«Julio no se va». Era lo que, junto al Obelisco, vociferaban los 300.000 forofos del bailarín cuando dejó los escenarios en 2007. Pero Julio se fue. Nunca más ha vuelto a subir a un escenario y no lo echa ni una pizca de menos. «No voy a volver a bailar», repite Bocca (Buenos Aires, 1967) tajante. Ni un «milagro» le haría regresar al hombre que dirige el Teatro Colón desde hace un año.. También es cierto que nunca no se fue del todo. Ha continuado en la sombra, en la sala de máquinas, porque esto, la danza, es su «pasión». Lo ha mamado desde pequeño. Herencia directa de su abuelo y de su madre, una mujer «de otro tiempo», suspira, que sabía de danza clásica y contemporánea, piano, violín, pintura…. –¿Cómo se quita el miedo de la gente a la danza?. –Dándole la posibilidad de que la vea. No tienes que entender, solo ir y disfrutar.. Se ha empeñado siempre en llevarla a la calle. En sacarla de «su cajita de cristal, que es como la entiende mucha gente, que ni vamos al baño ni hablamos. Cuando empecé como bailarín mi intención era ir a todos los lados posibles. Íbamos a sitios en los que no había teatro ni cine. Hasta armamos un escenario en una estación de bomberos».. Esa ha sido su obsesión desde chiquito, desde que, con ocho años, fue de la mano de su abuelo a la Bombonera, el campo del Boca: «¿Por qué aquí no hay ballet?», se preguntó sobre un imposible que convertiría en realidad años más tarde (también lo haría en la cancha del máximo rival, de River). «Ese estadio es como un coliseo», afirma de un lugar que tiene la particularidad de contar con tres gradas al uso y una fachada vertical llena de palcos.. Como buen argentino, es hombre de fútbol; y todo lo que no se moja en temas políticos –«cuando estoy con periodistas tengo perfil bajo», sonríe–, sí lo hace en el fútbol: ¿Messi o Maradona? «Maradona, crecí con él».. –¿Le conoció?. –Sí, en alguna fiesta.. –¿Y bailaba bien?. –Sí, era bueno [ríe].. Si con siete años ya se inició en el mundillo, con catorce ya había cumplido la primera de sus metas: salir a saludar, en solitario, al frente de un escenario. A los 18 ya se recorría el mundo para luchar por su hueco en Osaka, donde no salió la apuesta, y en Moscú, de donde regresó ya convertido en estrella: «A la ida, me despidió mi familia; y a la vuelta, había un montón de gente que no conocía». Se forjaba así esta leyenda de la danza que ayer recibía en Málaga el premio Lux Ductor (luz de guía) en el primer festival internacional de danza TIP TOE que organiza el Teatro del Soho CaixaBank.. –¿Cuál ha sido su guía en estos más de 50 años de trabajo?. –El amor por lo que hago. Todavía me divierto. Para mí, esto es un juego. Y el respeto a la danza.. –¿Qué consejo le ha acompañado toda la vida?. –El respeto, la empatía, ayudar… Eso me inculcó mi familia.. –Casi 20 años después, ¿no echa de menos pisar el escenario?. –No. Hay veces que el cuerpo recuerda las coreografías cuando estoy viendo un espectáculo, pero ya. Solo pensar en todo lo que conllevaría eso… Para subir tendría que estar perfecto y el cuerpo ya no es el mismo.. Once operaciones dan fe de su viacrucis. «En todos lados: rodillas, pies, dedos, costillas… Usé mi cuerpo». A lo que hay que sumar la depresión que trajo consigo la primera intervención en el menisco (que terminó infectándose) y de la que salió con una llamada de Barýshnikov –al que le contó «una mentira piadosa» por no confesarle que estaba hundido– para ser el primer bailarín del American Ballet con tan solo 19 años. «Llegué a unas 220 funciones al año. Actuaba en Londres y Roma o en París y Nueva York, con el Concorde, en el mismo día. Estuve más de cinco años sin vacaciones y ahí dije de parar. Quise tomar unas vacaciones largas y a los diez días regresé porque lo extrañaba mucho».. –Pase lo que pase en Argentina, el teatro siempre resiste.. –Siempre. Es algo milagroso gracias a la gente que va a los teatros.. –¿El arte es su respuesta a la violencia en el mundo?. –Cambiaría mucho si los políticos entendieran el arte y la cultura como otra forma de llegar a la gente. Se comunicarían de otra forma, pero no quieren. Acudir al teatro conlleva ir a cenar y tomar el transporte público. Genera un movimiento económico. Pero yo nunca me meto en política. Mi política es el arte; y mi partido, el de la danza y lucho por eso. Está todo muy revuelto. Noto la falta de respeto hasta en los aeropuertos: cada uno hace su camino, te chocan y no se piden disculpas. Eso me da miedo. Uno se pensaba que después de la pandemia nos íbamos a unir más y ha sido todo lo contrario. Ahora se ponen etiquetas a todo en vez de vivir y respetarnos como seres humanos.. –¿Maestro de la danza se nace o se hace?. –El arte estaba dentro de mi familia, pero luego hay que cultivar el terreno. Puedes tener talento, pero luego se va perdiendo.
