Tercer artículo sobre el panorama de la música clásica en el mundo. Empecemos por Washington, porque lo que ha sucedido allí ilustra con brutalidad inusual adónde conduce el desprecio institucional hacia la cultura. La administración Trump tomó el control del Kennedy Center, desencadenó un boicot que paralizó sus finanzas y decretó su cierre por dos años, nominalmente para reformas. La Washington National Opera actúa ahora en salas prestadas, como una compañía en gira permanente dentro de su propia ciudad. Es difícil construir una imagen más desoladora del arte subvencionado en manos de quien lo desprecia. Del Met ya hablamos semanas atrás.. Y entonces la armó Timothée Chalamet afirmando que la ópera y el ballet son formas de arte pasadas de moda. La reacción fue la previsible: indignación en las redes, teatros americanos lanzando códigos de descuento, oportunismo disfrazado de réplica intelectual. Lo de siempre. Pero nadie dijo con claridad suficiente que Chalamet, pese a su frivolidad, no se equivocaba del todo. A los problemas financieros estructurales se suma ahora otro frente: la política migratoria de Trump está dificultando los visados para músicos internacionales. El violinista Christian Tetzlaff ha cancelado todos sus compromisos en Estados Unidos en señal de protesta. El aislamiento cultural que se aplica a la política exterior se está filtrando, quizá sin premeditación, al interior de las salas de concierto.. Cruzamos el Atlántico y el panorama no mejora tanto como cabría esperar. El Arts Council England, bajo la presión de «nivelar» el país fuera de Londres, redujo a la mitad la financiación de Glyndebourne y retiró por completo los 12,8 millones de libras de la English National Opera. La ENO, que durante décadas hizo ópera en inglés a precios asequibles, se vio obligada a mudarse o morir. El argumento oficial fue la descentralización cultural. El resultado práctico fue convertir en elitista precisamente el arte que pretendían democratizar. La lógica de la paradoja nunca ha intimidado a los políticos.. Italia es, como casi siempre, un caso aparte. El país que inventó la ópera mantiene sus grandes teatros –La Scala, La Fenice, el San Carlo, el Massimo– con una mezcla de orgullo nacional, financiación precaria y una creatividad administrativa que roza lo milagroso. Ambición máxima, presupuesto al límite. El genio italiano para la supervivencia ha salvado muchas veces lo que la contabilidad daba por imposible. Pero no es un modelo, sino una lotería.. En el extremo opuesto del mapa, China ofrece la lección más incómoda para Occidente. El número de orquestas chinas pasó de 48 a más de 90 entre 2008 y 2022, con otras cien en proceso de formación. No es espontáneo: es política cultural de Estado. Cuarenta millones de niños chinos aprenden piano porque sus padres comprenden que la música es formación, no entretenimiento. Deutsche Grammophon celebró su 120 aniversario en Pekín. El centro de gravedad de la música clásica se está desplazando hacia el este. No es una amenaza, sino un diagnóstico. ¡Qué Trump no lo estropee con su visita!. El caso ruso es radicalmente distinto, y más triste. Desde la invasión de Ucrania en 2022 los artistas han sido vetados por doquier, condenasen o no la guerra, como el pianista Alexander Malofeev, que se manifestó contra la invasión y vio sus conciertos cancelados en Montreal y Vancouver sin razón artística alguna. Dentro de Rusia, la censura se acelera: más de catorce mil contenidos eliminados en plataformas de streaming entre 2022 y 2025. El Bolshoi y el Mariinski sobreviven convertidos en museos de sí mismos. La guerra no solo mata personas. Mata también el tejido que hace posible la cultura.. Pero no sólo la ópera es la que está en crisis. El recital pianístico lleva décadas siendo una especie en peligro. El lied, esa conjunción perfecta de voz, piano y poesía, tiene hoy seguidores apasionados pero cada vez más escasos. Cuando muera la generación que creció escuchando a Fischer-Dieskau, alguien tendrá que explicar a los gestores culturales por qué vale la pena financiar un recital de Schubert ante una sala a tres cuartos de aforo. En esto, España es una excepción de la que podemos sentirnos orgullosos. Que dure.. Chalamet se equivocó al decir que la ópera se está muriendo. La vitalidad artística de la música clásica es notable: compositores jóvenes que arriesgan, intérpretes brillantes que llenan auditorios en Seúl, en Pekín, en Madrid. Lo que se está dejando morir es la infraestructura que permite que esa vitalidad llegue a un público amplio y no solo a quienes pueden permitirse una entrada de trescientos euros. Esa diferencia la decide la política, no el arte.
