“Puedo hacerte una pregunta, que a lo mejor no te va a gustar, ¿puedo?”. El escalofrío surge cuando se pide permiso antes de lanzar un interrogante. Más aún si es en una entrevista de estruendosa audiencia. Jesús Hermida lo hizo con Gloria Fuertes, 45 años atrás. Y Gloria Fuertes suspiró en modo “déjate de prolegómenos, chico, hazla ya”. Entonces, el maestro de comunicadores verbalizó su pertinente curiosidad impertinente: “Siendo el amor una parte integrante de tu vida, ¿por qué sigues estando sola?”. Aquella soledad aparente de 1981 continúa representando hoy opresiones que obligaban a tantas personas a resguardarse en eufemismos, en ambigüedades, en poemas repletos de emociones como forma de esquivar a los que empujaban a la diversidad a la invisibilidad. “Bueno, no he estado sola. Estoy sola desde hace una temporada. Desde el año 71, por ejemplo”. El “por ejemplo” no sonó a duda. Hay fechas que son cicatrices para siempre. Hay “por ejemplos” que son la ironía de la crudeza. En 1971, falleció Phyllis Turnbull, hispanista, profesora estadounidense y el amor de la vida de Gloria. En una relación heterosexual, la pregunta hubiera sido más directa y se habría charlado sobre el duelo con nombres propios. Aquí, en vaporosa forma, también lo dialogaron. Pero sin referirse a nada y a nadie. No fuera a ser que los prejuicios de la sociedad castigaran a la poeta de los niños. Ella, de hecho, encontró refugio en los pequeños porque entendían sus sentimientos adultos desde su imaginación aún libre de estigmas.“Lo peor de la vida es morir. La muerte es una gran faena”, respondía Gloria cuando se torcían en naifs las preguntas de Hermida. Porque los más mayores la sentían naif, claro. Los prejuicios de las cosas del crecer no eran capaces de advertir cómo utilizaba Gloria el ingenio infantil, que transforma una escoba en un caballo, un boli en un avión o un papel doblado en un barco, para arrimarse allá donde las mentes cerradas ni se acercan un poquito. “Los que se mueren se van, más que se mueren”. No, no estaba hablando de conexiones paranormales. Se refería a lealtades que sobreviven en los que perseveramos aquí unos años más. Y Hermida la miraba con una admiración pasmosa. Había entrevistado a cientos de personalidades, pero Gloria siempre le conducía a otros lugares que están frente a nuestros propios ojos. Cada frase se sustentaba en reflexiones hondas, en lo literal y en lo alegórico. Reflexiones que iban abriendo tantos caminos sociales, sin saberlo y sabiéndolo al mismo tiempo. La propia Gloria había aprendido la importancia de la visibilidad. “No quiero que mis poemas se queden en carpetas”, insistía. Y corría a leerlos en colegios, auditorios y plazas del pueblo. Los lectores eran los que concluían el poema: viviéndolo. Lo comprendieran a la primera. O no. Esa capacidad de estar con la gente le provocó críticas de los retrógrados que asociaban la cultur
La importancia de los referentes. También cuando no eran del todo visibles y los comprendíamos desde la doble intención.
20MINUTOS.ES – Televisión
“Puedo hacerte una pregunta, que a lo mejor no te va a gustar, ¿puedo?”. El escalofrío surge cuando se pide permiso antes de lanzar un interrogante. Más aún si es en una entrevista de estruendosa audiencia. Jesús Hermida lo hizo con Gloria Fuertes, 45 años atrás. Y Gloria Fuertes suspiró en modo “déjate de prolegómenos, chico, hazla ya”. Entonces, el maestro de comunicadores verbalizó su pertinente curiosidad impertinente: “Siendo el amor una parte integrante de tu vida, ¿por qué sigues estando sola?”. Aquella soledad aparente de 1981 continúa representando hoy opresiones que obligaban a tantas personas a resguardarse en eufemismos, en ambigüedades, en poemas repletos de emociones como forma de esquivar a los que empujaban a la diversidad a la invisibilidad. “Bueno, no he estado sola. Estoy sola desde hace una temporada. Desde el año 71, por ejemplo”.El “por ejemplo” no sonó a duda. Hay fechas que son cicatrices para siempre. Hay “por ejemplos” que son la ironía de la crudeza. En 1971, falleció Phyllis Turnbull, hispanista, profesora estadounidense y el amor de la vida de Gloria. En una relación heterosexual, la pregunta hubiera sido más directa y se habría charlado sobre el duelo con nombres propios. Aquí, en vaporosa forma, también lo dialogaron. Pero sin referirse a nada y a nadie. No fuera a ser que los prejuicios de la sociedad castigaran a la poeta de los niños. Ella, de hecho, encontró refugio en los pequeños porque entendían sus sentimientos adultos desde su imaginación aún libre de estigmas.“Lo peor de la vida es morir. La muerte es una gran faena”, respondía Gloria cuando se torcían en naifs las preguntas de Hermida. Porque los más mayores la sentían naif, claro. Los prejuicios de las cosas del crecer no eran capaces de advertir cómo utilizaba Gloria el ingenio infantil, que transforma una escoba en un caballo, un boli en un avión o un papel doblado en un barco, para arrimarse allá donde las mentes cerradas ni se acercan un poquito. “Los que se mueren se van, más que se mueren”. No, no estaba hablando de conexiones paranormales. Se refería a lealtades que sobreviven en los que perseveramos aquí unos años más.Y Hermida la miraba con una admiración pasmosa. Había entrevistado a cientos de personalidades, pero Gloria siempre le conducía a otros lugares que están frente a nuestros propios ojos. Cada frase se sustentaba en reflexiones hondas, en lo literal y en lo alegórico. Reflexiones que iban abriendo tantos caminos sociales, sin saberlo y sabiéndolo al mismo tiempo. La propia Gloria había aprendido la importancia de la visibilidad. “No quiero que mis poemas se queden en carpetas”, insistía. Y corría a leerlos en colegios, auditorios y plazas del pueblo. Los lectores eran los que concluían el poema: viviéndolo. Lo comprendieran a la primera. O no. Esa capacidad de estar con la gente le provocó críticas de los retrógrados que asociaban la cultura
