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  Sociedad  Ana White, psicóloga, sobre los efectos en salud mental del Hantavirus: «Un nuevo encierro podría convertir problemas temporales en patologías crónicas»
Sociedad

Ana White, psicóloga, sobre los efectos en salud mental del Hantavirus: «Un nuevo encierro podría convertir problemas temporales en patologías crónicas»

10 de mayo de 2026
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La alerta internacional por el brote de hantavirus detectado en el crucero MV Hondius ha vuelto a situar la salud mental y la psicología en el punto de mira del debate social. Apenas seis años después de la pandemia de covid-19, conceptos como cuarentena, aislamiento o confinamiento han revivido en muchas personas recuerdos, emociones y miedos asociados a una de las etapas más difíciles vividas en las últimas décadas.. Aunque las autoridades sanitarias insisten en que el escenario actual no es comparable al de 2020, la posibilidad de nuevas restricciones o brotes vuelve a poner sobre la mesa el impacto psicológico que generan la incertidumbre, el miedo colectivo y la sobreexposición constante a información. Ansiedad, estrés o fatiga emocional son algunas de las consecuencias que los expertos en psicología y salud mental siguen observando años después de la covid.. En este contexto, los especialistas recuerdan la importancia de mantener la calma, informarse a través de fuentes fiables y cuidar especialmente nuestro bienestar emocional, tanto individual como colectivo. Para analizar cómo podría reaccionar la sociedad ante una nueva crisis sanitaria y qué efectos tendría sobre nuestra salud mental, hablamos con Ana White, psicóloga y neuropsicóloga clínica especializada en ansiedad, alteraciones emocionales y comportamiento.. -Seis años después de la covid-19, ¿la sociedad está psicológicamente preparada para afrontar otro posible confinamiento?. Hablar de si estamos ‘preparados’ puede plantear una mirada hacia la situación actual con matices. A diferencia de 2020, como sociedad que ha vivido un evento de tal magnitud creo que ya no partimos de la ingenuidad. Hoy poseemos una memoria procedimental y emocional de lo que implica un confinamiento. Desde la psicología, se podrían observar dos situaciones contrapuestas, por un lado, un sentimiento de fatiga crónica. Seis años después, el sistema de alerta de muchas personas aún no se ha desactivado del todo, acumulando desgaste y una menor tolerancia a la incertidumbre. Un nuevo confinamiento quizá no se recibiría con la ‘novedad’ de la Covid-19, sino con un miedo incubado de reactividad, síntomas depresivos y posible aislamiento . Aunque por otro lado, contamos con un gran aprendizaje de recursos como la normalización de la teleasistencia casi en cualquier ámbito, la gestión de la soledad en entornos digitales y una mayor conciencia sobre la importancia del autocuidado. Así que, más que estar ‘preparados’ en términos de fortaleza, estamos advertidos.. -¿Qué efectos emocionales inmediatos reaparecen en la población cuando vuelve a hablarse de brotes, cuarentenas o aislamientos?. Bueno, cuando escuchamos términos como «cuarentena» o “aislamiento” creo que todo el mundo lo recuerda como una etapa dura. El cerebro no procesa ese recuerdo de forma puramente lógica, sino que se activan ciertas zonas como la amígdala, que recupera las sensaciones de miedo, encierro o incluso pérdidas y duelos, lo cual hace que pueda aumentar la alerta presente, la hipervigilancia hacia ciertos cambios físicos o noticias, o incluso la aparición de flashbacks.. -¿Existe actualmente una mayor sensibilidad colectiva hacia las alertas sanitarias o, por el contrario, cierta fatiga y desconexión?. Podríamos estar ante una situación un tanto paradójica en la que ambos procesos podrían darse juntos, aunque también habría que tener en cuenta el tipo de afrontamiento que tuvo cada persona en esos momentos. Ya que, por un lado, cualquier estímulo que ahora mismo evoque el inicio de otra crisis como una voz oficial, una palabra específica, una imagen de