El deporte más universal de todos -el fútbol- no necesita de grandes eventos, como un mundial, para demostrar su capilaridad en las formas de vida más arraigadas en la sociedad contemporánea. Tal y como lo demuestran las prácticas artísticas de las últimas décadas, el fútbol -por su posición nuclear en los sistemas de ocio y económico consolidados por la cultura contemporánea- constituye un laboratorio de estudio privilegiado desde el que abordar las cuestiones estructurales que problematizan las relaciones sociales.. Frente a tantos intelectuales que, desde su trinchera de prejuicios y de pensamientos caviar, consideran a este deporte como un mero analgésico social capaz de robotizar a miles de millones de mentes vulnerables, la dimensión estética y política del fútbol es algo que no ha pasado desapercibido a algunas de las figuras más preminentes del arte contemporáneo. No en vano, el más global de todos los espectáculos se articula como una potente caja de resonancia de los conflictos, deseos, identidades y tensiones que atraviesan nuestro tiempo. En él convergen cuestiones relativas a la construcción de imaginarios colectivos, la economía del espectáculo, las dinámicas de poder y las desigualdades sociales. Precisamente por ello, el fútbol ha dejado de ser un asunto exclusivo del ámbito deportivo para convertirse en un territorio fértil de reflexión y experimentación para el arte contemporáneo.. La transformación del futbolista en “mercancía cultural” es un extremo que atrapó el interés del mismo Warhol cuando, en 1977, realizó una serie de retratos del mítico jugador brasileño, Pelé. En cada una de estas imágenes, no mediaba tanto la admiración personal como la constatación sociológica de que los deportistas se habían convertido en los nuevos actores de Hollywood. La “iconización” del futbolista, durante la década de 1960 y 1970, supone la antesala de su posterior e inmediato ascenso a paradigma del héroe contemporáneo.. La pieza que, en este sentido, mejor transparenta la tramoya mística que se esconde tras estos personajes es el audiovisual “Zidane: A 21st Century Portrait” (2006), de Douglas Gordon y Philippe Parreno. Filmada con diecisiete cámaras durante un partido entre el Real Madrid y el Villareal jugado, en 2005, en el Santiago Bernabeu, esta obra opera un paulatino proceso de descontextualización en el que la mirada de los artistas termina por sustraer del partido el cuerpo del jugador francés, convirtiéndolo en un “kairós” de gestos, de concentración, de espera. Muy lejos de la ñoñada de “David” (2004) -el vídeo de 107 minutos que Sam Taylor-Wood grabó mientras David Beckham dormía en un lujoso hotel madrileño-, el trabajo de Gordon y Parreno relata el tiempo otro de la figura casi sacralizada; paradigma este que, en “Coup de Tête” (2012), del argelino Adel Abdessemed, es revertido cuando la misma figura de Zidane es reflejada en los términos de un “monumento a la derrota”. Esta monumental escultura representa el instante en el que, durante la final del mundial de 2006, la estrella francesa asesta un fuerte cabezazo al jugador italiano Marco Materazzi. Tradicionalmente, los monumentos celebran victorias, héroes o gestas ejemplares. Aquí, sin embargo, sucede lo contrario: el artista inmortaliza un momento de fracaso, de pérdida de control y de caída simbólica.. El artista contemporáneo ha explorado el universo del fútbol desde su escala panóptica hasta su detalle más insignificante e inadvertido. En el primer registro, es inevitable citar la instalación multipantalla “Deep Play” (2007), de Harun Farocki, en la que -a partir, de nuevo, de la retransmisión de la final del campeonato del mundo de 2006- se reúnen doce perspectivas diferentes que combinan los datos estadísticos, las cámaras de seguridad, datos tácticos y seguimiento digital de los jugadores. En el extremo opuesto, Gabriel Orozco rescata fotográficamente, en “Pinched Ball” (1993), un balón de futbol desinflado y abandonado en la calle que, por azar, ha quedado deformado de tal manera que su concavidad retine un pequeño charco de agua.. La utilización del fútbol como escenario de denuncia social y política constituye una de las vías que más y mejor han sido explotadas por el arte último. El cuestionamiento de la normatividad es el objetivo principal de Fabrice Hyber en POF nº 65: Square Ball” (2000) -en la que un balón cuadrado transforma este deporte en un dispositivo de comportamientos inesperados-. Las desigualdades sociales han sido exploradas lúcidamente por Priscila Monge en “Canchas desiguales. El terreno de juego no es igual para todos” -una instalación presentada recientemente en el Corredor Cultural FIFA 2026, y que consiste en un terreno de juego deformado mediante montículos, pendientes y desniveles-. Quien mejor ha vinculado la cuestión migratoria con el fútbol ha sido Maurizio Cattelan en dos trabajos emblemáticos: “Stadium” (1991) -un gigantesco futbolín de siete metros de longitud, estrenado con una partida entre jugadores italianos y trabajadores senegaleses- y “A.C. Forniture Sud” (1990-1991) -performance delegada en la que Cattelan creó un equipo de fútbol formado por trabajadores senegaleses para que compitiera en torneos regionales-. El procedimiento básico del fútbol -propinar patadas a un objeto esférico- es la materia prima de la que se sirve Eugenio Merino para su crítica del totalitarismo en una pieza como “La Copa del Generalísimo” (2025), en la que el balón fue sustituido por la reproducción hiperrealista de la cabeza de Francisco Franco.
