Aprincipios de mayo, durante el Mundial de Relevos, que se celebró en Botsuana,en la retransmisión de RTVE se vivió una situación bastante curiosa. La comentarista comenzó a trastabillar con el lenguaje tratando de ser inclusiva y, aunque todas las competidoras eran mujeres, la frase final de felicitación tuvo el brillante neologismo de «atletas y atletos». Más allá de lo divertido del concepto, que tiene aura de nombre de personaje de Ibáñez, nos muestra las confusiones constantes que este tipo de planteamientos ideológicos generan.. Y es que, más allá de lo divertido de los «atletos», el lenguaje inclusivo vive un mal momento –o momenta– a nivel global. Más allá de la obvia oposición que podemos ver en redes o vídeos, que ha crecido de forma exponencial, este debate ha logrado traspasar el mundo digital para colocarse en las cabeceras de los grandes medios y hasta en la ciencia. «The New York Times», que había tradicionalmente defendido esta idea como necesaria para la sociedad, ha traído un nuevo debate a la mesa. En su artículo «Did Wokeness Leave Us Worse Off?» publicado el pasado abril, analizaba cómo el lenguaje inclusivo había logrado efectos, pero casi todos contrarios a los supuestamente deseados.. En general, las conclusiones eran claras. Sus autores –en formato diálogo– observaban cómo el exceso de corrección política aplicada al lenguaje había contribuido a un clima de autocensura y fatiga social. Lo que comenzó como un intento de mayor sensibilidad parece haberse convertido más en un mecanismo punitivo que hace que las discrepancias ordinarias parezcan actos de mala fe. El resultado es una sociedad más fragmentada, donde el lenguaje deja de ser un instrumento de entendimiento mutuo para transformarse en un campo de batalla ideológico que, además, el wokismo estaba perdiendo.. La ciencia, naturalmente más lenta que los debates ordinarios, comenzaba en 2025 a avisarnos del declive de este tipo de ideas, aunque ciertas figuras políticas insistan constantemente. Hay varios estudios particularmente llamativos a este respecto que hablan tanto de la utilidad del lenguaje inclusivo como de la reacción que genera.. Sobre el primer asunto, el artículo científico «Gender-Inclusive Language and Economic Decision-Making» publicado en diciembre de 2025, analiza el efecto de este lenguaje inclusivo en los comportamientos, la igualdad efectiva y el ambiente laboral. En cualquiera de los casos analizados, las conclusiones son preclaras: no hay absolutamente ningún cambio. El estudio analiza cómo el lenguaje inclusivo, si bien presente, no altera las percepciones ni empeora ni mejora la situación de igualdad.. En contra. En cuanto al segundo asunto, la reacción al lenguaje inclusivo, las conclusiones son más absolutas. Aquí hay dos publicaciones que resultan particularmente interesantes. En 2024 se publicaba, de manos de la Universidad de Cambridge, «Could Opposition to Gender-Neutral Language Become a Wedge Issue?», con unas conclusiones particularmente interesantes. Según este estudio, el lenguaje inclusivo no había tenido utilidad real, sino que simplemente había generado una radicalización de las posturas. Aquellos más izquierdistas tendían a apoyarlo sin críticas, mientras que los sectores conservadores atacaban con fuerza el asunto. Es decir, más allá de la diatriba política, el gran público no había mostrado especial interés, obviando en general el lenguaje inclusivo sin prestarle mayor atención.. La otra publicación, más reciente, nos deja ver la deriva hacia el rechazo cada vez mayor de ese centro menos preocupado por esos asuntos. En marzo de 2025 se publicaba en la revista «Comparative Political Studies» el artículo «Is There a Backlash Against Identity Politics? Experimental and Focus Group Evidence on the Conflict Over Gender-Neutral Language in Germany». En este documento se analizaron dos estudios y se encontraron unas conclusiones particularmente llamativas. En general, la inmensa mayoría de los encuestados se mostraba en contra del uso del lenguaje inclusivo, independientemente del nivel educativo y hasta de filiación partidista. Es decir, esa famosa mayoría silenciosa, no asociada necesariamente a una identidad política fuerte, se había puesto en contra.. Más aún, si nos vamos a ejemplos políticos concretos de nuestro entorno, la realidad parece la misma. En Francia, la Académie Française y figuras como Emmanuel Macron han rechazado consistentemente la «écriture inclusive», argumentando que complica innecesariamente la lectura y atenta contra la claridad. En Alemania, varios Länder gobernados por la CDU han prohibido el uso de asteriscos y otros marcadores en la administración y la educación, invocando principios de uniformidad y comprensibilidad. Italia, bajo el gobierno Meloni, ha vetado estas formas en documentos escolares por considerarlas contrarias a la integridad lingüística. En España, pese a los intentos constantes de ciertos grupos, la RAE dejaba clara su postura contraria desde el año 2020 en su documento «Informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y cuestiones conexas».. Al final, «atletas y atletos» no es solo un lapsus televisivo, es la caricatura perfecta de un proyecto que prometía inclusión y solo ha logrado rechazo. La sociedad ha dicho basta. El lenguaje inclusivo no muere por censura, muere por absurdo y falta de utilidad. Y ese absurdo es más que evidente cuando nadie ha oído hablar jamás de los «atletos».
