Mercedes Milá y Miguel Ángel Revilla empujan la caravana del programa Me meto en un jardín de La 2. Milá nunca ha temido pisar charcos. Ella, si hace falta, es capaz de saltar sobre arenas movedizas. No es de extrañar, pues, que las ruedas de su furgoneta se hayan quedado atrapadas en un prado, mientras recorría pueblos de ‘La Tierruca’ con el ex presidente de Cantabria.. Y no, no había manera de sacar el vehículo del terraplén. Mercedes intenta levantar la caravana como en los dibujos de superhéroes. Revilla, también. Equipo e invitados, arremangados. Pero, finalmente, hubo que pedir auxilio a un tractor. Y allí apareció: con el alcalde de la aldea puesto encima. “Este me ha quitado la alcaldía con un tránsfuga”, exclamaba Revilla al ver el percal. Mercedes Milá se desternillaba.. Dicen que las vidas longevas riman con la niñez. Y, a estas alturas, el cántabro ejercita un yoísmo infantil cada vez más imparable. Su incontinencia verbal se agranda con el paso de los años, aunque nunca supo morderse del todo la lengua. Así se transformó en un filón para la tele. Le hemos visto en todos los horarios televisivos: en prime time, late night, en daytime… En los archivos de las cadenas, existen horas y horas de Revilluca reflexionando sobre la monarquía, el gobierno, la oposición, la corrupción… También lo hace con Milá. Tiene para todos. Que si la debilidad de Pedro Sánchez es que se rodea de pelotas, que si la “gran decepción” de su vida es el Rey Emérito, que si “Rato era uno de los mayores defraudadores de hacienda siendo él ministro de hacienda”.. Aunque, entre complicidad y complicidad, Mercedes logra llevar a Revilla a otros rincones. Lejanos rincones. Tanto que, de repente, asoma una desconocida timidez de Revilla. Brota entre recuerdos de aquella juventud en la que intentaba ligar y no le salía.. La memoria del público relegará la política y se quedará con lo importante: el empático recuerdo de aquellos flirteos en el Pumanieska de Bilbao, uno de los primeros cabarets de la postguerra. O en la emoción de la sonrisa de placer de Revilla remojando pan en el aceite de las anchoas. Entonces, mira a Milá. Y le dice: “Ser feliz no es caro, niña”.. Mercedes sonríe fuerte. Porque, también, Mercedes ha ido aprendiendo a festejar lo cotidiano. Y ahí uno se percata de cómo Milá siempre consigue trasladar al entrevistado y al propio espectador a otros terrenos movedizos que no todos pisan con su firmeza. Porque programas de entrevistas hay muchos hoy. Reivindicativos, pelotas, gamberros, serios, livianos, profundos, trascendentes, intrascendentes, pero Milá, sea en un trepidante directo o en un docushow bonito de ver como este, mantiene el poder de la curiosidad de la juventud en la que te sientes infinito.. Curiosidad pulida en un oficio que le enseñó la responsabilidad de estudiarse bien la entrevista para, luego, explorar mejor lo inesperado del trayecto. Así Milá encuentra incluso cuando se pierde. Incluso cuando la furgoneta queda atrapada en un bardal cántabro. No pasa nada, su apabullante pasión acaba siendo antídoto: abraza lo extraordinario de lo más ordinario. La vida era eso. Y nadie nos lo explicó.
Dos expertos en meterse en jardines… y barrizales.
20MINUTOS.ES – Televisión
Mercedes Milá y Miguel Ángel Revilla empujan la caravana del programa Me meto en un jardín de La 2. Milá nunca ha temido pisar charcos. Ella, si hace falta, es capaz de saltar sobre arenas movedizas. No es de extrañar, pues, que las ruedas de su furgoneta se hayan quedado atrapadas en un prado, mientras recorría pueblos de ‘La Tierruca’ con el ex presidente de Cantabria.. Y no, no había manera de sacar el vehículo del terraplén. Mercedes empujaba. Revilla, también. Equipo e invitados, arremangados. Pero, finalmente, hubo que pedir auxilio a un tractor. Y allí apareció: con el alcalde de la aldea puesto encima. “Este me ha quitado la alcaldía con un tránsfuga”, exclamaba Revilla al ver el percal. Mercedes Milá se desternillaba.. Dicen que las vidas longevas riman con la niñez. Y, a estas alturas, el cántabro ejercita un yoísmo infantil cada vez más imparable. Su incontinencia verbal se agranda con el paso de los años, aunque nunca supo morderse del todo la lengua. Así se transformó en un filón para la tele.Le hemos visto en todos los horarios televisivos: en prime time, late night, en daytime… En los archivos de las cadenas, existen horas y horas de Revilluca reflexionando sobre la monarquía, el gobierno, la oposición, la corrupción… También lo hace con Milá. Tiene para todos. Que si la debilidad de Pedro Sánchez es que se rodea de pelotas, que si la “gran decepción” de su vida es el Rey Emérito, que si “Rato era uno de los mayores defraudadores de hacienda siendo él ministro de hacienda”.. Aunque, entre complicidad y complicidad, Mercedes logra llevar a Revilla a otros rincones. Lejanos rincones. Tanto que, de repente, asoma una desconocida timidez de Revilla. Brota entre recuerdos de aquella juventud en la que intentaba ligar y no le salía.. La memoria del público relegará la política y se quedará con lo importante: el empático recuerdo de aquellos flirteos en el Pumanieska de Bilbao, uno de los primeros cabarets de la postguerra. O en la emoción de la sonrisa de placer de Revilla remojando pan en el aceite de las anchoas. Entonces, mira a Milá. Y le dice: “Ser feliz no es caro, niña”.. Mercedes sonríe fuerte. Porque, también, Mercedes ha ido aprendiendo a festejar lo cotidiano. Y ahí uno se percata de cómo Milá siempre consigue trasladar al entrevistado y al propio espectador a otros terrenos movedizos que no todos pisan con su firmeza. Porque programas de entrevistas hay muchos hoy. Reivindicativos, pelotas, gamberros, serios, livianos, profundos, trascendentes, intrascendentes, pero Milá, sea en un trepidante directo o en un docushow bonito de ver como este, mantiene el poder de la curiosidad de la juventud en la que te sientes infinito.. Curiosidad pulida en un oficio que le enseñó la responsabilidad de estudiarse bien la entrevista para, luego, explorar mejor lo inesperado del trayecto. Así Milá encuentra incluso cuando se pierde. Incluso cuando la furgoneta queda atrapada en un bardal cántabro. No pasa nada, su apabullante pasión acaba siendo antídoto: abraza lo extraordinario de lo más ordinario. La vida era eso. Y nadie nos lo explicó.