hospitales, dispara rápidamente respuestas inmediatas de defensa o huida. Y no hablamos de una sensibilización empática, sino reactiva. Y, por otro lado, existe una clara habituación al riesgo. El cerebro humano no puede mantener un estado de alerta roja de forma indefinida, ya que por pura economía cognitiva, el sistema nervioso termina por «normalizar» la amenaza para poder seguir funcionando. Siendo este el mecanismo que de alguna forma todos empezamos a adoptar cuando empezó la desescalada y la vuelta a la “nueva normalidad”.. -¿Cómo influye el recuerdo del confinamiento en la percepción del riesgo ante enfermedades como el hantavirus?. El hecho de tener ese recuerdo podría estar actuando como un filtro o un sesgo de disponibilidad que puede llegar a distorsionar cómo evaluamos actualmente otro tipo de amenaza.. A veces el cerebro humano calcula la probabilidad de que ocurra un evento basándose en el recuerdo de un ejemplo ya vivido con muchas similitudes, y nuestro “archivo» de enfermedad infecciosa está muy accesible ahora mismo. Ante una alerta de hantavirus, el cerebro no analiza las diferencias técnicas. En su lugar, proyecta automáticamente la imagen de calles vacías y hospitales llenos. Y claro, es fácil sentir el pánico. Por otro lado ante eventos con ciertas similitudes compartidas, habitualmente solemos anclarnos y enfocarnos en la consecuencia como en el encierro que cada uno vivió y no en la probabilidad real de contagio del nuevo virus actual. Se activa una respuesta de pánico casi instantánea porque el ancla (el confinamiento) fue una situación eventual que nadie vio venir, se desarrolló rápidamente y fue completamente inesperada, y eso es el caldo de cultivo perfecto para generar una experiencia traumática.. -¿Qué impacto podría tener un nuevo confinamiento sobre la salud mental de niños y adolescentes, teniendo en cuenta las secuelas que dejó la pandemia?. Bueno, este es un tema complejo, ya que a día de hoy se siguen observando consecuencias en el desarrollo temprano que vivieron niños y adolescentes durante la COVID-19. Un nuevo confinamiento no sería simplemente una «repetición» del anterior, sino que posiblemente actuaría sobre una base ya fragilizada y podría llegar a interpretarse como una crisis de indefensión o desesperanza aprendida. Muchos menores a día de hoy continúan arrastrando problemas de ansiedad, cuadros depresivos, trastornos de la conducta alimentaria (TCA) o dificultades en habilidades sociales que se dispararon tras la pandemia, y un nuevo encierro podría convertir problemas temporales en patologías crónicas. En las etapas más tempranas se podrían observar ciertos retrocesos en hitos alcanzados, y en los adolescentes es probable que se repitieran situaciones de excesivo aislamientos dificultándose el retorno posterior a la “vida real” generando cierta apatía hacia el futuro.. -¿Cómo afectaría a las relaciones personales y familiares la posibilidad de volver a restricciones de movilidad o cuarentenas?. Creo que esto podría abarcar multitud de escenarios. Es cierto que podría darse el fenómeno de incubación reactiva del que hablábamos antes, e incluso tener flashbacks de situaciones ya vividas con una carga emocional negativa importante. Pero también ahora contamos con un aprendizaje de experiencia vivida. Al tener esos recuerdos podemos llegar a plantearnos que si repetiríamos y que no, lo cual nos da algo de ventaja y bastante más margen de maniobra que en 2020.. -¿Qué recomendaciones darías para proteger la salud mental colectiva ante una posible nueva pandemia?. Creo que una de las principales lecciones que nos dejó la pandemia de Covid-19 es que la salud mental no puede abordarse solo cuando aparece el problema, sino que tiene que formar parte de la preparación y prevención primaria desde el principio. Quizá para proteger la salud mental colectiva habría que implicar varias cosas, entre ellas una información clara, coherente y real para reducir el miedo y la incertidumbre, y cuidar especialmente a los grupos más vulnerables, como jóvenes, mayores y profesionales sanitarios.