Tercer artículo sobre el panorama de la música clásica en el mundo
Tercer artículo sobre el panorama de la música clásica en el mundo. Empecemos por Washington, porque lo que ha sucedido allí ilustra con brutalidad inusual adónde conduce el desprecio institucional hacia la cultura. La administración Trump tomó el control del Kennedy Center, desencadenó un boicot que paralizó sus finanzas y decretó su cierre por dos años, nominalmente para reformas. La Washington National Opera actúa ahora en salas prestadas, como una compañía en gira permanente dentro de su propia ciudad. Es difícil construir una imagen más desoladora del arte subvencionado en manos de quien lo desprecia. Del Met ya hablamos semanas atrás.. Y entonces la armó Timothée Chalamet afirmando que la ópera y el ballet son formas de arte pasadas de moda. La reacción fue la previsible: indignación en las redes, teatros americanos lanzando códigos de descuento, oportunismo disfrazado de réplica intelectual. Lo de siempre. Pero nadie dijo con claridad suficiente que Chalamet, pese a su frivolidad, no se equivocaba del todo. A los problemas financieros estructurales se suma ahora otro frente: la política migratoria de Trump está dificultando los visados para músicos internacionales. El violinista Christian Tetzlaff ha cancelado todos sus compromisos en Estados Unidos en señal de protesta. El aislamiento cultural que se aplica a la política exterior se está filtrando, quizá sin premeditación, al interior de las salas de concierto.. Cruzamos el Atlántico y el panorama no mejora tanto como cabría esperar. El Arts Council England, bajo la presión de «nivelar» el país fuera de Londres, redujo a la mitad la financiación de Glyndebourne y retiró por completo los 12,8 millones de libras de la English National Opera. La ENO, que durante décadas hizo ópera en inglés a precios asequibles, se vio obligada a mudarse o morir. El argumento oficial fue la descentralización cultural. El resultado práctico fue convertir en elitista precisamente el arte que pretendían democratizar. La lógica de la paradoja nunca ha intimidado a los políticos.. Italia es, como casi siempre, un caso aparte. El país que inventó la ópera mantiene sus grandes teatros –La Scala, La Fenice, el San Carlo, el Massimo– con una mezcla de orgullo nacional, financiación precaria y una creatividad administrativa que roza lo milagroso. Ambición máxima, presupuesto al límite. El genio italiano para la supervivencia ha salvado muchas veces lo que la contabilidad daba por imposible. Pero no es un modelo, sino una lotería.. En el extremo opuesto del mapa, China ofrece la lección más incómoda para Occidente. El número de orquestas chinas pasó de 48 a más de 90 entre 2008 y 2022, con otras cien en proceso de formación. No es espontáneo: es política cultural de Estado. Cuarenta millones de niños chinos aprenden piano porque sus padres comprenden que la música es formación, no entretenimiento. Deutsche Grammophon celebró su 120 aniversario en Pekín. El centro de gravedad de la música clásica se está desplazando hacia el este. No es una amenaza, sino un diagnóstico. ¡Qué Trump no lo estropee con su visita!. El caso ruso es radicalmente distinto, y más triste. Desde la invasión de Ucrania en 2022 los artistas han sido vetados por doquier, condenasen o no la guerra, como el pianista Alexander Malofeev, que se manifestó contra la invasión y vio sus conciertos cancelados en Montreal y Vancouver sin razón artística alguna. Dentro de Rusia, la censura se acelera: más de catorce mil contenidos eliminados en plataformas de streaming entre 2022 y 2025. El Bolshoi y el Mariinski sobreviven convertidos en museos de sí mismos. La guerra no solo mata personas. Mata también el tejido que hace posible la cultura.. Pero no sólo la ópera es la que está en crisis. El recital pianístico lleva décadas siendo una especie en peligro. El lied, esa conjunción perfecta de voz, piano y poesía, tiene hoy seguidores apasionados pero cada vez más escasos. Cuando muera la generación que creció escuchando a Fischer-Dieskau, alguien tendrá que explicar a los gestores culturales por qué vale la pena financiar un recital de Schubert ante una sala a tres cuartos de aforo. En esto, España es una excepción de la que podemos sentirnos orgullosos. Que dure.. Chalamet se equivocó al decir que la ópera se está muriendo. La vitalidad artística de la música clásica es notable: compositores jóvenes que arriesgan, intérpretes brillantes que llenan auditorios en Seúl, en Pekín, en Madrid. Lo que se está dejando morir es la infraestructura que permite que esa vitalidad llegue a un público amplio y no solo a quienes pueden permitirse una entrada de trescientos euros. Esa diferencia la decide la política, no el arte.
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