Hoy, 21 de abril, los romanos celebraban los «Parilia», la fiesta pastoril en honor a Pales, diosa (o genio) de los rebaños. En algún momento —la tradición lo sitúa en el 753 a.C.— esa fecha quedó anudada a otro acontecimiento mayor, la famosa fundación de Roma por Rómulo. Desde entonces, se cuentan los años «ab urbe condita» (AUC), o «desde la fundación de la ciudad». Hoy se cumplen, según ese cómputo, 2.779 AUC. Y no es casualidad que Augusto, en el 25 a.C. —728 AUC—, eligiera fechas y ritos igualmente simbólicos para fundar «Augusta Emerita», la actual Mérida. Los veteranos de las guerras cántabras trazaron en Hispania el mismo perímetro sagrado que Rómulo había surcado con su arado sobre el Palatino.. La leyenda es bien conocida. Dos hermanos, Rómulo y Remo, amamantados por una loba, un fratricidio sobre la colina y una ciudad que nace de la sangre. Pero, como casi siempre ocurre en los relatos de fundación, también existieron mujeres que sostienen la trama y forman parte del recuerdo.. La primera es Rea Silvia, también llamada Ilia. Hija del rey legítimo de Alba Longa, fue obligada por su tío usurpador Amulio a tomar los votos de las vestales para impedir que diera herederos al trono. El sacerdocio de Vesta era uno de los más severos de Roma, exigía treinta años de castidad absoluta y la custodia del fuego sagrado que ardía en el templo de la diosa, en el Foro; quebrantar lo primero o dejar extinguirse lo segundo se pagaba con el enterramiento en vida. Violada por el dios Marte —así lo explica la tradición, siempre ansiosa de justificar los embarazos «problemáticos» por intervención divina—, dio a luz a los gemelos. Amulio la hizo arrojar al Tíber junto con los niños. Sobrevivió, o no, según la versión: Livio es escueto; Plutarco, más generoso; Dionisio de Halicarnaso, más novelesco. Su cuerpo y su nombre son el primer sacrificio de la fundación.. La segunda es la loba. O, mejor dicho, la mujer que la loba ocultaba. La tradición romana admitió con el tiempo que «lupa» designaba también, en latín, a las prostitutas, y que la supuesta “fiera” pudo ser Acca Larentia, mujer del pastor Fáustulo que recogió a los niños abandonados. Una madre adoptiva humana, enmascarada tras un símbolo zoomórfico más heroico para los fastos oficiales. Los romanos, sin embargo, no la olvidaron del todo al dedicar a esta mujer los «Larentalia» —celebrados el 23 de diciembre—, un recuerdo tenue pero persistente de que detrás de la loba hubo una mujer que crió a los fundadores de Roma.. Y luego están las sabinas. Cuenta Livio (I, 9-13) que Rómulo, al ver que su nueva ciudad carecía de mujeres y, por tanto, de futuro, organizó un engaño. Convocó a los pueblos vecinos a los juegos «Consualia» y, en mitad de la fiesta, sus hombres arrebataron a las hijas y esposas sabinas de entre la multitud. La historiografía posterior, y sobre todo la pintura del Renacimiento y el Barroco, lo llamó «rapto». Rubens, Poussin o Giambologna lo convirtieron en coreografía de cuerpos en tensión.. Lo decisivo, sin embargo, ocurre después. Cuando los padres y hermanos sabinos vinieron a vengar la afrenta, las mujeres —ya madres de los hijos de sus captores— se interpusieron en el campo de batalla, con los niños en brazos. Livio les pone en la boca un discurso extraordinario, evitando una guerra civil. Ellas preferían morir antes que ver a sus padres matar a sus esposos o a sus esposos matar a sus padres. El conflicto se detuvo antes de empezar. Sabinos y romanos pactaron gobernar juntos, bajo la doble realeza de Rómulo y Tito Tacio. Roma no se fundó solo con el arado de Rómulo, sino cuando aquellas mujeres impusieron la paz con sus cuerpos.. De todas ellas, sin embargo, apenas un nombre ha llegado entero hasta nosotros. Hersilia, la única casada entre las raptadas según algunas fuentes, convertida después en esposa de Rómulo y, a su muerte, divinizada como Hora Quirini. El resto —cientos, acaso miles, según los cálculos modernos— permanecen como un colectivo anónimo, llamado «las sabinas». Son las madres de la primera generación verdaderamente romana, las transmisoras del linaje patricio, y sin embargo no tienen tumba, ni epitafio, ni biografía.. Celebrar hoy el 2.779.º cumpleaños de la ciudad implica también reconocer que Roma no fue fundada solo por dos hermanos sobre una colina. Los antiguos lo sabían, por eso divinizaron a Hersilia y a Acca Larentia, y reservaron días del calendario para honrarlas. Nosotros, dos milenios y medio después, hemos olvidado incluso ese gesto. Recuperar la memoria de Rea Silvia, de la nodriza ocultas tras el mito de la loba y de las sabinas que, con sus hijos en brazos, impusieron la paz sobre el campo de batalla es quizá el regalo más justo que podemos ofrecerle a la ciudad en su cumpleaños.
