El Día del Trabajo siempre ha tenido algo de canción protesta y de copla, de esas que suenan en una radio de cretona, como si el siglo XX aún estuviese aún entre nosotros. Algo entre consigna y verbena, entre pancarta y estribillo. Un eco de otra época que se resiste a morir, como esas letras que uno no recuerda haber aprendido pero que, llegado el momento, puede cantar de pe a pa en un karaoke.. Quizá por eso, en plena era de Uber, Bizum y algoritmos, el 1 de mayo se nos aparece como una pieza de museo: sindicalismo de megáfono, estética de foto en sepia y olor a bocadillo de «choperpor» en papel de plata (por no decir de gamba roja de Garrucha). El Primero de Mayo –en mayúsculas, como lo decían los solemnes del PCE– sigue convocando a un mundo que ya no existe del todo, pero que tampoco termina de irse. De Marcelinos Camachos y Pasionarias.. En esa banda sonora congelada reaparece siempre Luis Aguilé, sonriente, ligero, cantando aquello de «Es una lata el trabajar». Lo que en su día era un chascarrillo hoy suena casi a programa político de izquierdas. Porque si uno afina el oído, hay algo de ese estribillo en el horizonte que dibuja [[LINK:TAG|||tag|||63361a6d1e757a32c790c5d8|||Yolanda Díaz]]: no tanto dignificar el trabajo como empezar a imaginar un mundo sin él. Una arcadia ociosa. La propia ministra de, ejem, Trabajo lo dejó caer –con esa mezcla de sonrisa y ambigüedad gallega–: el trabajo como problema a resolver. Empezando por ella, claro.. Y mientras tanto, los viejos himnos siguen girando en el tocadiscos. «La Internacional», solemne hasta la rigidez de la momia embalsamada de Lenin; «La Murga de los Currelantes», donde Carlos Cano convirtió el esfuerzo en chirigota; y hasta Raphael, que hizo del exceso una forma de sudor emocional. Canciones de una España que trabajaba –o que al menos cantaba que trabajaba– y que encontraba en la música una épica doméstica. «Soy minero», «Cocinero, cocinero».. Entre tanto, los sindicatos mayoritarios –UGT y Comisiones Obreras– parecen atrapados en ese bucle sonoro entre Javier Krahe y Paco Ibáñez. Hubo un tiempo en que eran imprescindibles, cuando el currela vestía mono azul y la fábrica echaba humo. Hoy cuesta ver en sus pancartas al «rider» de Glovo, al autónomo que factura con Bizum o al teletrabajador que encadena reuniones en pijama de cintura para abajo. La realidad laboral ha cambiado de idioma, pero ellos siguen hablando en vinilo y en «sindicalés», por mucho que se tiñan de violeta cada 8-M.. No deja de tener algo de estampa costumbrista: mientras en Córdoba florecen los patios y en Granada se baila la reja alrededor de la cruz, el Primero de Mayo despliega su propia liturgia, con sus consignas, sus recorridos y su escenografía. Todo muy reconocible, muy fotografiable, muy… de otro tiempo. Al final, como en tantas canciones que sobreviven por pura inercia, uno tiene la sensación de que esto avanza de estrofa en estrofa sin cambiar nunca de acorde. De fracaso en fracaso hasta el estribillo final. Y quizá por eso, entre pancartas, discursos y selfies sindicales, lo único que de verdad sigue afinado es aquel viejo estribillo: «es una lata el trabajar».
La Ministra de Trabajo parece buscar no tanto dignificar el trabajo como empezar a imaginar un mundo sin él
El Día del Trabajo siempre ha tenido algo de canción protesta y de copla, de esas que suenan en una radio de cretona, como si el siglo XX aún estuviese aún entre nosotros. Algo entre consigna y verbena, entre pancarta y estribillo. Un eco de otra época que se resiste a morir, como esas letras que uno no recuerda haber aprendido pero que, llegado el momento, puede cantar de pe a pa en un karaoke. ´. Quizá por eso, en plena era de Uber, Bizum y algoritmos, el 1 de mayo se nos aparece como una pieza de museo: sindicalismo de megáfono, estética de foto en sepia y olor a bocadillo de «choperpor» en papel de plata (por no decir de gamba roja de Garrucha). El Primero de Mayo –en mayúsculas, como lo decían los solemnes del PCE– sigue convocando a un mundo que ya no existe del todo, pero que tampoco termina de irse. De Marcelinos Camachos y Pasionarias.. En esa banda sonora congelada reaparece siempre Luis Aguilé, sonriente, ligero, cantando aquello de «Es una lata el trabajar». Lo que en su día era un chascarrillo hoy suena casi a programa político de izquierdas. Porque si uno afina el oído, hay algo de ese estribillo en el horizonte que dibujaYolanda Díaz: no tanto dignificar el trabajo como empezar a imaginar un mundo sin él. Una arcadia ociosa. La propia ministra de, ejem, Trabajo lo dejó caer –con esa mezcla de sonrisa y ambigüedad gallega–: el trabajo como problema a resolver. Empezando por ella, claro.. Y mientras tanto, los viejos himnos siguen girando en el tocadiscos. «La Internacional», solemne hasta la rigidez de la momia embalsamada de Lenin; «La Murga de los Currelantes», donde Carlos Cano convirtió el esfuerzo en chirigota; y hasta Raphael, que hizo del exceso una forma de sudor emocional. Canciones de una España que trabajaba –o que al menos cantaba que trabajaba– y que encontraba en la música una épica doméstica. «Soy minero», «Cocinero, cocinero».. Entre tanto, los sindicatos mayoritarios –UGT y Comisiones Obreras– parecen atrapados en ese bucle sonoro entre Javier Krahe y Paco Ibáñez. Hubo un tiempo en que eran imprescindibles, cuando el currela vestía mono azul y la fábrica echaba humo. Hoy cuesta ver en sus pancartas al «rider» de Glovo, al autónomo que factura con Bizum o al teletrabajador que encadena reuniones en pijama de cintura para abajo. La realidad laboral ha cambiado de idioma, pero ellos siguen hablando en vinilo y en «sindicalés», por mucho que se tiñan de violeta cada 8-M.. No deja de tener algo de estampa costumbrista: mientras en Córdoba florecen los patios y en Granada se baila la reja alrededor de la cruz, el Primero de Mayo despliega su propia liturgia, con sus consignas, sus recorridos y su escenografía. Todo muy reconocible, muy fotografiable, muy… de otro tiempo. Al final, como en tantas canciones que sobreviven por pura inercia, uno tiene la sensación de que esto avanza de estrofa en estrofa sin cambiar nunca de acorde. De fracaso en fracaso hasta el estribillo final. Y quizá por eso, entre pancartas, discursos y selfies sindicales, lo único que de verdad sigue afinado es aquel viejo estribillo: «es una lata el trabajar».
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