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La experta en salud mental analiza cómo el recuerdo de la pandemia sigue influyendo en el miedo colectivo ante nuevas alertas sanitarias como el hantavirus

  

La alerta internacional por el brote de hantavirus detectado en el crucero MV Hondius ha vuelto a situar la salud mental y la psicología en el punto de mira del debate social. Apenas seis años después de la pandemia de covid-19, conceptos como cuarentena, aislamiento o confinamiento han revivido en muchas personas recuerdos, emociones y miedos asociados a una de las etapas más difíciles vividas en las últimas décadas.. Aunque las autoridades sanitarias insisten en que el escenario actual no es comparable al de 2020, la posibilidad de nuevas restricciones o brotes vuelve a poner sobre la mesa el impacto psicológico que generan la incertidumbre, el miedo colectivo y la sobreexposición constante a información. Ansiedad, estrés o fatiga emocional son algunas de las consecuencias que los expertos en psicología y salud mental siguen observando años después de la covid.. En este contexto, los especialistas recuerdan la importancia de mantener la calma, informarse a través de fuentes fiables y cuidar especialmente nuestro bienestar emocional, tanto individual como colectivo. Para analizar cómo podría reaccionar la sociedad ante una nueva crisis sanitaria y qué efectos tendría sobre nuestra salud mental, hablamos con Ana White, psicóloga y neuropsicóloga clínica especializada en ansiedad, alteraciones emocionales y comportamiento.. -Seis años después de la covid-19, ¿la sociedad está psicológicamente preparada para afrontar otro posible confinamiento?. Hablar de si estamos ‘preparados’ puede plantear una mirada hacia la situación actual con matices. A diferencia de 2020, como sociedad que ha vivido un evento de tal magnitud creo que ya no partimos de la ingenuidad. Hoy poseemos una memoria procedimental y emocional de lo que implica un confinamiento. Desde la psicología, se podrían observar dos situaciones contrapuestas, por un lado, un sentimiento de fatiga crónica. Seis años después, el sistema de alerta de muchas personas aún no se ha desactivado del todo, acumulando desgaste y una menor tolerancia a la incertidumbre. Un nuevo confinamiento quizá no se recibiría con la ‘novedad’ de la Covid-19, sino con un miedo incubado de reactividad, síntomas depresivos y posible aislamiento . Aunque por otro lado, contamos con un gran aprendizaje de recursos como la normalización de la teleasistencia casi en cualquier ámbito, la gestión de la soledad en entornos digitales y una mayor conciencia sobre la importancia del autocuidado. Así que, más que estar ‘preparados’ en términos de fortaleza, estamos advertidos.. -¿Qué efectos emocionales inmediatos reaparecen en la población cuando vuelve a hablarse de brotes, cuarentenas o aislamientos?. Bueno, cuando escuchamos términos como «cuarentena» o “aislamiento” creo que todo el mundo lo recuerda como una etapa dura. El cerebro no procesa ese recuerdo de forma puramente lógica, sino que se activan ciertas zonas como la amígdala, que recupera las sensaciones de miedo, encierro o incluso pérdidas y duelos, lo cual hace que pueda aumentar la alerta presente, la hipervigilancia hacia ciertos cambios físicos o noticias, o incluso la aparición de flashbacks.. -¿Existe actualmente una mayor sensibilidad colectiva hacia las alertas sanitarias o, por el contrario, cierta fatiga y desconexión?. Podríamos estar ante una situación un tanto paradójica en la que ambos procesos podrían darse juntos, aunque también habría que tener en cuenta el tipo de afrontamiento que tuvo cada persona en esos momentos. Ya que, por un lado, cualquier estímulo que ahora mismo evoque el inicio de otra crisis como una voz oficial, una palabra específica, una imagen de hospitales, dispara rápidamente respuestas inmediatas de defensa o huida. Y no hablamos de una sensibilización empática, sino reactiva. Y, por otro lado, existe