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  Cultura  Rocío Jurado es la historia de España: erótica y trágica
Cultura

Rocío Jurado es la historia de España: erótica y trágica

31 de mayo de 2026
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La cultura popular está llena de paradojas, olvidos y estigmas. Escenas y artistas denostados que se rehabilitan y reivindican, movimientos en boga que se reinterpretan y hasta se malinterpretan con el paso de los años. Figuras totémicas que se derrumban por conveniencias morales o por el descubrimiento de hechos vergonzosos de su vida privada, o, en otras ocasiones, simplemente pasan a la negra espalda del tiempo. El tiempo no siempre es justo con los artistas en vida y mucho menos después de muertos. Otras veces, hace falta el paso de los años para entender la valía de ciertos artistas e, incluso, se llevan a cabo relecturas interesadas a la luz de la nueva moral imperante. En este océano impredecible lleno de corrientes hay una figura paradójica como pocas: Rocío Jurado, de cuyo fallecimiento se cumplen mañana dos décadas, fue calificada como La Más Grande, así, con tres mayúsculas, pero nunca ha sido objeto de un estudio académico y serio que analice su figura y las aristas de su arte desde un punto de vista estrictamente cultural. Tonadillera pero diva, cuerpo erótico pero trágico, reflejo de la historia de España y actualizadora de la copla: Rocío Jurado rompió moldes y esquemas sin ceder ni plegarse. Parecía en el olvido, pero un ensayo colectivo reivindica su presencia: «Rocío Jurado. La voz que nos hizo sentir libres» (Dos Bigotes).. La historia de Rocío Jurado es arquetípica en muchos sentidos. Emigró del sur a Madrid, como centenares de miles de personas, de la mano de su madre, con 8.000 pesetas y una pensión de mala muerte. Aspiraba a ser niña prodigio –había ganado un concurso radiofónico en Sevilla– y entró a trabajar en el tablao de Manolo Caracol, figura quintaesencial. Si quieren más hechos clave, hizo su debut en el cine en «Los guerrilleros» (1963), cinta en la que también actuaba por primera vez en el celuloide Manolo Escobar. Pero Rocío fue decisiva en la televisión. Suya fue la actuación icónica de la siguiente fase cultural española: el destape, una época más allá de los audiovisual. Su aparición, con un escote de vértigo, en «Cambie su suerte» fue tan atómica que provocó el cese del ministro de Información y Turismo Pío Cabanillas en 1974. Cantó ante las cámaras «Soy de España» dejando ver mucho menos de lo que algunos creyeron, pero el dictador estaba vivo y los valores del régimen, más. Después, hizo «La querida» (1976), dirigida por Fernando Fernán Gómez: su peor película, según él mismo.. Heroína de la copla. En su ensayo del libro, la experta en copla Lidia García hace encajar la biografía de la Jurado nada menos que en el «viaje del héroe» de Joseph Campbell, a la manera de las narraciones mitológicas. La Más Grande tuvo un rito de paso iniciático enfrentándose al desprecio de la que era su ídolo, Concha Piquer, que la desairó cuando la joven Rocío por atreverse a interpretar «su» «Mañana sale»: «Llegarás donde quieras, niña, porque tienes una bonita cara dura. Artistas ya consagradas no se han atrevido a cantar mis canciones y tú tienes la osadía de hacerlo en mi propia cara», le dijo la valenciana y Rocío nunca lo olvidó: tampoco quiso difamarla, se limitaba a negarse a hablar de «esa señora». En el viaje de nuestra heroína, había benefactores como su madre, y maestros, según Lidia García, deben contarse Juan Solano y Rafael de León.. Pero ¿cuál fue su aportación artística? En la España preolímpica se vivía la euforia de la democracia y la modernidad. Se atisbaban los pelotazos, el capitalismo rampante, se tocaba con los dedos el futuro. Llegaban las tendencias electrónicas, la nueva ola, la vanguardia. Pero, simultáneamente, algunos intelectuales se reconciliaban con la tradición, toda