Cada vez más sectores de la sociedad se muestran en contra de estas expresiones, según los últimos estudios
Aprincipios de mayo, durante el Mundial de Relevos, que se celebró en Botsuana,en la retransmisión de RTVE se vivió una situación bastante curiosa. La comentarista comenzó a trastabillar con el lenguaje tratando de ser inclusiva y, aunque todas las competidoras eran mujeres, la frase final de felicitación tuvo el brillante neologismo de «atletas y atletos». Más allá de lo divertido del concepto, que tiene aura de nombre de personaje de Ibáñez, nos muestra las confusiones constantes que este tipo de planteamientos ideológicos generan.. Y es que, más allá de lo divertido de los «atletos», el lenguaje inclusivo vive un mal momento –o momenta– a nivel global. Más allá de la obvia oposición que podemos ver en redes o vídeos, que ha crecido de forma exponencial, este debate ha logrado traspasar el mundo digital para colocarse en las cabeceras de los grandes medios y hasta en la ciencia. «The New York Times», que había tradicionalmente defendido esta idea como necesaria para la sociedad, ha traído un nuevo debate a la mesa. En su artículo «Did Wokeness Leave Us Worse Off?» publicado el pasado abril, analizaba cómo el lenguaje inclusivo había logrado efectos, pero casi todos contrarios a los supuestamente deseados.. En general, las conclusiones eran claras. Sus autores –en formato diálogo– observaban cómo el exceso de corrección política aplicada al lenguaje había contribuido a un clima de autocensura y fatiga social. Lo que comenzó como un intento de mayor sensibilidad parece haberse convertido más en un mecanismo punitivo que hace que las discrepancias ordinarias parezcan actos de mala fe. El resultado es una sociedad más fragmentada, donde el lenguaje deja de ser un instrumento de entendimiento mutuo para transformarse en un campo de batalla ideológico que, además, el wokismo estaba perdiendo.. La ciencia, naturalmente más lenta que los debates ordinarios, comenzaba en 2025 a avisarnos del declive de este tipo de ideas, aunque ciertas figuras políticas insistan constantemente. Hay varios estudios particularmente llamativos a este respecto que hablan tanto de la utilidad del lenguaje inclusivo como de la reacción que genera.. Sobre el primer asunto, el artículo científico «Gender-Inclusive Language and Economic Decision-Making» publicado en diciembre de 2025, analiza el efecto de este lenguaje inclusivo en los comportamientos, la igualdad efectiva y el ambiente laboral. En cualquiera de los casos analizados, las conclusiones son preclaras: no hay absolutamente ningún cambio. El estudio analiza cómo el lenguaje inclusivo, si bien presente, no altera las percepciones ni empeora ni mejora la situación de igualdad.. En cuanto al segundo asunto, la reacción al lenguaje inclusivo, las conclusiones son más absolutas. Aquí hay dos publicaciones que resultan particularmente interesantes. En 2024 se publicaba, de manos de la Universidad de Cambridge, «Could Opposition to Gender-Neutral Language Become a Wedge Issue?», con unas conclusiones particularmente interesantes. Según este estudio, el lenguaje inclusivo no había tenido utilidad real, sino que simplemente había generado una radicalización de las posturas. Aquellos más izquierdistas tendían a apoyarlo sin críticas, mientras que los sectores conservadores atacaban con fuerza el asunto. Es decir, más allá de la diatriba política, el gran público no había mostrado especial interés, obviando en general el lenguaje inclusivo sin prestarle mayor atención.. La otra publicación, más reciente, nos deja ver la deriva hacia el rechazo cada vez mayor de ese centro menos preocupado por esos asuntos. En marzo de 2025 se publicaba en la revista «Comparative Political Studies» el artículo «Is There a Backlash Against Identity Politics? Experimental and Focus Group Evidence on the Conflict Over Gender-Neutral Language in Germany». En este documento se analizaron dos estudios y se encontraron unas conclusiones particularmente llamativas. En general, la inmensa mayoría de los encuestados se mostraba en contra del uso del lenguaje inclusivo, independientemente del nivel educativo y hasta de filiación partidista. Es decir, esa famosa mayoría silenciosa, no asociada necesariamente a una identidad política fuerte, se había puesto en contra.. Más aún, si nos vamos a ejemplos políticos concretos de nuestro entorno, la realidad parece la misma. En Francia, la Académie Française y figuras como Emmanuel Macron han rechazado consistentemente la «écriture inclusive», argumentando que complica innecesariamente la lectura y atenta contra la claridad. En Alemania, varios Länder gobernados por la CDU han prohibido el uso de asteriscos y otros marcadores en la administración y la educación, invocando principios de uniformidad y comprensibilidad. Italia, bajo el gobierno Meloni, ha vetado estas formas en documentos escolares por considerarlas contrarias a la integridad lingüística. En España, pese a los intentos constantes de ciertos grupos, la RAE dejaba clara su postura contraria desde el año 2020 en su documento «Informe de la Real Academia Española sobre el lenguaje inclusivo y cuestiones conexas».. Al final, «atletas y atletos» no es solo un lapsus televisivo, es la caricatura perfecta de un proyecto que prometía inclusión y solo ha logrado rechazo. La sociedad ha dicho basta. El lenguaje inclusivo no muere por censura, muere por absurdo y falta de utilidad. Y ese absurdo es más que evidente cuando nadie ha oído hablar jamás de los «atletos».
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