Celebrar hoy el 2.779.º cumpleaños de la Ciudad Eterna implica también reconocer que Roma no fue fundada solo por dos hermanos sobre una colina
Hoy, 21 de abril, los romanos celebraban los «Parilia», la fiesta pastoril en honor a Pales, diosa (o genio) de los rebaños. En algún momento —la tradición lo sitúa en el 753 a.C.— esa fecha quedó anudada a otro acontecimiento mayor, la famosa fundación de Roma por Rómulo. Desde entonces, se cuentan los años «ab urbe condita» (AUC), o «desde la fundación de la ciudad». Hoy se cumplen, según ese cómputo, 2.779 AUC. Y no es casualidad que Augusto, en el 25 a.C. —728 AUC—, eligiera fechas y ritos igualmente simbólicos para fundar «Augusta Emerita», la actual Mérida. Los veteranos de las guerras cántabras trazaron en Hispania el mismo perímetro sagrado que Rómulo había surcado con su arado sobre el Palatino.. La leyenda es bien conocida. Dos hermanos, Rómulo y Remo, amamantados por una loba, un fratricidio sobre la colina y una ciudad que nace de la sangre. Pero, como casi siempre ocurre en los relatos de fundación, también existieron mujeres que sostienen la trama y forman parte del recuerdo.. La primera es Rea Silvia, también llamada Ilia. Hija del rey legítimo de Alba Longa, fue obligada por su tío usurpador Amulio a tomar los votos de las vestales para impedir que diera herederos al trono. El sacerdocio de Vesta era uno de los más severos de Roma, exigía treinta años de castidad absoluta y la custodia del fuego sagrado que ardía en el templo de la diosa, en el Foro; quebrantar lo primero o dejar extinguirse lo segundo se pagaba con el enterramiento en vida. Violada por el dios Marte —así lo explica la tradición, siempre ansiosa de justificar los embarazos «problemáticos» por intervención divina—, dio a luz a los gemelos. Amulio la hizo arrojar al Tíber junto con los niños. Sobrevivió, o no, según la versión: Livio es escueto; Plutarco, más generoso; Dionisio de Halicarnaso, más novelesco. Su cuerpo y su nombre son el primer sacrificio de la fundación.. La segunda es la loba. O, mejor dicho, la mujer que la loba ocultaba. La tradición romana admitió con el tiempo que «lupa» designaba también, en latín, a las prostitutas, y que la supuesta “fiera” pudo ser Acca Larentia, mujer del pastor Fáustulo que recogió a los niños abandonados. Una madre adoptiva humana, enmascarada tras un símbolo zoomórfico más heroico para los fastos oficiales. Los romanos, sin embargo, no la olvidaron del todo al dedicar a esta mujer los «Larentalia» —celebrados el 23 de diciembre—, un recuerdo tenue pero persistente de que detrás de la loba hubo una mujer que crió a los fundadores de Roma.. Y luego están las sabinas. Cuenta Livio (I, 9-13) que Rómulo, al ver que su nueva ciudad carecía de mujeres y, por tanto, de futuro, organizó un engaño. Convocó a los pueblos vecinos a los juegos «Consualia» y, en mitad de la fiesta, sus hombres arrebataron a las hijas y esposas sabinas de entre la multitud. La historiografía posterior, y sobre todo la pintura del Renacimiento y el Barroco, lo llamó «rapto». Rubens, Poussin o Giambologna lo convirtieron en coreografía de cuerpos en tensión.. Lo decisivo, sin embargo, ocurre después. Cuando los padres y hermanos sabinos vinieron a vengar la afrenta, las mujeres —ya madres de los hijos de sus captores— se interpusieron en el campo de batalla, con los niños en brazos. Livio les pone en la boca un discurso extraordinario, evitando una guerra civil. Ellas preferían morir antes que ver a sus padres matar a sus esposos o a sus esposos matar a sus padres. El conflicto se detuvo antes de empezar. Sabinos y romanos pactaron gobernar juntos, bajo la doble realeza de Rómulo y Tito Tacio. Roma no se fundó solo con el arado de Rómulo, sino cuando aquellas mujeres impusieron la paz con sus cuerpos.. De todas ellas, sin embargo, apenas un nombre ha llegado entero hasta nosotros. Hersilia, la única casada entre las raptadas según algunas fuentes, convertida después en esposa de Rómulo y, a su muerte, divinizada como Hora Quirini. El resto —cientos, acaso miles, según los cálculos modernos— permanecen como un colectivo anónimo, llamado «las sabinas». Son las madres de la primera generación verdaderamente romana, las transmisoras del linaje patricio, y sin embargo no tienen tumba, ni epitafio, ni biografía.. Celebrar hoy el 2.779.º cumpleaños de la ciudad implica también reconocer que Roma no fue fundada solo por dos hermanos sobre una colina. Los antiguos lo sabían, por eso divinizaron a Hersilia y a Acca Larentia, y reservaron días del calendario para honrarlas. Nosotros, dos milenios y medio después, hemos olvidado incluso ese gesto. Recuperar la memoria de Rea Silvia, de la nodriza ocultas tras el mito de la loba y de las sabinas que, con sus hijos en brazos, impusieron la paz sobre el campo de batalla es quizá el regalo más justo que podemos ofrecerle a la ciudad en su cumpleaños.
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