vez que el franquismo había sido enterrado. Terenci Moix o Vázquez Montalbán (catalanes y de izquierdas) reivindicaban el valor de la copla, que había servido al franquismo para imponer ideología, pero que para ellos era también «la caja negra emocional de España» y el lugar donde también había libertad para tratar con libertar realidades condenadas a la marginalidad. La Expo 92 de Sevilla tuvo, como plato central, «Azabache», un espectáculo dirigido por Gerardo Vera que rendía homenaje al género con Rocío Jurado, Juanita Reina, Nati Mistral, Imperio Argentina y María Vidal. Sin embargo, la copla estaba muy lejos de su mejor momento de popularidad. La Jurado le dedicó tres discos completos a estas historias de mujeres que vivían en los márgenes de la sociedad, a marineros, prostitutas y bebedores: de «Amante de abril y mayo» a «Ojos verdes» y de «Carmen de España» a «Tatuaje». Pero no se limitó a simplemente reproducir los clásicos del género: les aportó una presencia que no era simplemente folclórica. Prescindió de los lunares, el traje de gitana, la bata de cola y moño con clavel. Trajes de Balenciaga, escotes de vértigo, pantalones y faldas de cintura marcada. Rocío era una diva, una «prima donna» en un sentido moderno del término, lo cual no quiere decir que sea emancipador, sino, al contrario, una forma de sometimiento patriarcal de su figura. Una diva que fue «monetizada, desacralizada y epitomizada hasta convertirla en un ser humano corriente». Como sostiene el musicólogo Carlos García de la Vega, eso le obligó a «exponerse al dominio público con grandes dosis de vida privada, adoptó una actitud general sobreactuada y exagerada que, tal vez, le servía de barrera de protección emocional frente a lo que le tocaría lidiar de puertas adentro». «La literatura académica sobre Rocío Jurado es mínima y lo que existe, al no ser académico, carece de rigor, aunque en general está muy bien documentado. Considero que la artista y el personaje, a estas alturas, merecerían una atención científica de mayor calado y recorrido. Pero, por desgracia, ha sido injustamente eclipsada por la vergonzosa fogata de vanidades azuzada por una patulea de personas tan inicuas como mediocres y por unos profesionales del entretenimiento sin respeto ni conciencia», apunta en el libro García de la Vega.. Cuerpo emancipado. Pero no era solo una tonadillera de antiguos ripios. En 1978 publicó «Lo siento, mi amor», una canción sobre la insatisfacción sexual femenina. Y al año siguiente, en «Señora», ese disco que marcó una época, había un tema sobre la masturbación compuesto por Manuel Alejandro: «Amores a solas» («Mi mente volando / mis manos que juegan /me siento flotando»), como recoge Carlos Barea en un interesantísimo ensayo del volumen recién publicado. Su vida fue reflejo de los avances sociales: se divorció del boxeador Pedro Carrasco en 1989 –la ley de divorcio fue aprobada en 1981–, y volvió a casarse en 1995 con el torero José Ortega Cano. Con él, adoptó a dos niños de origen colombiano. Se enfrentó a actitudes machistas, se declaró «progay» y proclamó: «Yo no soy feminista desesperá, pero si hay que defender a la mujer, la defiendo». Y lo cantó en «Ese hombre» («Es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso. Un payaso vanidoso. Inconsciente y presumido. Falso, enano, rencoroso, que no tiene corazón») y lo volvió a cantar en «Señora» y en la inmortal «Se nos rompió el amor».. La Más Grande lo fue sin dejar de cantar a las mujeres trágicas, honrando la tonadilla y el melodrama y haciendo gala de su propio cuerpo como vehículo (no solo las curvas, claro, sino otros atributos de la voz a la mirada). Como menciona en su ensayo el dramaturgo Alberto Conejero, su figura primero escandalizó, después defendió su espacio y, por último, se sumió en la tragedia siempre con inmensa teatralidad. Fue su cuerpo y el maldito cáncer de páncreas, el que se la llevó por delante hace, ahora, veinte años.

