De las mejores cosas que le pueden pasar a uno es tener un pueblo donde poder recostar el alma y aliviar el cuerpo. Sobrevivir a la ciudad entre semana crispa los nervios hasta hacernos más viejos, más gastados por el vaivén de los días, hasta rompernos al tratarnos como autómatas. Las grandes capitales andaluzas perdieron casi todo su ambiente de viejo pueblo, ése en el que nuestros abuelos vivieron hasta hace casi 75 años. Quizás sólo Sevilla y Cádiz mantuvieron cierto cosmopolitismo a lo largo de los siglos, pero supieron guardar en sus barrios la esencia de lo popular y pueblerino. Hablaba el presidente de la Diputación de Sevilla, Javier Fernández, el jueves de las necesidades y derechos que exigen las poblaciones más pequeñas, de cómo necesitan un aliento, material y moral, para vencer a la despoblación y facilitar servicios básicos. Bien dicho, porque si Luis Rojas-Marcos nos contó los desafíos de la ciudad, vivir en una localidad de menos de 2.000 habitantes, por colocar una línea, tampoco se queda lejos. Piensen únicamente en nacer, lo que le cuesta a una criatura ver la luz de nuestra vida, y además tener que hacerlo en una localidad sin medios ni conexiones. Afortunadamente, pocos son los casos de mortalidad infantil, pero nos ofrece una idea de los retos a los que se enfrentan los pocos que vienen al mundo en un pueblo. Pero sin ellos, sin la gente de pueblo, no tendríamos en las ciudades el desarrollo ni el bienestar actual, cuánto se le debe a esas coronas metropolitanas, a esas pueblos serranos y recolectores En Andalucía contamos con pueblos maravillosos en los que la vida se interpreta en otra clave musical, con otro compás, donde encontramos la verdadera medida del ser humano. Los grandes bloques de pisos, las avenidas achicharradas por el sol, las horas perdidas dentro del coche. Ese no es nuestro mundo, nos arrebataron de él para meternos en otro. Les digo una cosa, busquen un pueblo, den con él de la mano de alguien a quien aprecien porque como andaluces, como tantas otras cosas, tienen derecho a un pueblo.
«Los grandes bloques de pisos, las avenidas achicharradas por el sol, las horas perdidas dentro del coche. Ese no es nuestro mundo, nos arrebataron de él para meternos en otro»
De las mejores cosas que le pueden pasar a uno es tener un pueblo donde poder recostar el alma y aliviar el cuerpo. Sobrevivir a la ciudad entre semana crispa los nervios hasta hacernos más viejos, más gastados por el vaivén de los días, hasta rompernos al tratarnos como autómatas. Las grandes capitales andaluzas perdieron casi todo su ambiente de viejo pueblo, ése en el que nuestros abuelos vivieron hasta hace casi 75 años. Quizás sólo Sevilla y Cádiz mantuvieron cierto cosmopolitismo a lo largo de los siglos, pero supieron guardar en sus barrios la esencia de lo popular y pueblerino. Hablaba el presidente de la Diputación de Sevilla, Javier Fernández, el jueves de las necesidades y derechos que exigen las poblaciones más pequeñas, de cómo necesitan un aliento, material y moral, para vencer a la despoblación y facilitar servicios básicos. Bien dicho, porque si Luis Rojas-Marcos nos contó los desafíos de la ciudad, vivir en una localidad de menos de 2.000 habitantes, por colocar una línea, tampoco se queda lejos. Piensen únicamente en nacer, lo que le cuesta a una criatura ver la luz de nuestra vida, y además tener que hacerlo en una localidad sin medios ni conexiones. Afortunadamente, pocos son los casos de mortalidad infantil, pero nos ofrece una idea de los retos a los que se enfrentan los pocos que vienen al mundo en un pueblo. Pero sin ellos, sin la gente de pueblo, no tendríamos en las ciudades el desarrollo ni el bienestar actual, cuánto se le debe a esas coronas metropolitanas, a esas pueblos serranos y recolectores En Andalucía contamos con pueblos maravillosos en los que la vida se interpreta en otra clave musical, con otro compás, donde encontramos la verdadera medida del ser humano. Los grandes bloques de pisos, las avenidas achicharradas por el sol, las horas perdidas dentro del coche. Ese no es nuestro mundo, nos arrebataron de él para meternos en otro. Les digo una cosa, busquen un pueblo, den con él de la mano de alguien a quien aprecien porque como andaluces, como tantas otras cosas, tienen derecho a un pueblo.
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