El artista contemporáneo ha explorado el universo del fútbol desde su escala panóptica hasta su detalle más insignificante e inadvertido
El deporte más universal de todos -el fútbol- no necesita de grandes eventos, como un mundial, para demostrar su capilaridad en las formas de vida más arraigadas en la sociedad contemporánea. Tal y como lo demuestran las prácticas artísticas de las últimas décadas, el fútbol -por su posición nuclear en los sistemas de ocio y económico consolidados por la cultura contemporánea- constituye un laboratorio de estudio privilegiado desde el que abordar las cuestiones estructurales que problematizan las relaciones sociales.. Frente a tantos intelectuales que, desde su trinchera de prejuicios y de pensamientos caviar, consideran a este deporte como un mero analgésico social capaz de robotizar a miles de millones de mentes vulnerables, la dimensión estética y política del fútbol es algo que no ha pasado desapercibido a algunas de las figuras más preminentes del arte contemporáneo. No en vano, el más global de todos los espectáculos se articula como una potente caja de resonancia de los conflictos, deseos, identidades y tensiones que atraviesan nuestro tiempo. En él convergen cuestiones relativas a la construcción de imaginarios colectivos, la economía del espectáculo, las dinámicas de poder y las desigualdades sociales. Precisamente por ello, el fútbol ha dejado de ser un asunto exclusivo del ámbito deportivo para convertirse en un territorio fértil de reflexión y experimentación para el arte contemporáneo.. La transformación del futbolista en “mercancía cultural” es un extremo que atrapó el interés del mismo Warhol cuando, en 1977, realizó una serie de retratos del mítico jugador brasileño, Pelé. En cada una de estas imágenes, no mediaba tanto la admiración personal como la constatación sociológica de que los deportistas se habían convertido en los nuevos actores de Hollywood. La “iconización” del futbolista, durante la década de 1960 y 1970, supone la antesala de su posterior e inmediato ascenso a paradigma del héroe contemporáneo.. La pieza que, en este sentido, mejor transparenta la tramoya mística que se esconde tras estos personajes es el audiovisual “Zidane: A 21st Century Portrait” (2006), de Douglas Gordon y Philippe Parreno. Filmada con diecisiete cámaras durante un partido entre el Real Madrid y el Villareal jugado, en 2005, en el Santiago Bernabeu, esta obra opera un paulatino proceso de descontextualización en el que la mirada de los artistas termina por sustraer del partido el cuerpo del jugador francés, convirtiéndolo en un “kairós” de gestos, de concentración, de espera. Muy lejos de la ñoñada de “David” (2004) -el vídeo de 107 minutos que Sam Taylor-Wood grabó mientras David Beckham dormía en un lujoso hotel madrileño-, el trabajo de Gordon y Parreno relata el tiempo otro dela figura casi sacralizada; paradigma este que, en “Coup de Tête” (2012), del argelino Adel Abdessemed, es revertido cuando la misma figura de Zidane es reflejada en los términos de un “monumento a la derrota”. Esta monumental escultura representa el instante en el que, durante la final del mundial de 2006, la estrella francesa asesta un fuerte cabezazo al jugador italiano Marco Materazzi. Tradicionalmente, los monumentos celebran victorias, héroes o gestas ejemplares. Aquí, sin embargo, sucede lo contrario: el artista inmortaliza un momento de fracaso, de pérdida de control y de caída simbólica.. El artista contemporáneo ha explorado el universo del fútbol desde su escala panóptica hasta su detalle más insignificante e inadvertido. En el primer registro, es inevitable citar la instalación multipantalla“Deep Play” (2007), de Harun Farocki, en la que -a partir, de nuevo, de la retransmisión de la final del campeonato del mundo de 2006- se reúnen doce perspectivas diferentes que combinan los datos estadísticos, las cámaras de seguridad, datos tácticos y seguimiento digital de los jugadores. En el extremo opuesto, Gabriel Orozco rescata fotográficamente, en “Pinched Ball” (1993), un balón de futbol desinflado y abandonado en la calle que, por azar, ha quedado deformado de tal manera que su concavidad retine un pequeño charco de agua.. La utilización del fútbol como escenario de denuncia social y política constituye una de las vías que más y mejor han sido explotadas por el arte último. El cuestionamiento de la normatividad es el objetivo principal de Fabrice Hyber en POF nº 65: Square Ball” (2000) -en la que un balón cuadrado transforma este deporte en un dispositivo de comportamientos inesperados-. Las desigualdades sociales han sido exploradas lúcidamente por Priscila Monge en “Canchas desiguales. El terreno de juego no es igual para todos” -una instalación presentada recientemente en el Corredor Cultural FIFA 2026, y que consiste en un terreno de juego deformado mediante montículos, pendientes y desniveles-. Quien mejor ha vinculado la cuestión migratoria con el fútbol ha sido Maurizio Cattelan en dos trabajos emblemáticos: “Stadium” (1991) -un gigantesco futbolín de siete metros de longitud, estrenado con una partida entre jugadores italianos y trabajadores senegaleses- y “A.C. Forniture Sud” (1990-1991)-performance delegada en la que Cattelan creó un equipo de fútbol formado por trabajadores senegaleses para que compitiera en torneos regionales-. El procedimiento básico del fútbol -propinar patadas a un objeto esférico- es la materia prima de la que se sirve Eugenio Merino para su crítica del totalitarismo en una pieza como “La Copa del Generalísimo” (2025), en la que el balón fue sustituido por la reproducción hiperrealista de la cabeza de Francisco Franco.
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