una clara habituación al riesgo. El cerebro humano no puede mantener un estado de alerta roja de forma indefinida, ya que por pura economía cognitiva, el sistema nervioso termina por «normalizar» la amenaza para poder seguir funcionando. Siendo este el mecanismo que de alguna forma todos empezamos a adoptar cuando empezó la desescalada y la vuelta a la “nueva normalidad”.. -¿Cómo influye el recuerdo del confinamiento en la percepción del riesgo ante enfermedades como el hantavirus?. El hecho de tener ese recuerdo podría estar actuando como un filtro o un sesgo de disponibilidad que puede llegar a distorsionar cómo evaluamos actualmente otro tipo de amenaza.. A veces el cerebro humano calcula la probabilidad de que ocurra un evento basándose en el recuerdo de un ejemplo ya vivido con muchas similitudes, y nuestro “archivo» de enfermedad infecciosa está muy accesible ahora mismo. Ante una alerta de hantavirus, el cerebro no analiza las diferencias técnicas. En su lugar, proyecta automáticamente la imagen de calles vacías y hospitales llenos. Y claro, es fácil sentir el pánico. Por otro lado ante eventos con ciertas similitudes compartidas, habitualmente solemos anclarnos y enfocarnos en la consecuencia como en el encierro que cada uno vivió y no en la probabilidad real de contagio del nuevo virus actual. Se activa una respuesta de pánico casi instantánea porque el ancla (el confinamiento) fue una situación eventual que nadie vio venir, se desarrolló rápidamente y fue completamente inesperada, y eso es el caldo de cultivo perfecto para generar una experiencia traumática.. -¿Qué impacto podría tener un nuevo confinamiento sobre la salud mental de niños y adolescentes, teniendo en cuenta las secuelas que dejó la pandemia?. Bueno, este es un tema complejo, ya que a día de hoy se siguen observando consecuencias en el desarrollo temprano que vivieron niños y adolescentes durante la COVID-19. Un nuevo confinamiento no sería simplemente una «repetición» del anterior, sino que posiblemente actuaría sobre una base ya fragilizada y podría llegar a interpretarse como una crisis de indefensión o desesperanza aprendida. Muchos menores a día de hoy continúan arrastrando problemas de ansiedad, cuadros depresivos, trastornos de la conducta alimentaria (TCA) o dificultades en habilidades sociales que se dispararon tras la pandemia, y un nuevo encierro podría convertir problemas temporales en patologías crónicas. En las etapas más tempranas se podrían observar ciertos retrocesos en hitos alcanzados, y en los adolescentes es probable que se repitieran situaciones de excesivo aislamientos dificultándose el retorno posterior a la “vida real” generando cierta apatía hacia el futuro.. -¿Cómo afectaría a las relaciones personales y familiares la posibilidad de volver a restricciones de movilidad o cuarentenas?. Creo que esto podría abarcar multitud de escenarios. Es cierto que podría darse el fenómeno de incubación reactiva del que hablábamos antes, e incluso tener flashbacks de situaciones ya vividas con una carga emocional negativa importante. Pero también ahora contamos con un aprendizaje de experiencia vivida. Al tener esos recuerdos podemos llegar a plantearnos que si repetiríamos y que no, lo cual nos da algo de ventaja y bastante más margen de maniobra que en 2020.. -¿Qué recomendaciones darías para proteger la salud mental colectiva ante una posible nueva pandemia?. Creo que una de las principales lecciones que nos dejó la pandemia de Covid-19 es que la salud mental no puede abordarse solo cuando aparece el problema, sino que tiene que formar parte de la preparación y prevención primaria desde el principio. Quizá para proteger la salud mental colectiva habría que implicar varias cosas, entre ellas una información clara, coherente y real para reducir el miedo y la incertidumbre, y cuidar especialmente a los grupos más vulnerables, como jóvenes, mayores y profesionales sanitarios.

 

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