Si no existiera Eugenio Merino tal vez deberíamos de inventarlo. Hablamos de un artista que siempre ha sabido hacer esas preguntas incómodas sobre nuestro pasado más reciente. Sus proyectos artísticos han servido que miremos el lado que, de alguna manera, se nos quiere ocultar de la historia porque es doloroso, porque sigue generando preguntas que no tienen respuesta o, peor todavía, no se quiere que se nos respondan. Ese espíritu de lucha y reivindicación tiene su mejor exponente en la instalación «Always Franco», aquella obra en la que podemos ver al dictador dentro de una nevera. La pieza, tras un controvertido paso por la feria Arco, fue adquirida por el empresario audiovisual y coleccionista Tatxo Benet que la convirtió en una de las obras estrellas de su difunto y barcelonés Museu de l’Art Prohibit. Merino trae a la Galeria ADN de la capital catalana su nevera de refrescos con generalísimo en su interior, ahora titulada «Always Franco Spain Brand». Pero esta vez no viene vestido de militar de ejército de tierra sino de la marina mercante. El efecto es el mismo que hace unos años. Franco nos sigue interpelando pese a que se cambie el uniforme. Sigue siendo tan incorrupto como el brazo de Santa Teresa que el dictador tenía, como apreciada reliquia, en la mesilla de noche de su lujoso y ostentoso dormitorio en el Palacio del Pardo. Había una obsesión de seguir la tradición marinera de la familia, pero no tuvo suerte y se quedó con las ganas de ingresar en la Academia Naval. Cuando logró alcanzar el poder al golpista precio que todos conocemos, no dudó en aparecer en actos públicos como si hubiera logrado todas esas ansiadas titulaciones. Ahora Merino nos lo trae vestido así, de almirante, en blanco impoluto, sin mácula de suciedad. Es como pasa con la memoria del dictador que parece intacta y que surge en los debates parlamentarios como si permaneciera todavía en el poder del Pardo. Todo ello con una ley de memoria histórica que no parece cumplirse cuando son en muchos casos los particulares quienes tienen que costearse de manera privada la búsqueda de sus familiares asesinados por la represión del régimen. Precisamente ese tema, el de las numerosas fosas que hay en cunetas a lo largo y ancho del país, surge en otra de las piezas de la exposición en la Galeria ADN. Por su sencillez resulta fascinante y fuerte en su mensaje. Se trata de una pala, una simple pala como las que se usan para remover la tierra para hacerla hablar y que exponga públicamente lo que oculta: a quienes fueron asesinados durante la Guerra Civil y la dictadura. En la parte superior, en la empuñadura, Eugenio Merino ha situado una mano que hace el churchilliano símbolo de victoria. Y es cierto. La mayor victoria contra el olvido es que las palas trabajen y rescaten los cuerpos de aquellos que son reclamados desde hace décadas, tal vez demasiadas, por sus nietos y biznietos. Otra de las obras de la exposición es una de esas estrellas
El artista reversiona su célebre obra dedicada al dictador en una exposición
Si no existiera Eugenio Merino tal vez deberíamos de inventarlo. Hablamos de un artista que siempre ha sabido hacer esas preguntas incómodas sobre nuestro pasado más reciente. Sus proyectos artísticos han servido que miremos el lado que, de alguna manera, se nos quiere ocultar de la historia porque es doloroso, porque sigue generando preguntas que no tienen respuesta o, peor todavía, no se quiere que se nos respondan.Ese espíritu de lucha y reivindicación tiene su mejor exponente en la instalación «Always Franco», aquella obra en la que podemos ver al dictador dentro de una nevera. La pieza, tras un controvertido paso por la feria Arco, fue adquirida por el empresario audiovisual y coleccionista Tatxo Benet que la convirtió en una de las obras estrellas de su difunto y barcelonés Museu de l’Art Prohibit.Merino trae a la Galeria ADN de la capital catalana su nevera de refrescos con generalísimo en su interior, ahora titulada «Always Franco Spain Brand». Pero esta vez no viene vestido de militar de ejército de tierra sino de la marina mercante. El efecto es el mismo que hace unos años. Franco nos sigue interpelando pese a que se cambie el uniforme. Sigue siendo tan incorrupto como el brazo de Santa Teresa que el dictador tenía, como apreciada reliquia, en la mesilla de noche de su lujoso y ostentoso dormitorio en el Palacio del Pardo.Había una obsesión de seguir la tradición marinera de la familia, pero no tuvo suerte y se quedó con las ganas de ingresar en la Academia Naval. Cuando logró alcanzar el poder al golpista precio que todos conocemos, no dudó en aparecer en actos públicos como si hubiera logrado todas esas ansiadas titulaciones.Ahora Merino nos lo trae vestido así, de almirante, en blanco impoluto, sin mácula de suciedad. Es como pasa con la memoria del dictador que parece intacta y que surge en los debates parlamentarios como si permaneciera todavía en el poder del Pardo. Todo ello con una ley de memoria histórica que no parece cumplirse cuando son en muchos casos los particulares quienes tienen que costearse de manera privada la búsqueda de sus familiares asesinados por la represión del régimen.Precisamente ese tema, el de las numerosas fosas que hay en cunetas a lo largo y ancho del país, surge en otra de las piezas de la exposición en la Galeria ADN. Por su sencillez resulta fascinante y fuerte en su mensaje. Se trata de una pala, una simple pala como las que se usan para remover la tierra para hacerla hablar y que exponga públicamente lo que oculta: a quienes fueron asesinados durante la Guerra Civil y la dictadura. En la parte superior, en la empuñadura, Eugenio Merino ha situado una mano que hace el churchilliano símbolo de victoria. Y es cierto. La mayor victoria contra el olvido es que las palas trabajen y rescaten los cuerpos de aquellos que son reclamados desde hace décadas, tal vez demasiadas, por sus nietos y biznietos.Otra de las obras de la exposición es una de esas estrellas del Pa
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