Ha pasado la efeméride y entre otros ruidos mediáticos, nadie se ha acordado de este aniversario literario. En abril de 1926, hace ahora cien años, en el número 34 de «Revista de Occidente», aquella ambiciosa publicación creada por Ortega y Gasset, acogía en sus páginas, entre textos de Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Serna y Hugo Obermaier un largo poema que era una verdadera declaración de amistad. Era la «Oda a Salvador Dalí» escrita por Federico García Lorca. En palabras del hispanista francés Jean Cassou, aparecidas unos meses más tarde, era «la manifestación más deslumbrante de un estado de ánimo completamente nuevo en España».. Con la excepción del Museo Casa Natal del poeta en Fuente Vaqueros que acaba de inaugurar una muestra dedicada a la oda, prácticamente este centenario ha pasado desapercibido, pese a que estamos ante una de las composiciones líricas más importantes de su autor, además de ser el punto álgido de su amistad con el artista de Figueres. Para saber un poco más de ese puñado de versos debemos echar la vista atrás.. El de 1926 fue un año decisivo para Salvador Dalí. Fue en ese momento cuando pudo viajar por primera vez a París para conocer a su ídolo Pablo Picasso, un hecho fundamental en su biografía. Igualmente fue en 1926 cuando se le expulsó de manera definitiva de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, dejando en esa ciudad un puñado de amigos que fueron sus cómplices en la Residencia de Estudiantes, con Buñuel y Lorca a la cabeza. Con este último mantenía una amistad que, como dijo el pintor al final de su vida, era «un amor erótico y trágico, por el hecho de no poderlo compartir».. En las cartas que el pintor escribe a Lorca en aquellos meses había una preocupación manifiesta: la escritura de una oda dedicada a él. El poeta, tan cuidadoso siempre en su trabajo, fue poco a poco redactando esos alejandrinos que debían mucho a la estancia que, un año antes, durante la semana santa, había realizado en Cadaqués y Figueres invitado por Salvador y su familia. Aquellos días se tradujeron en esos versos.. El manuscrito original de la «Oda a Salvador Dalí», que se conserva en el Centro Lorca de Granada, está formado por ocho páginas. En ella expuso el poeta sus sentimientos hacia quien fue uno de sus grandes amigos, aunque también es la plasmación de las diferencias estéticas que existieron siempre entre ambos y que se acentuaron con la publicación del «Romancero gitano».. La huella dejada por el pequeño pueblo ampurdanés es evidente cuando Lorca recuerda que «Cadaqués, en el fiel del agua y la colina,/ eleva escalinatas y oculta caracolas./ Las flautas de madera pacifican el aire./ Un viejo dios silvestre da frutas a los niños». Y eso ocurre en la población en la que vive y pinta ese Salvador Dalí «de voz aceitunada».. Lorca se fija en todos los detalles del pintor, el mismo que toma su paleta, «con un tiro en un ala» y que pide luz «que anima la copa del olivo», pero también «la luz antigua que se queda en la frente». Lo que desea Dalí, a los ojos de su amigo, es «una materia definida y exacta/ donde el hongo no pueda poner su campamento./Amas la arquitectura que construye en lo ausente/ y admites la bandera como una simple broma».. En contraste con todo ello, está una flor: «¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!/ Tranquila y concentrada como una estatua ciega,/ ignorante de esfuerzos soterrados que causa».. Pese a todo, pese a las diferencias evidentes que marcan aquella relación, Lorca se quedaba «lo que me dicen tu persona y tus cuadros». Prefiere no aplaudir su «imperfecto pincel adolescente», pero sí que alaba «la firme dirección de tus flechas». El poeta se quedaba con «tu corazón astronómico y tierno,/ de baraja francesa y sin ninguna herida».. Leído el manuscrito se ven algunas variantes con lo que finalmente vio la luz en «Revista de Occidente». Una de las más curiosas es un verso, hacia el final, que a imprenta llegó como «nuestra amistad pintada como un juego de la oca» mientras que en el original lorquiana se lee «nuestra amistad radiante de corazón y risas».. El poema, cuando apareció en la publicación de Ortega, fue un gran impacto para los lectores llamando pronto la atención de la crítica especializada, además de conquistar sin ninguna fisura a Dalí.. A lo largo de los años, una vez muerto Lorca, el pintor destacaría ese largo poema, ese signo de amistad, como la verdadera explicación de lo que fuer la admiración y afecto que Lorca sintió hacia él. Fue precisamente la oda el vehículo que usó Dalí para recordar a su amigo cuando supo que había sido asesinado. En París, en la editorial GLM (Guy Levis Mano), en 1938, el pintor promovió la publicación en edición bilingüe, en español y francés, con la implicación como traductores del poeta surrealista Paul Éluard y el escritor Louis Parrot. El pequeño volumen, en edición limitada, iba ilustrada con una fotografía de Lorca y Dalí en Figueres, en el tiempo en el que este último estaba realizando el servicio militar.. La oda persiguió toda su vida al padre de los relojes blandos. Para él fue la mejor manera de demostrar al mundo que seguía sintiendo sincero afecto hacia Lorca, pese a que en ocasiones no había estado muy acertado en sus declaraciones públicas sobre aquella amistad. El 30 de enero de 1986, en una carta al director en «El País», una de sus últimas intervenciones públicas por escrito, el pintor volvió a citarla al referirse al poeta granadino.