El bailarín y coreógrafo argentino recogió anoche, en el Teatro del Soho de Málaga, el premio Lux Ductor que reconoce toda su trayectoria
«Julio no se va». Era lo que, junto al Obelisco, vociferaban los 300.000 forofos del bailarín cuando dejó los escenarios en 2007. Pero Julio se fue. Nunca más ha vuelto a subir a un escenario y no lo echa ni una pizca de menos. «No voy a volver a bailar», repite Bocca (Buenos Aires, 1967) tajante. Ni un «milagro» le haría regresar al hombre que dirige el Teatro Colón desde hace un año.. También es cierto que nunca no se fue del todo. Ha continuado en la sombra, en la sala de máquinas, porque esto, la danza, es su «pasión». Lo ha mamado desde pequeño. Herencia directa de su abuelo y de su madre, una mujer «de otro tiempo», suspira, que sabía de danza clásica y contemporánea, piano, violín, pintura…. –¿Cómo se quita el miedo de la gente a la danza?. –Dándole la posibilidad de que la vea. No tienes que entender, solo ir y disfrutar.. Se ha empeñado siempre en llevarla a la calle. En sacarla de «su cajita de cristal, que es como la entiende mucha gente, que ni vamos al baño ni hablamos. Cuando empecé como bailarín mi intención era ir a todos los lados posibles. Íbamos a sitios en los que no había teatro ni cine. Hasta armamos un escenario en una estación de bomberos».. Esa ha sido su obsesión desde chiquito, desde que, con ocho años, fue de la mano de su abuelo a la Bombonera, el campo del Boca: «¿Por qué aquí no hay ballet?», se preguntó sobre un imposible que convertiría en realidad años más tarde (también lo haría en la cancha del máximo rival, de River). «Ese estadio es como un coliseo», afirma de un lugar que tiene la particularidad de contar con tres gradas al uso y una fachada vertical llena de palcos.. Como buen argentino, es hombre de fútbol; y todo lo que no se moja en temas políticos –«cuando estoy con periodistas tengo perfil bajo», sonríe–, sí lo hace en el fútbol: ¿Messi o Maradona? «Maradona, crecí con él».. –¿Le conoció?. –Sí, en alguna fiesta.. –¿Y bailaba bien?. –Sí, era bueno [ríe].. Si con siete años ya se inició en el mundillo, con catorce ya había cumplido la primera de sus metas: salir a saludar, en solitario, al frente de un escenario. A los 18 ya se recorría el mundo para luchar por su hueco en Osaka, donde no salió la apuesta, y en Moscú, de donde regresó ya convertido en estrella: «A la ida, me despidió mi familia; y a la vuelta, había un montón de gente que no conocía». Se forjaba así esta leyenda de la danza que ayer recibía en Málaga el premio Lux Ductor (luz de guía) en el primer festival internacional de danza TIP TOE que organiza el Teatro del Soho CaixaBank.. –¿Cuál ha sido su guía en estos más de 50 años de trabajo?. –El amor por lo que hago. Todavía me divierto. Para mí, esto es un juego. Y el respeto a la danza.. –¿Qué consejo le ha acompañado toda la vida?. –El respeto, la empatía, ayudar… Eso me inculcó mi familia.. –Casi 20 años después, ¿no echa de menos pisar el escenario?. –No. Hay veces que el cuerpo recuerda las coreografías cuando estoy viendo un espectáculo, pero ya. Solo pensar en todo lo que conllevaría eso… Para subir tendría que estar perfecto y el cuerpo ya no es el mismo.. Once operaciones dan fe de su viacrucis. «En todos lados: rodillas, pies, dedos, costillas… Usé mi cuerpo». A lo que hay que sumar la depresión que trajo consigo la primera intervención en el menisco (que terminó infectándose) y de la que salió con una llamada de Barýshnikov –al que le contó «una mentira piadosa» por no confesarle que estaba hundido– para ser el primer bailarín del American Ballet con tan solo 19 años. «Llegué a unas 220 funciones al año. Actuaba en Londres y Roma o en París y Nueva York, con el Concorde, en el mismo día. Estuve más de cinco años sin vacaciones y ahí dije de parar. Quise tomar unas vacaciones largas y a los diez días regresé porque lo extrañaba mucho».. –Pase lo que pase en Argentina, el teatro siempre resiste.. –Siempre. Es algo milagroso gracias a la gente que va a los teatros.. –¿El arte es su respuesta a la violencia en el mundo?. –Cambiaría mucho si los políticos entendieran el arte y la cultura como otra forma de llegar a la gente. Se comunicarían de otra forma, pero no quieren. Acudir al teatro conlleva ir a cenar y tomar el transporte público. Genera un movimiento económico. Pero yo nunca me meto en política. Mi política es el arte; y mi partido, el de la danza y lucho por eso. Está todo muy revuelto. Noto la falta de respeto hasta en los aeropuertos: cada uno hace su camino, te chocan y no se piden disculpas. Eso me da miedo. Uno se pensaba que después de la pandemia nos íbamos a unir más y ha sido todo lo contrario. Ahora se ponen etiquetas a todo en vez de vivir y respetarnos como seres humanos.. –¿Maestro de la danza se nace o se hace?. –El arte estaba dentro de mi familia, pero luego hay que cultivar el terreno. Puedes tener talento, pero luego se va perdiendo.
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