Esta primavera nos llegaba un nuevo libro que, como otros recientes que abordan el mismo asunto, señala el modo en que parte de la población alemana mantuvo una complicidad con Hitler que no debía ser olvidada. Se trataba de «Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?», de Johann Chapoutot, que escribía: «El ascenso de Hitler al poder fue el resultado de las acciones conscientes de unas élites políticas, económicas y militares». Así, frente a cualquier explicación fatalista, el autor insistía en que «no hubo fatalidad histórica ni procesos imparables: fueron decisiones concretas, tomadas por personas concretas, las que franquearon el camino al desastre». Claro está, la barbarie no estuvo orquestada desde ningún plan bárbaro, sino desde el más concienzudo racionalismo de los nacionalsocialistas. Nada en la política se improvisa, podríamos decir, y la «irresponsabilidad», en apariencia extravagante, de los mandatarios que hoy rigen el mundo es cálculo y estrategia. El nuevo gobierno tras las tumultuosas elecciones de 1933 vio ocupar a Hitler la cancillería, si bien se le consideró «un aficionado, flanqueado por una cohorte de farsantes, alborotadores e incompetentes». Sin embargo, la aparente debilidad del nazismo en el gobierno ocultaba un elemento decisivo. El partido de Hitler insistía en controlar el Ministerio del Interior, lo que significaba el control de todo el aparato de inteligencia y represión, y también, el control de la educación, desde la más tierna infancia. Chapoutot ligaba el presente alemán con el pasado, lo cual llevaba a reflexionar sobre la República de Weimar, «una historia tan viva que resucita a los muertos», apuntaba, y añadía que «si la Gran Guerra dejó claro que las civilizaciones son mortales, el final de la República de Weimar demostró que la democracia también es perecedera». Todo fue imprevisible Comoquiera, Chapoutot recuerda que para quienes vivieron el nacimiento de la república todo fue imprevisible, y se vieron incapaces de presagiar su desenlace. Así, la historia de Weimar aparece al mismo tiempo como una experiencia democrática llena de promesas y como el escenario de su destrucción, de la suprema irresponsabilidad. De esta manera, el libro explicaba que la llegada de Hitler al poder no fue un destino inevitable, sino el resultado de decisiones deliberadas de dirigentes políticos, militares y económicos que pensaron que podrían servirse del nazismo para proteger sus intereses, y donde emergían otros nombres propios como los políticos Von Papen, Hindenburg o Hugenberg, junto a grandes industriales como Krupp y Thyssen, los cuales impulsaron una alianza con la extrema derecha que acabó escapando a su control. El resultado fue que la democracia de Weimar se transformó en un régimen totalitario. La maquinaria del horror ya estaba en funcionamiento, latente, cuando Hitler se encontraba «A treinta días del poder» (traducción de David León), por d
He aquí una investigación sobre la fragilidad política, la arrogancia de las élites y el peligro de considerar que las instituciones democráticas sobreviven por inercia, todo en torno al mes de 1933 que llevó al poder al Führer
Esta primavera nos llegaba un nuevo libro que, como otros recientes que abordan el mismo asunto, señala el modo en que parte de la población alemana mantuvo una complicidad con Hitler que no debía ser olvidada. Se trataba de «Irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?», de Johann Chapoutot, que escribía: «El ascenso de Hitler al poder fue el resultado de las acciones conscientes de unas élites políticas, económicas y militares». Así, frente a cualquier explicación fatalista, el autor insistía en que «no hubo fatalidad histórica ni procesos imparables: fueron decisiones concretas, tomadas por personas concretas, las que franquearon el camino al desastre». Claro está, la barbarie no estuvo orquestada desde ningún plan bárbaro, sino desde el más concienzudo racionalismo de los nacionalsocialistas. Nada en la política se improvisa, podríamos decir, y la «irresponsabilidad», en apariencia extravagante, de los mandatarios que hoy rigen el mundo es cálculo y estrategia.El nuevo gobierno tras las tumultuosas elecciones de 1933 vio ocupar a Hitler la cancillería, si bien se le consideró «un aficionado, flanqueado por una cohorte de farsantes, alborotadores e incompetentes». Sin embargo, la aparente debilidad del nazismo en el gobierno ocultaba un elemento decisivo. El partido de Hitler insistía en controlar el Ministerio del Interior, lo que significaba el control de todo el aparato de inteligencia y represión, y también, el control de la educación, desde la más tierna infancia. Chapoutot ligaba el presente alemán con el pasado, lo cual llevaba a reflexionar sobre la República de Weimar, «una historia tan viva que resucita a los muertos», apuntaba, y añadía que «si la Gran Guerra dejó claro que las civilizaciones son mortales, el final de la República de Weimar demostró que la democracia también es perecedera».Todo fue imprevisibleComoquiera, Chapoutot recuerda que para quienes vivieron el nacimiento de la república todo fue imprevisible, y se vieron incapaces de presagiar su desenlace. Así, la historia de Weimar aparece al mismo tiempo como una experiencia democrática llena de promesas y como el escenario de su destrucción, de la suprema irresponsabilidad. De esta manera, el libro explicaba que la llegada de Hitler al poder no fue un destino inevitable, sino el resultado de decisiones deliberadas de dirigentes políticos, militares y económicos que pensaron que podrían servirse del nazismo para proteger sus intereses, y donde emergían otros nombres propios como los políticos Von Papen, Hindenburg o Hugenberg, junto a grandes industriales como Krupp y Thyssen, los cuales impulsaron una alianza con la extrema derecha que acabó escapando a su control. El resultado fue que la democracia de Weimar se transformó en un régimen totalitario.La maquinaria del horror ya estaba en funcionamiento, latente, cuando Hitler se encontraba «A treinta días del poder» (traducción de David León), por decir
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