Picasso, Matisse, Stravinski o Falla, entre otros, trabajaron para él. Fue un visionario, alguien que vivió al límite por amor al arte y por su fino olfato para encontrar talento. Cocteau decía de él que era «el diablo en persona» mientras que Debussy apuntaba que era «ese hombre temible y encantador que podía hacer bailar a las piedras». Cuando quedan tres años para que se cumplan cien de su fallecimiento, Serguéi Diáguilev sigue siendo un personaje fascinante, sobre todo por ser el responsable de los famoso Ballets Rusos. Akal acaba de publicar la que es la biografía más completa de una de las grandes personalidades del siglo pasado en cuanto a divulgador de todo tipo de creatividad. Eso es lo que encontramos en «Serguéi Diáguilev. Una vida por el arte», por Sjeng Scheijen.. Nacido en lo que entonces era el imperio ruso, en 1872, concretamente en Sélischi, a él le debemos la gran divulgación de las vanguardias durante las primeras décadas del siglo pasado. Alguien que sabía mucho de esto, Pablo Picasso, dijo que Diáguilev había hecho más por difundir su fama internacionalmente que las exposiciones de Paul Rosenberg, su galerista de entonces.. El primer objetivo de nuestro protagonista, fue la promoción del arte ruso en Europa, además de que se aceptara a Rusia como una gran nación cultural. Pese a ello, su relación con el poder de su país no fue nada fácil, hasta el punto de encontrarse con la oposición de la corte del zar Nicolás II. Cuando los comunistas llegaron al poder lo vieron como algo obsoleto e, incluso, un enemigo.. Admirador incondicional de Wagner, fue homosexual en un tiempo en el que no era nada fácil serlo, algo que solamente conocía su círculo más íntimo. No era una persona fácil sino alguien que le gustaba encerrarse en sí mismo y que disfrutaba pasando las horas en archivos a la búsqueda de las partituras necesarias para sus espectáculos.. Su paraíso privado era Venecia, la ciudad en la que vivió y murió prácticamente sin un céntimo en el bolsillo. La ciudad de los canales representaba para él la vieja Europa en la que siempre creyó aunque también era un entregado entusiasta de la innovación, como demuestra sobre todo su fascinación por Picasso.. Gracias al muy diligente Jean Cocteau, Diáguilev pudo convencer a Picasso para que se hiciera cargo de los figurines y el decorado de una obra destinada a causar polémica, «Parade», con música cubista de Érik Satie y libreto del poeta francés. Cuando Cocteau le preguntó al empresario ruso la posibilidad de escribir una obra de esas características para los Ballets Rusos, recibió como respuesta que quería que lo sorprendieran. «Esa ruptura con la frivolidad espiritual se la debo, como tantas otras, a ese hombre del saco, a ese monstruo sagrado, a las ganas de asombrar a ese príncipe ruso que solo toleraba la vida mientras pudiera exigirle milagros», escribiría Cocteau.. En el libro se narra todo esto, además de la importancia que tuvieron los Ballets Rusos para la difusión internacional del arte de Picasso e, incluso, para su vida privada al casarse con una de las bailarinas de la compañía: Olga Jojlova. Uno de los más entusiastas seguidores de la compañía fue Alfonso XIII y Diáguilev fue quien puso en contacto a pintor y monarca cuando se exigió una representación privada de «Parade» en Madrid.. En la investigación de Sjeng Scheijen aparecen muchos nombres propios, además de seguir los pasos del empresario y su grupo por todo el mundo, también por Barcelona, donde hicieron temporada en el Gran Teatre del Liceu durante el caos de la Primera Guerra Mundial.. La buena estrella de Diáguilev fue apagándose poco a poco, aunque no dejaron de almacenarse proyectos en su cabeza para sus Ballets Rusos. Consiguió hospedarse en el Grand Hotel des Bains de Mer, en la ciudad de los canales. En la cama, moribundo, cantaba fragmentos de «Tristán e Isolda» de Wagner o de la Sexta sinfonía de Chaikovski, sus héroes musicales. No le quedaba dinero en el bolsillo, por lo que los gastos del funeral y el entierro fueron sufragados por Misia Sert y Coco Chanel.
