Carlos Alsina ha vuelto a poner las palabras exactas a cómo se siente una persona cuando, a pesar de amar su trabajo, necesita cerrar una etapa. Confesó haberse «gastado» de tanto madrugar, de tanto opinar, de tanto analizar una situación política que cada vez es más compleja y que, esto ya es una sensación personal, nos está llevando a todos a una decepción tan profunda de consecuencias aún por imaginar.. De sus palabras interpreto que necesita vivir la política desde un plano secundario, como hace la mayoría de la sociedad. Solo así se entiende que las calles no estén llenas de gente exponiendo sus propias reivindicaciones y sumándose a profesores, médicos o taxistas, por poner algunos ejemplos de los colectivos que han protagonizado las movilizaciones más sonadas de los últimos meses.. Cuando ya parecía imposible conocer los indicios de un nuevo escándalo, cuando pensábamos que las hazañas de Koldo y José Luis Ábalos no podrían superarse, la UCO entra en la sede del PSOE, ese partido que destronó al PP de Mariano Rajoy para dar ejemplo de rectitud.. El ambiente político es tan irrespirable que las Cortes Generales deberían contar con algún mecanismo automático para disolverse cuando se alcanza un punto de no retorno, cuando existe un Gobierno sobre el que demasiadas cosas huelen a podrido. No hay más solución que convocar elecciones. Resulta llamativo que PSPV y Compromís reclamaran con rapidez la dimisión de Juanfran Pérez Llorca, pero eviten trasladar esa exigencia al Gobierno de Pedro Sánchez.. Quizá lo más preocupante no sea la sucesión de escándalos, sino que genere tal grado de resignación. En esta situación es más importante que nunca recordar que la política debe esforzarse para recuperar la confianza de los ciudadanos, no para desgastarla hasta convertir la indignación en apatía. Cuando la decepción sustituye a la esperanza, la democracia entra en una zona de riesgo de la que resulta imposible prever cómo se podrá salir.
Quizá lo más preocupante no sea la sucesión de escándalos, sino que genere tal grado de resignación
Carlos Alsina ha vuelto a poner las palabras exactas a cómo se siente una persona cuando, a pesar de amar su trabajo, necesita cerrar una etapa. Confesó haberse «gastado» de tanto madrugar, de tanto opinar, de tanto analizar una situación política que cada vez es más compleja y que, esto ya es una sensación personal, nos está llevando a todos a una decepción tan profunda de consecuencias aún por imaginar.. De sus palabras interpreto que necesita vivir la política desde un plano secundario, como hace la mayoría de la sociedad. Solo así se entiende que las calles no estén llenas de gente exponiendo sus propias reivindicaciones y sumándose a profesores, médicos o taxistas, por poner algunos ejemplos de los colectivos que han protagonizado las movilizaciones más sonadas de los últimos meses.. Cuando ya parecía imposible conocer los indicios de un nuevo escándalo, cuando pensábamos que las hazañas de Koldo y José Luis Ábalos no podrían superarse, la UCO entra en la sede del PSOE, ese partido que destronó al PP de Mariano Rajoy para dar ejemplo de rectitud.. El ambiente político es tan irrespirable que las Cortes Generales deberían contar con algún mecanismo automático para disolverse cuando se alcanza un punto de no retorno, cuando existe un Gobierno sobre el que demasiadas cosas huelen a podrido. No hay más solución que convocar elecciones. Resulta llamativo que PSPV y Compromís reclamaran con rapidez la dimisión de Juanfran Pérez Llorca, pero eviten trasladar esa exigencia al Gobierno de Pedro Sánchez.. Quizá lo más preocupante no sea la sucesión de escándalos, sino que genere tal grado de resignación. En esta situación es más importante que nunca recordar que la política debe esforzarse para recuperar la confianza de los ciudadanos, no para desgastarla hasta convertir la indignación en apatía. Cuando la decepción sustituye a la esperanza, la democracia entra en una zona de riesgo de la que resulta imposible prever cómo se podrá salir.
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