El 11 de abril de 1976, un domingo por la mañana, la rutina en el cuartel de la Guardia Civil de Baracaldo (Vizcaya) se quebró con una llamada telefónica. Al otro lado de la línea, una voz anónima avisaba de la presencia de un estandarte nacionalista en la calle León, frente al edificio de Telefónica. En aquellos días, esa bandera era símbolo de separatismo y por tanto ilegal. Aquel fin de semana aparecieron en las tres provincias vascas diez ikurriñas, tres de ellas con explosivos simulados y otras adosadas a cables de alta tensión. ETA practicaba entonces el modelo de la «ikurriña trampa», que consistía en esconder alguna forma de matar bajo el estandarte.. La obligación de las fuerzas del orden era retirarlas. El encargado de acudir fue Miguel Gordo García, guardia civil, 41 años, natural de Villambrán de Cea (Palencia) y especialista en desactivación de explosivos, uno de esos Tedax que empezaban a aprender su oficio a base de riesgo y urgencias. Llevaba días encadenando intervenciones. ETA había asesinado a guardias civiles con el método de la ikurriña desde el 5 de octubre de 1975. Esteban Maldonado Llorente, Jesús Pascual Martín Lozano y Juan Moreno Chamorro fueron los primeros asesinados por ese método, en el Santuario de Aránzazu (Guipúzcoa). Tres meses después, el tipo de atentado se repitió en Beasain. El agente Manuel Vergara Jiménez y sus compañeros vieron una ikurriña en un mástil. La bandera estaba junto a un explosivo, que fue retirado. Sin embargo, al quitar el mástil explotó la carga que estaba enterrada, lanzando a Manuel Vergara a veinte metros y muriendo en el acto.. ETA había encontrado un método para matar que le resultaba sencillo y sin riesgo. Lo repitió en abril de 1976, en las calles de Baracaldo. Cuando el equipo de guardias civiles comandado por Miguel Gordo llegó a la calle León, la escena tenía algo de rutina tensa: una bandera prohibida colgada de un cable eléctrico frente a un edificio simbólico de las comunicaciones, el de Telefónica. Miguel Gordo se aproximó para iniciar la retirada. En ese instante entró en contacto con el cable de alta tensión y murió electrocutado. No hubo explosión, ni estampida; solo un cuerpo abatido por la corriente. Sus compañeros lo trasladaron rápidamente al Hospital de Cruces, donde ingresó cadáver. Los restos mortales fueron trasladados al cuartel de la Guardia Civil de La Salve. La capilla ardiente se instaló en su biblioteca esa misma tarde.. La muerte de Miguel Gordo fue un eslabón más de la estrategia de ETA destinada a sabotear la Transición de España a la democracia pluralista. En el primer semestre de 1976 centró su acción asesina en la Policía Armada y la Guardia Civil, y en los secuestros. De hecho, el 7 de abril de 1976 secuestró en Elgoibar a Ángel Berazadi, director gerente de la empresa Sigma, dedicada al sector industrial en Guipúzcoa. No era un cargo político ni una figura pública relevante, sino un empresario medio, representativo del tejido económico vasco de la época. Tras unas tres semanas de cautiverio, Ángel Berazadi fue asesinado de un disparo en la nuca. Su cadáver apareció el 29 de abril de 1976. El asesinato se produjo pese a que se estaban realizando gestiones para reunir el dinero, por lo que no puede explicarse solo como un «secuestro económico fallido», sino como una acción de terror ejemplarizante, destinada a infundir miedo y demostrar poder. Pocas semanas después, ETA volvía al método de la «ikurriña trampa». El 3 de mayo de 1976, otro agente, Antonio de Frutos Sualdea, perdería la vida en un atentado similar al de Baracaldo.. El periódico «Hoja del Lunes» dio la muerte de Miguel Gordo en portada, encima de la noticia del empate del Athletic en Valencia. «Baracaldo: Guardia Civil electrocutado cuando retiraba una bandera nacionalista». «La Gaceta del Norte» también la incluyó en la primera página junto a la visita de Areilza, ministro de Exteriores, al Papa en la Santa Sede, y apuntaba: «Funeral por el Guardia Civil muerto al retirar una bandera separatista». Refería, además, que el asesinado había recibido 13.000 voltios en su cuerpo, y que los restos mortales se habían llevado a la localidad leonesa de Riego de la Vega de donde era natural la viuda, para ser enterrados lejos de Vizcaya.. El mismo 11 de abril de 1976, por Orden publicada en el BOE, el Gobierno concedió a título póstumo a Miguel Gordo García la Cruz al Mérito Policial con distintivo rojo. Al día siguiente, apareció en la Parte Vieja de San Sebastián otra ikurriña unida por cables a dos paquetes explosivos. El terror continuaba.