Sjeng Scheijen firma la biografía completa del empresario y mecenas
Picasso, Matisse, Stravinski o Falla, entre otros, trabajaron para él. Fue un visionario, alguien que vivió al límite por amor al arte y por su fino olfato para encontrar talento. Cocteau decía de él que era «el diablo en persona» mientras que Debussy apuntaba que era «ese hombre temible y encantador que podía hacer bailar a las piedras». Cuando quedan tres años para que se cumplan cien de su fallecimiento, Serguéi Diáguilev sigue siendo un personaje fascinante, sobre todo por ser el responsable de los famoso Ballets Rusos. Akal acaba de publicar la que es la biografía más completa de una de las grandes personalidades del siglo pasado en cuanto a divulgador de todo tipo de creatividad. Eso es lo que encontramos en «Serguéi Diáguilev. Una vida por el arte», por Sjeng Scheijen.. Nacido en lo que entonces era el imperio ruso, en 1872, concretamente en Sélischi, a él le debemos la gran divulgación de las vanguardias durante las primeras décadas del siglo pasado. Alguien que sabía mucho de esto, Pablo Picasso, dijo que Diáguilev había hecho más por difundir su fama internacionalmente que las exposiciones de Paul Rosenberg, su galerista de entonces.. El primer objetivo de nuestro protagonista, fue la promoción del arte ruso en Europa, además de que se aceptara a Rusia como una gran nación cultural. Pese a ello, su relación con el poder de su país no fue nada fácil, hasta el punto de encontrarse con la oposición de la corte del zar Nicolás II. Cuando los comunistas llegaron al poder lo vieron como algo obsoleto e, incluso, un enemigo.. Admirador incondicional de Wagner, fue homosexual en un tiempo en el que no era nada fácil serlo, algo que solamente conocía su círculo más íntimo. No era una persona fácil sino alguien que le gustaba encerrarse en sí mismo y que disfrutaba pasando las horas en archivos a la búsqueda de las partituras necesarias para sus espectáculos.. Su paraíso privado era Venecia, la ciudad en la que vivió y murió prácticamente sin un céntimo en el bolsillo. La ciudad de los canales representaba para él la vieja Europa en la que siempre creyó aunque también era un entregado entusiasta de la innovación, como demuestra sobre todo su fascinación por Picasso.. Gracias al muy diligente Jean Cocteau, Diáguilev pudo convencer a Picasso para que se hiciera cargo de los figurines y el decorado de una obra destinada a causar polémica, «Parade», con música cubista de Érik Satie y libreto del poeta francés. Cuando Cocteau le preguntó al empresario ruso la posibilidad de escribir una obra de esas características para los Ballets Rusos, recibió como respuesta que quería que lo sorprendieran. «Esa ruptura con la frivolidad espiritual se la debo, como tantas otras, a ese hombre del saco, a ese monstruo sagrado, a las ganas de asombrar a ese príncipe ruso que solo toleraba la vida mientras pudiera exigirle milagros», escribiría Cocteau.. En el libro se narra todo esto, además de la importancia que tuvieron los Ballets Rusos para la difusión internacional del arte de Picasso e, incluso, para su vida privada al casarse con una de las bailarinas de la compañía: Olga Jojlova. Uno de los más entusiastas seguidores de la compañía fue Alfonso XIII y Diáguilev fue quien puso en contacto a pintor y monarca cuando se exigió una representación privada de «Parade» en Madrid.. En la investigación de Sjeng Scheijen aparecen muchos nombres propios, además de seguir los pasos del empresario y su grupo por todo el mundo, también por Barcelona, donde hicieron temporada en el Gran Teatre del Liceu durante el caos de la Primera Guerra Mundial.. La buena estrella de Diáguilev fue apagándose poco a poco, aunque no dejaron de almacenarse proyectos en su cabeza para sus Ballets Rusos. Consiguió hospedarse en el Grand Hotel des Bains de Mer, en la ciudad de los canales. En la cama, moribundo, cantaba fragmentos de «Tristán e Isolda» de Wagner o de la Sexta sinfonía de Chaikovski, sus héroes musicales. No le quedaba dinero en el bolsillo, por lo que los gastos del funeral y el entierro fueron sufragados por Misia Sert y Coco Chanel.
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