con aumentos significativos en los eventos cardiovasculares. Pero no lo hacen de la misma manera. El calor tiende a tener un efecto más inmediato, casi agudo: el riesgo aumenta el mismo día de la exposición. El frío, en cambio, actúa con retraso, prolongando su impacto durante varios días. Son dos mecanismos distintos para llegar a un mismo resultado. «Las olas de calor y de frío están asociadas con un aumento de eventos cardiovasculares, y este efecto se ve agravado por la contaminación del aire» –afirma Kuzma–. «Nuestros resultados ponen de manifiesto que los problemas del cambio climático se extienden ahora al norte de Europa y demuestran los considerables riesgos combinados de las temperaturas extremas y la contaminación atmosférica en el aumento de los eventos cardiovasculares».. Es decir, el clima no actúa solo. Se combina con otros factores ambientales, creando una especie de tormenta perfecta para el sistema cardiovascular. La «buena noticia» es que la biología detrás de este fenómeno es compleja, pero empieza a ser comprendida.. El calor extremo obliga al cuerpo a disipar energía: dilata los vasos sanguíneos, aumenta la frecuencia cardíaca, favorece la deshidratación. Todo ello puede incrementar la carga sobre el corazón y desestabilizar condiciones preexistentes. El frío, por el contrario, contrae los vasos sanguíneos, eleva la presión arterial y puede desencadenar eventos como infartos o ictus. Otra vez dos respuestas similares del organismo a eventos opuestos.. Pero hay otro matiz importante en los resultados: no todas las personas se ven afectadas de la misma manera. El estudio señala que el impacto es especialmente notable en ciertos grupos, y que factores como la contaminación del aire pueden amplificar los efectos, particularmente en mujeres y en personas más jóvenes. Este dato rompe otra intuición habitual: que el riesgo climático es casi exclusivamente un problema de población mayor. Lo que emerge, en realidad, es una interacción compleja entre clima, entorno y biología individual. Una red de factores que convierte al corazón en un sensor extremadamente sensible del mundo que habitamos.. El origen del estudio, de hecho, está en esa complejidad. El equipo de Kuzma no buscaba solo confirmar una relación, sino entender cómo se produce. Y una de las conclusiones más relevantes es que los eventos extremos no actúan de forma aislada, sino acumulativa. Una ola de calor en una ciudad con alta contaminación no es lo mismo que esa misma ola en un entorno más limpio. El contexto importa. Mucho. Y eso tiene implicaciones directas.. Porque si el riesgo cardiovascular está aumentando en paralelo a los eventos climáticos extremos, entonces la prevención ya no puede limitarse a los factores clásicos (dieta, ejercicio, genética). Debe incorporar también el entorno. La calidad del aire. La temperatura. La planificación urbana. La capacidad de adaptación de las ciudades. En otras palabras, el cambio climático deja de ser un problema ambiental para convertirse, de forma directa, en un problema de salud cardiovascular. Y con ello surge un nuevo parámetro. Conocemos el genoma, el bioma, pero ahora se presenta el exposoma, todos los factores ambientales, sociales, de estilo de vida y biológicos a los que estamos expuestos desde que nacemos. «Continuaremos estudiando el exposoma» –concluye Kuzma–, «considerando la interconexión de los cambios ambientales adversos, su impacto agudo y crónico, y los efectos directos e indirectos sobre las personas y el sistema de salud. Asimismo, nuestro objetivo es desarrollar un método para incorporar factores ambientales en un algoritmo de predicción del riesgo cardiovascular, lo que permitirá una focalización más eficaz de las medidas preventivas».. No es una advertencia abstracta. Es una cuestión médica. Durante tiempo hemos pensado en el corazón como un órgano interno, aislado, protegido por el cuerpo. Algo que responde a lo que comemos, a lo que heredamos, a cómo vivimos. Pero cada vez es más evidente que responde a algo más. Y en ese diálogo constante entre nuestro cuerpo y el entorno, hay señales que apenas empezamos a entender. Al fin y al cabo, el corazón, no late en el vacío.
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