El 6 de junio de 2026, en los márgenes de la Cumbre UE-Balcanes Occidentales en Montenegro -ese discretísimo escenario que los dioses de la ironía histórica habrán elegido con deliberada crueldad-, el Canciller Friedrich Merz comunicó al Presidente Emmanuel Macron la decisión definitiva de Berlín: Alemania y Francia no construirán juntas el caza de sexta generación que iba a reemplazar al Rafale y al Eurofighter. Conviene seguir en estos temas el brillante blog del general de división Rafael Dávila, una de las voces más respetadas en materia de análisis geoestratégico y de defensa.Nueve años después de su lanzamiento triunfal en París -ante un Trump de visita que, hay que reconocerle, supo ver desde el principio que aquello era más teatro que proyecto-, el Futuro Sistema Aéreo de Combate, FCAS en inglés, SCAF en francés, ha muerto. Con él muere, quizá de forma definitiva, la ilusión de una verdadera autonomía estratégica europea en materia de defensa. Peor aún, muere la ilusión de que esa ilusión era algo más que un eslogan para consumo interno de unas élites que llevan treinta años confundiendo el discurso con la realidad.La frase con la que el Ministro de Defensa alemán Boris Pistorius enterró el proyecto merece ser grabada en bronce en la sede de todas las instituciones europeas de defensa para subrayar nuestra miopía, irresponsabilidad y falta de coraje y responsabilidad. Pistorius afirmó desde la impotencia: «Era un proyecto ambicioso, un gran proyecto europeo que ha chocado finalmente contra la realidad.» Dramática en su precisión, vergonzosa como eufemismo autoabsolvente. El FCAS no chocó contra ningún obstáculo técnico insuperable. Los desafíos tecnológicos de un caza de sexta generación son formidables, sí, pero abordables para una industria del calibre de la europea. El FCAS chocó contra algo infinitamente más prosaico y bastante más difícil de superar: los egos corporativos, los cálculos industriales de corto plazo y la incapacidad estructural -congénita, me atrevería a decir- de los gobiernos europeos para imponer el interés estratégico colectivo sobre los intereses nacionales, industriales y sindicales de turno. Esto es, simplemente, bochornoso.La disputa es conocida en sus líneas generales pero merece ser narrada con toda su vergüenza. Dassault Aviation -con plena justicia técnica en cuanto a su historial en diseño de cazas-reclamaba la condición de prime contractor absoluto sobre el núcleo del programa, el llamado Next Generation Fighter, rechazando cualquier esquema de paridad con Airbus Defence & Space. Airbus, que representaba los intereses industriales de Alemania y España, controlaba formalmente dos tercios del pilar del NGF pero carecía del historial de Dassault en aviación de combate embarcada y de penetración, a pesar de que el Typhoon Eurofighter es un avión excepcional, de lo mejor del mundo y en opinión de no pocos expertos, superior al Rafale. La
El 6 de junio de 2026, en los márgenes de la Cumbre UE-Balcanes Occidentales en Montenegro -ese discretísimo escenario que los dioses de la ironía histórica habrán elegido con deliberada crueldad-, el Canciller Friedrich Merz comunicó al Presidente Emmanuel Macron la decisión definitiva de Berlín: Alemania y Francia no construirán juntas el caza de sexta generación que iba a reemplazar al Rafale y al Eurofighter. Conviene seguir en estos temas el brillante blog del general de división Rafael Dávila, una de las voces más respetadas en materia de análisis geoestratégico y de defensa. Nueve años después de su lanzamiento triunfal en París -ante un Trump de visita que, hay que reconocerle, supo ver desde el principio que aquello era más teatro que proyecto-, el Futuro Sistema Aéreo de Combate, FCAS en inglés, SCAF en francés, ha muerto. Con él muere, quizá de forma definitiva, la ilusión de una verdadera autonomía estratégica europea en materia de defensa. Peor aún, muere la ilusión de que esa ilusión era algo más que un eslogan para consumo interno de unas élites que llevan treinta años confundiendo el discurso con la realidad. La frase con la que el Ministro de Defensa alemán Boris Pistorius enterró el proyecto merece ser grabada en bronce en la sede de todas las instituciones europeas de defensa para subrayar nuestra miopía, irresponsabilidad y falta de coraje y responsabilidad. Pistorius afirmó desde la impotencia: «Era un proyecto ambicioso, un gran proyecto europeo que ha chocado finalmente contra la realidad.» Dramática en su precisión, vergonzosa como eufemismo autoabsolvente. El FCAS no chocó contra ningún obstáculo técnico insuperable. Los desafíos tecnológicos de un caza de sexta generación son formidables, sí, pero abordables para una industria del calibre de la europea. El FCAS chocó contra algo infinitamente más prosaico y bastante más difícil de superar: los egos corporativos, los cálculos industriales de corto plazo y la incapacidad estructural -congénita, me atrevería a decir- de los gobiernos europeos para imponer el interés estratégico colectivo sobre los intereses nacionales, industriales y sindicales de turno. Esto es, simplemente, bochornoso. La disputa es conocida en sus líneas generales pero merece ser narrada con toda su vergüenza. Dassault Aviation -con plena justicia técnica en cuanto a su historial en diseño de cazas-reclamaba la condición de prime contractor absoluto sobre el núcleo del programa, el llamado Next Generation Fighter, rechazando cualquier esquema de paridad con Airbus Defence & Space. Airbus, que representaba los intereses industriales de Alemania y España, controlaba formalmente dos tercios del pilar del NGF pero carecía del historial de Dassault en aviación de combate embarcada y de penetración, a pesar de que el Typhoon Eurofighter es un avión excepcional, de lo mejor del mundo y en opinión de no pocos expertos, superior al Rafale.
Su cancelación es la autopsia de políticos, industria y sindicatos que eligieron el interés cortoplacista sobre el destino del continente
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