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La artista, de cuya muerte se cumplen dos décadas mañana, fue La Más Grande pero nunca ha sido objeto de estudio académico… hasta ahora

  

La cultura popular está llena de paradojas, olvidos y estigmas. Escenas y artistas denostados que se rehabilitan y reivindican, movimientos en boga que se reinterpretan y hasta se malinterpretan con el paso de los años. Figuras totémicas que se derrumban por conveniencias morales o por el descubrimiento de hechos vergonzosos de su vida privada, o, en otras ocasiones, simplemente pasan a la negra espalda del tiempo. El tiempo no siempre es justo con los artistas en vida y mucho menos después de muertos. Otras veces, hace falta el paso de los años para entender la valía de ciertos artistas e, incluso, se llevan a cabo relecturas interesadas a la luz de la nueva moral imperante. En este océano impredecible lleno de corrientes hay una figura paradójica como pocas: Rocío Jurado, de cuyo fallecimiento se cumplen mañana dos décadas, fue calificada como La Más Grande, así, con tres mayúsculas, pero nunca ha sido objeto de un estudio académico y serio que analice su figura y las aristas de su arte desde un punto de vista estrictamente cultural. Tonadillera pero diva, cuerpo erótico pero trágico, reflejo de la historia de España y actualizadora de la copla: Rocío Jurado rompió moldes y esquemas sin ceder ni plegarse. Parecía en el olvido, pero un ensayo colectivo reivindica su presencia: «Rocío Jurado. La voz que nos hizo sentir libres» (Dos Bigotes).. La historia de Rocío Jurado es arquetípica en muchos sentidos. Emigró del sur a Madrid, como centenares de miles de personas, de la mano de su madre, con 8.000 pesetas y una pensión de mala muerte. Aspiraba a ser niña prodigio –había ganado un concurso radiofónico en Sevilla– y entró a trabajar en el tablao de Manolo Caracol, figura quintaesencial. Si quieren más hechos clave, hizo su debut en el cine en «Los guerrilleros» (1963), cinta en la que también actuaba por primera vez en el celuloide Manolo Escobar. Pero Rocío fue decisiva en la televisión. Suya fue la actuación icónica de la siguiente fase cultural española: el destape, una época más allá de los audiovisual. Su aparición, con un escote de vértigo, en «Cambie su suerte» fue tan atómica que provocó el cese del ministro de Información y Turismo Pío Cabanillas en 1974. Cantó ante las cámaras «Soy de España» dejando ver mucho menos de lo que algunos creyeron, pero el dictador estaba vivo y los valores del régimen, más. Después, hizo «La querida» (1976), dirigida por Fernando Fernán Gómez: su peor película, según él mismo.. Heroína de la copla. En su ensayo del libro, la experta en copla Lidia García hace encajar la biografía de la Jurado nada menos que en el «viaje del héroe» de Joseph Campbell, a la manera de las narraciones mitológicas. La Más Grande tuvo un rito de paso iniciático enfrentándose al desprecio de la que era su ídolo, Concha Piquer, que la desairó cuando la joven Rocío por atreverse a interpretar «su» «Mañana sale»: «Llegarás donde quieras, niña, porque tienes una bonita cara dura. Artistas ya consagradas no se han atrevido a cantar mis canciones y tú tienes la osadía de hacerlo en mi propia cara», le dijo la valenciana y Rocío nunca lo olvidó: tampoco quiso difamarla, se limitaba a negarse a hablar de «esa señora». En el viaje de nuestra heroína, había benefactores como su madre, y maestros, según Lidia García, deben contarse Juan Solano y Rafael de León.. Pero ¿cuál fue su aportación artística? En la España preolímpica se vivía la euforia de la democracia y la modernidad. Se atisbaban los pelotazos, el capitalismo rampante, se tocaba con los dedos el futuro. Llegaban las tendencias electrónicas, la nueva ola, la vanguardia. Pero, simultáneamente, algunos intelectuales se reconciliaban con la tradición, toda vez que el franquismo había sido enterrado. Terenci Moix o Vázquez