La actividad del clochinero fue desde siempre muy de hombres. de rudos portuarios, de gente de mar acostumbrada a trabajar sobre los viveros de las bateas ancladas en la bocana del puerto de Valencia. Pero por tradición, por herencia y porque le gusta, Amparo María Casaus ostenta el título de la última gran clochinera, cultivadora del preciado molusco mediterráneo que aquí se conoce como clóchina o clótxina. Tuvimos ocasión de conocerla y tratarla de cerca hace unos días, gracias a la iniciativa de Casa de Pescadores, el restaurante de inspiración marinera inaugurado en noviembre en El Cabanyal. Amparín es su proveedora de clóchina, como lo es de otros establecimientos y de parroquianos que, ahora que estamos en plena temporada, se desplazan para comprárselas a ella en su pequeña tienda, «Clotxines Germans María» en la calle José Benlliure los sábados y domingos.. Amparín, como le gusta que le llamen, es una mujer atractiva, amable y simpática, pero además es una profesional decidida y fuerte que ha crecido en el mundo portuario y del cultivo de la clóchina desde niña. Además, también es estibadora.. Su vivero está en la Chitá. Su padre, Paco María, según nos cuenta ella, también empezó muy joven en el cultivo de clóchina junto a sus tres hermanos y una hermana, pero trabajaban para un jefe. Iban hasta la batea en aquellas embarcaciones turísticas de madera llamadas «las golondrinas» con las que los valencianos daban paseos por las aguas del interior de la dársena. Llegó un día en que su padre y sus tíos, familia de portuarios y de estibadores, se pudieron permitir su propio negocio de viveros de clóchinas y con los años, tras el fallecimiento de su padre con 58 años por un cáncer y según sus familiares lo iban dejando por edad, no se arredró ente el reto, al contrario, y se quedó ella con el vivero 2 que sigue explotando. Es un trabajo duro, afirma la única y posiblemente última clochinera de la costa valenciana. Y sería la última -lamenta Amparín- porque detrás de ella no hay nadie. No tiene hijos y se teme que, con ella, que disfruta con su trabajo, termine esta actividad en femenino que tantas satisfacciones proporciona a los muchísimos aficionados a este molusco que vende envuelto en mallas con la senyera valenciana.. Casa de Pescadores la convocó como a una estrella ante un grupo de comunicadores, porque el chef Marcos Moreno, que lidera la cocina del establecimiento, las prepara tanto al vapor como a la brasa y son las de Amparín las preferidas por el restaurante y por su clientela. De hecho, Amparín la clochinera, garantiza la calidad del apreciado manjar que permanecerá hasta bien entrado el verano.. En resumen, la protagonista de esta historia con título de película de suspense es heredera de una saga familiar con más de 70 años de historia. Amparín representa una forma de trabajo artesanal que ha pasado de generación en generación y que hoy se mantiene fiel a sus orígenes. En un contexto donde la producción tiende a mecanizarse, ella continúa recolectando la clóchina de manera manual, respetando los tiempos de la naturaleza y el equilibrio del entorno. «Es el cultivo más ecológico que hay: es lo que tus propias manos hagan y lo que la naturaleza te dé», afirma la profesional. La singularidad de la clóchina, más sabrosa y de menor tamaño que el mejillón, reside, entre otros factores, en la salinidad del Golfo de Valencia, que le confiere un sabor intenso y característico: «La salinidad del golfo de Valencia es única, es lo que le da ese sabor tan especial a nuestra clóchina y lo que la hace diferente».
No tiene hijos y se teme que con ella termine esta actividad en femenino que cría un molusco tan valenciano
La actividad del clochinero fue desde siempre muy de hombres. de rudos portuarios, de gente de mar acostumbrada a trabajar sobre los viveros de las bateas ancladas en la bocana del puerto de Valencia. Pero por tradición, por herencia y porque le gusta, Amparo María Casaus ostenta el título de la última gran clochinera, cultivadora del preciado molusco mediterráneo que aquí se conoce como clóchina o clótxina. Tuvimos ocasión de conocerla y tratarla de cerca hace unos días, gracias a la iniciativa de Casa de Pescadores, el restaurante de inspiración marinera inaugurado en noviembre en El Cabanyal. Amparín es su proveedora de clóchina, como lo es de otros establecimientos y de parroquianos que, ahora que estamos en plena temporada, se desplazan para comprárselas a ella en su pequeña tienda, «Clotxines Germans María» en la calle José Benlliure los sábados y domingos.. Amparín, como le gusta que le llamen, es una mujer atractiva, amable y simpática, pero además es una profesional decidida y fuerte que ha crecido en el mundo portuario y del cultivo de la clóchina desde niña. Además, también es estibadora.. Su vivero está en la Chitá. Su padre, Paco María, según nos cuenta ella, también empezó muy joven en el cultivo de clóchina junto a sus tres hermanos y una hermana, pero trabajaban para un jefe. Iban hasta la batea en aquellas embarcaciones turísticas de madera llamadas «las golondrinas» con las que los valencianos daban paseos por las aguas del interior de la dársena. Llegó un día en que su padre y sus tíos, familia de portuarios y de estibadores, se pudieron permitir su propio negocio de viveros de clóchinas y con los años, tras el fallecimiento de su padre con 58 años por un cáncer y según sus familiares lo iban dejando por edad, no se arredró ente el reto, al contrario, y se quedó ella con el vivero 2 que sigue explotando. Es un trabajo duro, afirma la única y posiblemente última clochinera de la costa valenciana. Y sería la última -lamenta Amparín- porque detrás de ella no hay nadie. No tiene hijos y se teme que, con ella, que disfruta con su trabajo, termine esta actividad en femenino que tantas satisfacciones proporciona a los muchísimos aficionados a este molusco que vende envuelto en mallas con la senyera valenciana.. Casa de Pescadores la convocó como a una estrella ante un grupo de comunicadores, porque el chef Marcos Moreno, que lidera la cocina del establecimiento, las prepara tanto al vapor como a la brasa y son las de Amparín las preferidas por el restaurante y por su clientela. De hecho, Amparín la clochinera, garantiza la calidad del apreciado manjar que permanecerá hasta bien entrado el verano.. En resumen, la protagonista de esta historia con título de película de suspense es heredera de una saga familiar con más de 70 años de historia. Amparín representa una forma de trabajo artesanal que ha pasado de generación en generación y que hoy se mantiene fiel a sus orígenes. En un contexto donde la producción tiende a mecanizarse, ella continúa recolectando la clóchina de manera manual, respetando los tiempos de la naturaleza y el equilibrio del entorno. «Es el cultivo más ecológico que hay: es lo que tus propias manos hagan y lo que la naturaleza te dé», afirma la profesional. La singularidad de la clóchina, más sabrosa y de menor tamaño que el mejillón, reside, entre otros factores, en la salinidad del Golfo de Valencia, que le confiere un sabor intenso y característico: «La salinidad del golfo de Valencia es única, es lo que le da ese sabor tan especial a nuestra clóchina y lo que la hace diferente».
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