Se conmemora el centenario de la publicación en «Revista de Occidente» del gran poema que el poeta dedicó al pintor ampurdanés
Ha pasado la efeméride y entre otros ruidos mediáticos, nadie se ha acordado de este aniversario literario. En abril de 1926, hace ahora cien años, en el número 34 de «Revista de Occidente», aquella ambiciosa publicación creada por Ortega y Gasset, acogía en sus páginas, entre textos de Pedro Salinas, Ramón Gómez de la Serna y Hugo Obermaier un largo poema que era una verdadera declaración de amistad. Era la «Oda a Salvador Dalí» escrita por Federico García Lorca. En palabras del hispanista francés Jean Cassou, aparecidas unos meses más tarde, era «la manifestación más deslumbrante de un estado de ánimo completamente nuevo en España».. Con la excepción del Museo Casa Natal del poeta en Fuente Vaqueros que acaba de inaugurar una muestra dedicada a la oda, prácticamente este centenario ha pasado desapercibido, pese a que estamos ante una de las composiciones líricas más importantes de su autor, además de ser el punto álgido de su amistad con el artista de Figueres. Para saber un poco más de ese puñado de versos debemos echar la vista atrás.. El de 1926 fue un año decisivo para Salvador Dalí. Fue en ese momento cuando pudo viajar por primera vez a París para conocer a su ídolo Pablo Picasso, un hecho fundamental en su biografía. Igualmente fue en 1926 cuando se le expulsó de manera definitiva de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, dejando en esa ciudad un puñado de amigos que fueron sus cómplices en la Residencia de Estudiantes, con Buñuel y Lorca a la cabeza. Con este último mantenía una amistad que, como dijo el pintor al final de su vida, era «un amor erótico y trágico, por el hecho de no poderlo compartir».. En las cartas que el pintor escribe a Lorca en aquellos meses había una preocupación manifiesta: la escritura de una oda dedicada a él. El poeta, tan cuidadoso siempre en su trabajo, fue poco a poco redactando esos alejandrinos que debían mucho a la estancia que, un año antes, durante la semana santa, había realizado en Cadaqués y Figueres invitado por Salvador y su familia. Aquellos días se tradujeron en esos versos.. El manuscrito original de la «Oda a Salvador Dalí», que se conserva en el Centro Lorca de Granada, está formado por ocho páginas. En ella expuso el poeta sus sentimientos hacia quien fue uno de sus grandes amigos, aunque también es la plasmación de las diferencias estéticas que existieron siempre entre ambos y que se acentuaron con la publicación del «Romancero gitano».. La huella dejada por el pequeño pueblo ampurdanés es evidente cuando Lorca recuerda que «Cadaqués, en el fiel del agua y la colina,/ eleva escalinatas y oculta caracolas./ Las flautas de madera pacifican el aire./ Un viejo dios silvestre da frutas a los niños». Y eso ocurre en la población en la que vive y pinta ese Salvador Dalí «de voz aceitunada».. Lorca se fija en todos los detalles del pintor, el mismo que toma su paleta, «con un tiro en un ala» y que pide luz «que anima la copa del olivo», pero también «la luz antigua que se queda en la frente». Lo que desea Dalí, a los ojos de su amigo, es «una materia definida y exacta/ donde el hongo no pueda poner su campamento./Amas la arquitectura que construye en lo ausente/ y admites la bandera como una simple broma».. En contraste con todo ello, está una flor: «¡Siempre la rosa, siempre, norte y sur de nosotros!/ Tranquila y concentrada como una estatua ciega,/ ignorante de esfuerzos soterrados que causa».. Pese a todo, pese a las diferencias evidentes que marcan aquella relación, Lorca se quedaba «lo que me dicen tu persona y tus cuadros». Prefiere no aplaudir su «imperfecto pincel adolescente», pero sí que alaba «la firme dirección de tus flechas». El poeta se quedaba con «tu corazón astronómico y tierno,/ de baraja francesa y sin ninguna herida».. Leído el manuscrito se ven algunas variantes con lo que finalmente vio la luz en «Revista de Occidente». Una de las más curiosas es un verso, hacia el final, que a imprenta llegó como «nuestra amistad pintada como un juego de la oca» mientras que en el original lorquiana se lee «nuestra amistad radiante de corazón y risas».. El poema, cuando apareció en la publicación de Ortega, fue un gran impacto para los lectores llamando pronto la atención de la crítica especializada, además de conquistar sin ninguna fisura a Dalí.. A lo largo de los años, una vez muerto Lorca, el pintor destacaría ese largo poema, ese signo de amistad, como la verdadera explicación de lo que fuer la admiración y afecto que Lorca sintió hacia él. Fue precisamente la oda el vehículo que usó Dalí para recordar a su amigo cuando supo que había sido asesinado. En París, en la editorial GLM (Guy Levis Mano), en 1938, el pintor promovió la publicación en edición bilingüe, en español y francés, con la implicación como traductores del poeta surrealista Paul Éluard y el escritor Louis Parrot. El pequeño volumen, en edición limitada, iba ilustrada con una fotografía de Lorca y Dalí en Figueres, en el tiempo en el que este último estaba realizando el servicio militar.. La oda persiguió toda su vida al padre de los relojes blandos. Para él fue la mejor manera de demostrar al mundo que seguía sintiendo sincero afecto hacia Lorca, pese a que en ocasiones no había estado muy acertado en sus declaraciones públicas sobre aquella amistad. El 30 de enero de 1986, en una carta al director en «El País», una de sus últimas intervenciones públicas por escrito, el pintor volvió a citarla al referirse al poeta granadino.
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