Montalbán (catalanes y de izquierdas) reivindicaban el valor de la copla, que había servido al franquismo para imponer ideología, pero que para ellos era también «la caja negra emocional de España» y el lugar donde también había libertad para tratar con libertar realidades condenadas a la marginalidad. La Expo 92 de Sevilla tuvo, como plato central, «Azabache», un espectáculo dirigido por Gerardo Vera que rendía homenaje al género con Rocío Jurado, Juanita Reina, Nati Mistral, Imperio Argentina y María Vidal. Sin embargo, la copla estaba muy lejos de su mejor momento de popularidad. La Jurado le dedicó tres discos completos a estas historias de mujeres que vivían en los márgenes de la sociedad, a marineros, prostitutas y bebedores: de «Amante de abril y mayo» a «Ojos verdes» y de «Carmen de España» a «Tatuaje». Pero no se limitó a simplemente reproducir los clásicos del género: les aportó una presencia que no era simplemente folclórica. Prescindió de los lunares, el traje de gitana, la bata de cola y moño con clavel. Trajes de Balenciaga, escotes de vértigo, pantalones y faldas de cintura marcada. Rocío era una diva, una «prima donna» en un sentido moderno del término, lo cual no quiere decir que sea emancipador, sino, al contrario, una forma de sometimiento patriarcal de su figura. Una diva que fue «monetizada, desacralizada y epitomizada hasta convertirla en un ser humano corriente». Como sostiene el musicólogo Carlos García de la Vega, eso le obligó a «exponerse al dominio público con grandes dosis de vida privada, adoptó una actitud general sobreactuada y exagerada que, tal vez, le servía de barrera de protección emocional frente a lo que le tocaría lidiar de puertas adentro». «La literatura académica sobre Rocío Jurado es mínima y lo que existe, al no ser académico, carece de rigor, aunque en general está muy bien documentado. Considero que la artista y el personaje, a estas alturas, merecerían una atención científica de mayor calado y recorrido. Pero, por desgracia, ha sido injustamente eclipsada por la vergonzosa fogata de vanidades azuzada por una patulea de personas tan inicuas como mediocres y por unos profesionales del entretenimiento sin respeto ni conciencia», apunta en el libro García de la Vega.. Cuerpo emancipado. Pero no era solo una tonadillera de antiguos ripios. En 1978 publicó «Lo siento, mi amor», una canción sobre la insatisfacción sexual femenina. Y al año siguiente, en «Señora», ese disco que marcó una época, había un tema sobre la masturbación compuesto por Manuel Alejandro: «Amores a solas» («Mi mente volando / mis manos que juegan /me siento flotando»), como recoge Carlos Barea en un interesantísimo ensayo del volumen recién publicado. Su vida fue reflejo de los avances sociales: se divorció del boxeador Pedro Carrasco en 1989 –la ley de divorcio fue aprobada en 1981–, y volvió a casarse en 1995 con el torero José Ortega Cano. Con él, adoptó a dos niños de origen colombiano. Se enfrentó a actitudes machistas, se declaró «progay» y proclamó: «Yo no soy feminista desesperá, pero si hay que defender a la mujer, la defiendo». Y lo cantó en «Ese hombre» («Es un gran necio, un estúpido engreído, egoísta y caprichoso. Un payaso vanidoso. Inconsciente y presumido. Falso, enano, rencoroso, que no tiene corazón») y lo volvió a cantar en «Señora» y en la inmortal «Se nos rompió el amor».. La Más Grande lo fue sin dejar de cantar a las mujeres trágicas, honrando la tonadilla y el melodrama y haciendo gala de su propio cuerpo como vehículo (no solo las curvas, claro, sino otros atributos de la voz a la mirada). Como menciona en su ensayo el dramaturgo Alberto Conejero, su figura primero escandalizó, después defendió su espacio y, por último, se sumió en la tragedia siempre con inmensa teatralidad. Fue su cuerpo y el maldito cáncer de páncreas, el que se la llevó por delante hace, ahora, veinte años.

 

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