Esta estrategia terrorista consistía en matar bajo el estandarte, siendo varios guardias civiles las víctimas de este sabotaje contra la Transición española
El 11 de abril de 1976, un domingo por la mañana, la rutina en el cuartel de la Guardia Civil de Baracaldo (Vizcaya) se quebró con una llamada telefónica. Al otro lado de la línea, una voz anónima avisaba de la presencia de un estandarte nacionalista en la calle León, frente al edificio de Telefónica. En aquellos días, esa bandera era símbolo de separatismo y por tanto ilegal. Aquel fin de semana aparecieron en las tres provincias vascas diez ikurriñas, tres de ellas con explosivos simulados y otras adosadas a cables de alta tensión. ETA practicaba entonces el modelo de la «ikurriña trampa», que consistía en esconder alguna forma de matar bajo el estandarte.. La obligación de las fuerzas del orden era retirarlas. El encargado de acudir fue Miguel Gordo García, guardia civil, 41 años, natural de Villambrán de Cea (Palencia) y especialista en desactivación de explosivos, uno de esos Tedax que empezaban a aprender su oficio a base de riesgo y urgencias. Llevaba días encadenando intervenciones. ETA había asesinado a guardias civiles con el método de la ikurriña desde el 5 de octubre de 1975. Esteban Maldonado Llorente, Jesús Pascual Martín Lozano y Juan Moreno Chamorro fueron los primeros asesinados por ese método, en el Santuario de Aránzazu (Guipúzcoa). Tres meses después, el tipo de atentado se repitió en Beasain. El agente Manuel Vergara Jiménez y sus compañeros vieron una ikurriña en un mástil. La bandera estaba junto a un explosivo, que fue retirado. Sin embargo, al quitar el mástil explotó la carga que estaba enterrada, lanzando a Manuel Vergara a veinte metros y muriendo en el acto.. ETA había encontrado un método para matar que le resultaba sencillo y sin riesgo. Lo repitió en abril de 1976, en las calles de Baracaldo. Cuando el equipo de guardias civiles comandado por Miguel Gordo llegó a la calle León, la escena tenía algo de rutina tensa: una bandera prohibida colgada de un cable eléctrico frente a un edificio simbólico de las comunicaciones, el de Telefónica. Miguel Gordo se aproximó para iniciar la retirada. En ese instante entró en contacto con el cable de alta tensión y murió electrocutado. No hubo explosión, ni estampida; solo un cuerpo abatido por la corriente. Sus compañeros lo trasladaron rápidamente al Hospital de Cruces, donde ingresó cadáver. Los restos mortales fueron trasladados al cuartel de la Guardia Civil de La Salve. La capilla ardiente se instaló en su biblioteca esa misma tarde.. La muerte de Miguel Gordo fue un eslabón más de la estrategia de ETA destinada a sabotear la Transición de España a la democracia pluralista. En el primer semestre de 1976 centró su acción asesina en la Policía Armada y la Guardia Civil, y en los secuestros. De hecho, el 7 de abril de 1976 secuestró en Elgoibar a Ángel Berazadi, director gerente de la empresa Sigma, dedicada al sector industrial en Guipúzcoa. No era un cargo político ni una figura pública relevante, sino un empresario medio, representativo del tejido económico vasco de la época. Tras unas tres semanas de cautiverio, Ángel Berazadi fue asesinado de un disparo en la nuca. Su cadáver apareció el 29 de abril de 1976. El asesinato se produjo pese a que se estaban realizando gestiones para reunir el dinero, por lo que no puede explicarse solo como un «secuestro económico fallido», sino como una acción de terror ejemplarizante, destinada a infundir miedo y demostrar poder. Pocas semanas después, ETA volvía al método de la «ikurriña trampa». El 3 de mayo de 1976, otro agente, Antonio de Frutos Sualdea, perdería la vida en un atentado similar al de Baracaldo.. El periódico «Hoja del Lunes» dio la muerte de Miguel Gordo en portada, encima de la noticia del empate del Athletic en Valencia. «Baracaldo: Guardia Civil electrocutado cuando retiraba una bandera nacionalista». «La Gaceta del Norte» también la incluyó en la primera página junto a la visita de Areilza, ministro de Exteriores, al Papa en la Santa Sede, y apuntaba: «Funeral por el Guardia Civil muerto al retirar una bandera separatista». Refería, además, que el asesinado había recibido 13.000 voltios en su cuerpo, y que los restos mortales se habían llevado a la localidad leonesa de Riego de la Vega de donde era natural la viuda, para ser enterrados lejos de Vizcaya.. El mismo 11 de abril de 1976, por Orden publicada en el BOE, el Gobierno concedió a título póstumo a Miguel Gordo García la Cruz al Mérito Policial con distintivo rojo. Al día siguiente, apareció en la Parte Vieja de San Sebastián otra ikurriña unida por cables a dos paquetes explosivos. El terror continuaba.
Noticias de cultura en La Razón
